Volvamos a la rutina

Tras el tiempo estival o de vacaciones, toca volver a la rutina. Para muchos la rutina resulta algo tediosa, sin embargo, lejos de que sea fastidiosa, la rutina es vital para sacar jugo tanto a nuestro potencial como al tiempo; además es indispensable para forjar nuestro futuro.

Es importante que al hablar de rutina nos ciñamos a su significado original que está vinculado a un camino, ruta o trayectoria que resulta conocida porque se repite. Si bien, es cierto que la rutina es imprescindible y vital para el progreso, a veces, a muchos acaba afectando negativamente a su rendimiento personal y corporativo.

Es verdad que cuando algunos toman vacaciones, abandonan con gran alegría actividades rutinarias por considerarlas aburridas o carentes de motivación. Así que suplen ese tiempo con actividades que les desconectan o distraen de lo que están hartos o cansados. De hecho, con las vacaciones o escapismos muchos buscan huir de ese ritmo de vida denominado carrera de ratas, referido a la actividad desenfrenada de estar siempre ocupados, estresados o angustiados por razón de la presión que exige resultados o por la sencilla necesidad de tener que salir adelante en la vida. Desde luego, este panorama, evidencia la necesidad de muchos de poder vacacionar de algún modo para descansar de la persecución de ese tipo rutina nociva que acaba agobiando y enfermando a mucha gente.

Un aspecto positivo que aporta el descanso de ciertas rutinas de nuestra vida es para para poder oxigenar la mente y dar lugar a la meditación o evaluación de nuestro ritmo de vida o compromiso con el trabajo en cuento a motivaciones, formas, metas y resultados. Espero que este aspecto haya sido aplicado en el tiempo de vacaciones que algunos hayan podido tomar porque, de lo contrario, siempre sabrá a poco el descanso y volverán a lo rutinario y no tardarán mucho en volver a sentirse cansados de su día a día, incluso en lo referido a la fe personal, a la vida de iglesia y hasta en el servicio propio del ministerio.

Pero, dejando a un lado esas rutinas que son propias de la actividad de cada cual, hay rutinas de las que no podemos escapar y que, incluso, nunca deberían acabar siendo rutinarias. Me refiero a lo que nos resulta saludable para la salud física, emocional y espiritual, aunque, en este artículo me referiré a la rutina espiritual que jamás deberíamos abandonar y que, de haberlo hecho, es tiempo de que la incorporemos a nuestro día a día.

Cuando analizamos la Biblia, descubrimos a Dios que por medio de la Ley establece rutinas imprescindibles para que su pueblo pueda desempeñar una vida de servicio y devoción a Él en plenitud y bendición. Ciertas rutinas que Él exige que sean tenidas en cuenta en lo referido al cumplimiento del Sabbat, las fiestas solemnes, los sacrificios, el cuidado del altar, etc. El caso es que cada vez que el pueblo abandonaba esta rutina, se manifiesta en el pueblo de Dios el descuido de la fe, la justicia, la misericordia y el amor. Cada vez que el pueblo de Dios abandona la rutina establecida por el Señor, acaba desviado y traspasando los linderos de la obediencia a Dios. Por eso, son varios los ejemplos que manifiestan la reforma impuesta por reyes y profetas que dirigen al pueblo a volverse a Dios basado en el cumplimiento de ciertas rutinas sagradas.

Cuando vemos la vida de Jesús, observamos una agenda intensa, casi extenuante, pero jamás el Señor abandonó su rutina de oración. Incluso, mientras pudo, mantuvo la rutina de asistir a la sinagoga e ir al monte de los olivos (Lucas 4:16; 22:39) que, muy probablemente, sostuvo desde muy joven. Así que, no me cabe la menor duda, de que el secreto de la fortaleza de Jesús y el éxito de su ministerio se basó en que jamás abandonó la rutina de comunión con su Padre por medio de ciertos instantes con el culto, la lectura de la Palabra, la oración, la meditación y los actos de compasión expresados en su compromiso con la gente.

