Volvamos a la rutina

Tras el tiempo estival o de vacaciones, toca volver a la rutina. Para muchos la rutina resulta algo tediosa, sin embargo, lejos de que sea fastidiosa, la rutina es vital para sacar jugo tanto a nuestro potencial como al tiempo; además es indispensable para forjar nuestro futuro.

Es importante que al hablar de rutina nos ciñamos a su significado original que está vinculado a un camino, ruta o trayectoria que resulta conocida porque se repite. Si bien, es cierto que la rutina es imprescindible y vital para el progreso, a veces, a muchos acaba afectando negativamente a su rendimiento personal y corporativo.

Es verdad que cuando algunos toman vacaciones, abandonan con gran alegría actividades rutinarias por considerarlas aburridas o carentes de motivación. Así que suplen ese tiempo con actividades que les desconectan o distraen de lo que están hartos o cansados. De hecho, con las vacaciones o escapismos muchos buscan huir de ese ritmo de vida denominado carrera de ratas, referido a la actividad desenfrenada de estar siempre ocupados, estresados o angustiados por razón de la presión que exige resultados o por la sencilla necesidad de tener que salir adelante en la vida. Desde luego, este panorama, evidencia la necesidad de muchos de poder vacacionar de algún modo para descansar de la persecución de ese tipo rutina nociva que acaba agobiando y enfermando a mucha gente.

Un aspecto positivo que aporta el descanso de ciertas rutinas de nuestra vida es para para poder oxigenar la mente y dar lugar a la meditación o evaluación de nuestro ritmo de vida o compromiso con el trabajo en cuento a motivaciones, formas, metas y resultados. Espero que este aspecto haya sido aplicado en el tiempo de vacaciones que algunos hayan podido tomar porque, de lo contrario, siempre sabrá a poco el descanso y volverán a lo rutinario y no tardarán mucho en volver a sentirse cansados de su día a día, incluso en lo referido a la fe personal, a la vida de iglesia y hasta en el servicio propio del ministerio.

Pero, dejando a un lado esas rutinas que son propias de la actividad de cada cual, hay rutinas de las que no podemos escapar y que, incluso, nunca deberían acabar siendo rutinarias. Me refiero a lo que nos resulta saludable para la salud física, emocional y espiritual, aunque, en este artículo me referiré a la rutina espiritual que jamás deberíamos abandonar y que, de haberlo hecho, es tiempo de que la incorporemos a nuestro día a día.

Cuando analizamos la Biblia, descubrimos a Dios que por medio de la Ley establece rutinas imprescindibles para que su pueblo pueda desempeñar una vida de servicio y devoción a Él en plenitud y bendición. Ciertas rutinas que Él exige que sean tenidas en cuenta en lo referido al cumplimiento del Sabbat, las fiestas solemnes, los sacrificios, el cuidado del altar, etc. El caso es que cada vez que el pueblo abandonaba esta rutina, se manifiesta en el pueblo de Dios el descuido de la fe, la justicia, la misericordia y el amor. Cada vez que el pueblo de Dios abandona la rutina establecida por el Señor, acaba desviado y traspasando los linderos de la obediencia a Dios. Por eso, son varios los ejemplos que manifiestan la reforma impuesta por reyes y profetas que dirigen al pueblo a volverse a Dios basado en el cumplimiento de ciertas rutinas sagradas.

Cuando vemos la vida de Jesús, observamos una agenda intensa, casi extenuante, pero jamás el Señor abandonó su rutina de oración. Incluso, mientras pudo, mantuvo la rutina de asistir a la sinagoga e ir al monte de los olivos (Lucas 4:16; 22:39) que, muy probablemente, sostuvo desde muy joven. Así que, no me cabe la menor duda, de que el secreto de la fortaleza de Jesús y el éxito de su ministerio se basó en que jamás abandonó la rutina de comunión con su Padre por medio de ciertos instantes con el culto, la lectura de la Palabra, la oración, la meditación y los actos de compasión expresados en su compromiso con la gente.

Quiero atreverme a plantear en este inicio de septiembre que nos volvamos a la rutina. A esa rutina en la que Dios está presente y hace que cada día sea un disfrute. Como decía Jeremías, en su rutina de cada mañana, él descubría que la misericordia de Dios es nueva (Lam. 3:22). Otro ejemplo tiene que ver con el cuidado rutinario que el sacerdote debe prestar al fuego del altar que cada mañana debe ser atendido con esmero porque nunca deberá apagarse (Lev. 6:12, 13). Qué tremendo simbolismo, cuando contemplas el fuego, nunca verás la misma llama, de igual manera, cuando oyes al viento, nunca es igual, o cuando miras el río, siempre es nuevo, o si contemplas las olas del mar, jamás percibirás ninguna ola idéntica. Jamás te cansas de ciertas rutinas porque percibes vida y, de ahí, que nuestra rutina con Dios jamás debiera aburrirnos dado que su Presencia, su Palabra, su Unción, su Amor… nunca nos resultará rancio, jamás la rutina de buscar a Dios podrá ser tediosa o aburrida. Es más, si alguna vez esto ocurre, es porque probablemente decayó nuestra relación con Dios y nos hemos quedado con la estructura, la forma, el dogma, o sea, una mera religiosidad.

Volvámonos a la rutina que nos conduzca a un avivamiento. Meditemos en la necesidad de que, en nuestra fe alimentada por el fuego pentecostal, nuestras asambleas de Dios recobren o incorporen ciertas rutinas que en absoluto estén reñidas con la frescura del Espíritu. Nuestro mover tiene la necesidad imperiosa de mantener ciertas costumbres o rutinas que no pueden ser sustituidas con nuestra improvisación o creatividad que nace de nuestra imaginación y carece de revelación.

 

Volvámonos a la rutina de buscar a Dios cada día, de todo corazón (Jr. 29:13). Disfruta la presencia del Espíritu Santo y verás crecer tu potencial, tu creatividad, recibirás fuerzas renovadas, percibirás sabiduría de lo alto y vivirás cada día en la frescura propia de una experiencia totalmente nueva en Dios.


Juan Carlos Escobar

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