Triunfantes sobre el tedio

“Y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad” (Colosenses 2:10).

El tedio es una enfermedad, no de esas que se pueden curar con fármacos, sino de las peligrosas que carcomen el alma. Hablo con propiedad ya que yo alguna vez la he padecido, y aunque tiene cura, no se sale fácil de una condición como esa. Hay que primero saber lo que se padece, para luego ser radical y extirpar a sangre fría el mal emocional que aqueja. No se debe escatimar esfuerzos en librarse de este huésped indeseable, este okupa transgresor que violenta voluntades valiéndose de una coalición emocional engañosa y perturbadora.

Don Manuel Bueno, un gentil párroco creado por Unamuno en su libro San Manuel Bueno, Mártir, le dice en un momento de vulnerabilidad a Lázaro, su reciente amigo, progresista e incrédulo: “He mirado la negrura de la cima del tedio de vivir, mil veces peor que el hambre”. El religioso también le diría que ya no cree en Dios, que lucha constantemente con un seductor pensamiento suicida, que no espera que haya una resurrección y que si no niega todo públicamente es por no robar a otros el descanso que les da la religión.

El cura confesándose con el hombre de mundo, un juego literario de Unamuno, una especie de fe a la inversa que quizá retrata la pérdida de la confianza en Dios, de la esperanza y de la alegría de vivir. Para todos los habitantes de Valverde de Lucerna su párroco era un santo, de una vigorosa fe que le conducía al servicio más abnegado, pero ignoraban el hastío que le perseguía, la atroz fuerza que le tiraba hacia la horrenda oscuridad de creerse desamparado.

Pensar que vivir es un accidente solo remediable con la muerte es existir respirando despropósito. Es sabotearse la vida en una conspiración homicida contra sí mismo. ¿Puede perder la fe un hombre de fe? ¿Puede el hastío convertirse en una deidad opresora que nos arrebate la ilusión, la esperanza, y la felicidad?

En uno de mis pastorados sustituí a un brillante ministro del evangelio cuyo magisterio y virtud estaban en boca de todos. Siempre oí de él comentarios elogiosos, su congregación le amaba, y era alguien que con solo aparecer en algún sitio despertaba admiración. Tiempo después de relevarle en el pastoreado y siendo en aquel entonces yo muy joven, abocado por tantos desafíos y lleno de preguntas, me reuní con este pastor para escuchar algún consejo beneficioso. La conversación terminó siendo una charla fraterna, donde me relató sus frustraciones, y hasta de cómo acarició la idea de quitarse la vida mientras pastoreaba la iglesia, asunto que sólo por la gracia de Dios pudo solucionar.

El tedio no tiene predilectos, va a por todos. Elías quiso morirse porque le amenazaban y le perseguían, Jonás estaba fastidiado de que Dios fuera tan bueno, Job deseó no haber nacido porque el dolor le nublaba el juicio. Lo mismo ha pasado con otros grandes hombres de la estatura espiritual de George Mattesson, o Hudson Taylor. Ahí está el hastío, agazapado, esperando el momento justo para abalanzarse sobre su presa. La muerte de un amigo, la traición, la pobreza, la tragedia en alguna de sus múltiples formas… la vida no es fácil. Jesús dijo: “En el mundo tendréis aflicción” (Juan 16:33). Los percances de la cotidianidad pueden ser dardos que agujereen nuestra espiritualidad hasta no querer ni ser cristianos, créame, no hay intocables. La apostasía de la virtud y la verdad suelen comenzar con una inocente semilla de tedio, cuando te aburres de lo que tienes, pensando que puede haber algo mejor.

“Con que Dios os ha dicho”… así siseó la serpiente a Eva su engaño. Antes de de morder la fruta, Adán y Eva sucumbieron al hastío de ser hombres, se cansaron por un momento de su condición y pensaron que podían alcanzar algo más. Su deseo los condujo a menos, el pecado les traspasó, les empujó a la mortalidad y la enemistad con Dios. Tal espiral degradante produce este sentimiento que se convierte rápidamente en una actitud y hasta en una pandemia capaz de transmitirse con celeridad y contaminar a muchos.

Pero ¿cómo combatir a tan deplorable enemigo? No hay más antídoto que la obstinación sacra de vivir por fe, sin desviaciones emocionales, sin reparar demasiado en las cosas de esta vida, mirando hacia Aquél que, aunque fue varón de dolores, experimentado en quebrantos (Isaías 53:3), el escritor de los hebreos dice de Él que “por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra de Dios” (Hebreos 12:2). Es poner el gozo delante porque Jesucristo así lo hizo y fue exaltado a los cielos.

Si la frustración asesta un golpe traidor, no hagamos demasiado caso. Si el demoledor hastío nos convida a recibirle, con firmeza digamos ¡no! Si el Tentador te dice que hay mucho más, dile que ya lo tienes todo.


Osmany Cruz

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