Quiero atreverme a plantear en este inicio de septiembre que nos volvamos a la rutina. A esa rutina en la que Dios está presente y hace que cada día sea un disfrute. Como decía Jeremías, en su rutina de cada mañana, él descubría que la misericordia de Dios es nueva (Lam. 3:22). Otro ejemplo tiene que ver con el cuidado rutinario que el sacerdote debe prestar al fuego del altar que cada mañana debe ser atendido con esmero porque nunca deberá apagarse (Lev. 6:12, 13). Qué tremendo simbolismo, cuando contemplas el fuego, nunca verás la misma llama, de igual manera, cuando oyes al viento, nunca es igual, o cuando miras el río, siempre es nuevo, o si contemplas las olas del mar, jamás percibirás ninguna ola idéntica. Jamás te cansas de ciertas rutinas porque percibes vida y, de ahí, que nuestra rutina con Dios jamás debiera aburrirnos dado que su Presencia, su Palabra, su Unción, su Amor… nunca nos resultará rancio, jamás la rutina de buscar a Dios podrá ser tediosa o aburrida. Es más, si alguna vez esto ocurre, es porque probablemente decayó nuestra relación con Dios y nos hemos quedado con la estructura, la forma, el dogma, o sea, una mera religiosidad.

Volvámonos a la rutina que nos conduzca a un avivamiento. Meditemos en la necesidad de que, en nuestra fe alimentada por el fuego pentecostal, nuestras asambleas de Dios recobren o incorporen ciertas rutinas que en absoluto estén reñidas con la frescura del Espíritu. Nuestro mover tiene la necesidad imperiosa de mantener ciertas costumbres o rutinas que no pueden ser sustituidas con nuestra improvisación o creatividad que nace de nuestra imaginación y carece de revelación.

 

Volvámonos a la rutina de buscar a Dios cada día, de todo corazón (Jr. 29:13). Disfruta la presencia del Espíritu Santo y verás crecer tu potencial, tu creatividad, recibirás fuerzas renovadas, percibirás sabiduría de lo alto y vivirás cada día en la frescura propia de una experiencia totalmente nueva en Dios.


Juan Carlos Escobar

Euros a cincuenta céntimos

Seguro que todos hemos visto algún anuncio en el que se oferta, a un increíble precio, un novedoso utensilio; habitualmente innecesario, regularmente inútil, y siempre prescindible. Suele suceder que además del increíble precio de oferta se añada, “solo” para los primeros compradores, un producto exactamente igual de regalo; y por si eso fuese poco, sin coste adicional, se incluirá un set de manicura, unos cuchillos que nunca perderán el filo, una cómoda bolsa de transporte, y el envío totalmente gratuito en apenas unos días, todo ello con un “valor de mercado” que incluso puede ser superior al producto que se estaría vendiendo.

Todos presumimos de ser demasiado inteligentes para caer en la evidente trampa, nadie puede vender Euros a 50 céntimos; pero la realidad es que todos esos negocios televisivos, no solo sobreviven, sino que ¡proliferan! Esto es así, posiblemente, por la necesidad de nuestra sociedad de convencerse de que es posible obtenerlo todo, sin que tenga un coste real adecuado al valor de lo adquirido. La realidad suele encargarse de desmontar esa idea a aquellos que pican en el anzuelo.

El problema realmente importante surge cuando esto sucede a nivel espiritual, con la “venta” de un evangelio de oferta, barato; un evangelio que no solo no exige un compromiso vital oneroso, sino que incluye todas las “bendiciones” posibles: prosperidad, sanidad, continua victoria, felicidad, éxito, el cielo y la gloria en la tierra.

El problema se acrecienta porque cada día son más los seducidos por esos “evangelios” que son, finalmente, totalmente opuesto al genuino evangelio de Gracia de Jesús. Cada día aparecen más gurús vendedores de “evangelios” adaptados a los deseos del consumidor. Son “evangelios” que desdibujan el pecado, el arrepentimiento, la conversión y la transformación del “comprador”. Grandes ofertas en salvación.

Resulta terrible porque, tarde o temprano, los ansiosos “clientes” descubrirán la calidad de lo adquirido, y esta no se corresponde con sus necesidades reales. Si el descubrimiento se retrasa, hasta el encuentro con el Juez Eterno, darse cuenta de que han caído en las redes del engañador ya no tendrá remedio.

Pero es también doloroso que algunos ministros sientan la tentación de sumarse a esa panoplia de vendedores de humo; seducidos, sin duda, por el éxito evidente de sus locales llenos y sus arcas bien nutridas; y terminen parte del ejército de vendedores del evangelio más barato.

Recordemos la advertencia del apóstol en 1ª Timoteo 4:1 “Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios”. Cuidémonos de ser seducidos por la oferta del euro a 50 céntimos; no rebajemos el evangelio que costó precio de sangre para convertirlo en una oferta inútil que, prometiéndolo todo, no da nada. No compremos, ni prediquemos barato humo, donde solo hubo una costosísima cruz.

Si no tuviéramos cuidado, el Señor lo demandará de nuestra mano.


Xesús M. Vilas Brandón

Un Verano Caluroso

Al margen de los picos de temperatura que nos han asaltado en el inicio de este verano, atribuidos al calentamiento global de la atmósfera, estamos ante una época estival recalentada en lo que al clima social se refiere dentro y fuera de nuestro país. Lo cierto es que la causa principal del recalentón atmosférico y social es el comportamiento irresponsable de gente empeñada en seguir a la suya, incapaz de aprender de la crisis, cada día más descreída y soberbia.

Unas vacaciones bajo el intenso sol de la prueba que venimos atravesando acabará deshidratándonos espiritualmente y achicharrándonos la esperanza si no bebemos del arroyo espiritual en el tiempo a solas con Dios. Por eso, es importante encontrar el modo de refrescar el alma frente a estas altas temperaturas que nos invaden. Necesitamos ser intencionales en nuestra agenda estival buscando encontrarnos con el Buen Pastor para que nos guíe a esas aguas de reposo que nos aporte el verdadero descanso y revitalización del alma (Salmo 23:2).

Cada uno de nuestros ministros de las Asambleas de Dios y cualquier creyente de nuestras congregaciones, sea cual sea su edad o condición, debe considerar la imperante necesidad de no descuidar buscar la Presencia de Dios y no “vacacionar” de su tiempo en el altar personal. Sin duda, es perfectamente compatible pasar tiempo con la familia, disfrutar de las oportunidades de recreo y el poder dar descanso al cuerpo incorporando la rutina de buscar a Dios de manera sosegada y con una actitud dispuesta a oír su voz.

De todos modos, este tiempo, tradicionalmente vacacional, no va a cambiar el ritmo a una gran cantidad de gente que, por razones económicas, laborales o de salud deben quedarse abordando un día a día con altas temperaturas producida por la crisis que atraviesan. Incluso, otros tantos, a pesar de poder viajar por vacaciones, no pueden huir de la persecución de ciertas situaciones que les está generando preocupación y estrés. De cualquier modo, recuerda las palabras del rey David: “como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía” (Salmo 41:1)

Sin duda, estamos ante un clima global que anticipa tiempos incendiarios. Pero, también, estos son los tiempos propicios para el despertar de una Iglesia que debe convertirse en un manantial que sacie la sed de una humanidad orgullosa y caprichosa que deambula en su hábitat anti-Dios.

No hay duda de que se acercan tiempos de quebrantamiento. Pero si nos volvemos a Dios y nos humillamos ante Su Presencia invocando el Nombre de Jesús, Él manifestará su misericordia sobre multitudes. Vendrán tiempos de refrigerio y escucharemos una vez más su voz que nos invita ir a Él para que sus ríos de agua viva fluyan en cada uno de nosotros. (Juan 7:37-39).

Disfruta del verano, pero no cambies el Río de Dios por la piscina, la playa o la montaña. Es más, es compatible una cosa y la otra, tan solo debes ser determinado en agendar cada día tu tiempo en la Presencia de Dios.


Juan Carlos Escobar

Dios y la eutanasia.

Una noticia que no solamente nos entristece como cristianos, pues entendemos la vida como algo sagrado, sino que, indudablemente, nos preocupa al avanzar drásticamente en la actual cultura de la muerte que nos preside

El 18 de marzo de 2021 se aprobó en el congreso de los disputados de España por mayoría absoluta la ley de la eutanasia. De esta forma, España se une a Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Canadá como el quinto país del mundo que regula esta práctica. Iremos por partes:

Primero, definición del término eutanasia:

  • Eutanasia originalmente viene del prefijo griego eu que significa buena y thanatos que significa muerte en su conjunto significaría buena muerte o el buen morir.

Otra definición extraída del libro Bioética Cristiana del autor Antonio Cruz dice:

  • “Muerte indolora infligida a una persona humana consciente o no, que sufre abundantemente a causa de enfermedades graves e incurables o por su condición de disminuido, sean estas dolencias congénitas o adquiridas, llevadas a cabo de manera deliberada por el personal sanitario, o al menos con su ayuda mediante fármacos o con la suspensión de curas vitales por que se considera irracional que prosiga una vida que, en tales condiciones, se valora como ya no digna de ser vivida”

En suma, es dar muerte a una persona que está sufriendo física o psicológicamente de manera extrema por parte de un tercero. Antes de abordar las implicaciones éticas, morales, sociales, espirituales y otras que la práctica de la eutanasia pueda tener es conveniente ver los  diferentes tipos de eutanasia.

Segundo, clasificaciones de eutanasia en función de las distintas clasificaciones que existen:

Según el tipo de motivación por el que se practica:

  • Piadosa: aquella que tiene por objeto evitar el sufrimiento de un enfermo terminal principalmente cuando es exigida en forma seria y consciente.
  • Eugenésica: aquella que se dirige al mejoramiento de la raza humana.
  • Económica: aquella dirigida a eliminar a las personas cuyas vidas se consideran inútiles, exentas de valor vital y de costoso mantenimiento

Para estas dos últimas formas de motivación (eugenésica y económica) existe la práctica unanimidad en que no pueden ser consideradas como eutanasia sino que se trataría claramente de homicidios.

Según el punto de vista del paciente:

  • Eutanasia Voluntaria: en la que el paciente toma la decisión de acabar con su vida o terceras personas cumpliendo la voluntad del paciente expresado con anterioridad
  • Eutanasia No voluntaria: la decisión la toma un tercero, porque el paciente no tenga la capacidad de decidir si morir o vivir, es decir no se conoce ni se puede conocer si el paciente desea morir, ejemplo paciente en estado vegetativo.
  • Eutanasia Involuntaria: provocar la muerte de un paciente competente en contra de su voluntad explícita o sin su consentimiento

Según la actitud y manera de ejecutarla.

  • Eutanasia activa o directa: es aquella en la que el personal sanitario (médico o enfermera) administra un fármaco o medicamento al paciente para terminar con la vida del enfermo, dentro de esta también podemos diferenciar el suicidio asistido que hace referencia a que es el paciente el que se toma la medicación prescrita previamente por un médico, el acto se lleva a cabo en un lugar de su elección por ejemplo en su casa.

 

  • Eutanasia pasiva e indirecta (tiene dos actuaciones): Por un lado, consiste en la inhibición de actuar o en el abandono en el tratamiento iniciado, evitando intervenir en el proceso hacia la muerte lo cual es lícito. Por otro lado, consiste en eliminar o disminuir el sufrimiento, mediante la administración de fármacos como la morfina o midazolam que llevan a disminución del dolor o dependiendo de la dosis a una sedación total, lo cual puede derivar indirectamente el acortamiento de la vida. Esto último es lo que entendemos como cuidados paliativos.

Muchos autores no consideran la eutanasia pasiva o indirecta como eutanasia en sí misma, ya que su fin último no es acabar con la vida del paciente si no mitigar su dolor, aunque ello conlleve, como hemos dicho antes, un acortamiento de la vida, y usan otro tipo de terminología para no crear más confusión, a saber, ortotanasia.

Cabe destacar que los cristianos no deberíamos tener ningún problema con la eutanasia pasiva, mejor llamada, ortotanasia o cuidados paliativos a veces llamada, eutanasia activa indirecta, con la que se asegura que el enfermo no sufra en el natural proceso de la enfermedad hacia la muerte. El problema radica en la eutanasia activa (directa) cuyo único objetivo es acabar, de manera artificial y antinatural, con la vida de la persona que sufre física y/o psicológicamente a través de ciertos medicamentos o procedimientos.

Este es el punto que toca la eutanasia activa, obviamente nadie quiere sufrir, nadie quiere vivir con dolor, todo el mundo quiere tener una muerte digna pero una buena muerte no significa que podemos decidir acabar con la vida de alguien, que está sufriendo, por el mero hecho que lo está pidiendo. Esto permite introducirnos intelectualmente para valorar cuales son  las razones o argumentos que los grupos pro-eutanasia sostienen en defensa de esta práctica.

Tercero, tres grandes argumentos por los cuales parte de la sociedad justifica y proclama la eutanasia:

  • Derecho o libertad de la persona a elegir cómo quiere morir. Postula que las personas somos libres y ostentamos el derecho a elegir cómo morir. El hombre desea controlar toda su vida pero la muerte (el hecho de no morir) es algo sobre lo cual el hombre no tiene dominio. La única manera de poder controlar algo es eligiendo el cómo y el cuándo se muere. Esta postura es una declaración de independencia y autonomía que proclama mi vida es mía y yo decido cómo vivir y/o morir.

 

  • El llamado encarnizamiento terapéutico o muerte mala (distanasia). Hace referencia a la obstinación clínica innecesaria por prolongar la vida de una persona que no tiene posibilidad de cura retrasando la muerte del individuo a costa muchas veces del dolor y sufrimiento de esta persona de manera cruel e innecesaria.

 

  • El concepto de muerte digna. Está basado en el hecho de que existen vidas que no merecen ser vividas, por lo que se concluye con el concepto lapidario que es mejor buena muerte que una mala vida. Imaginemos, una persona que tras un accidente de tráfico queda confinada a una silla de ruedas con paraplejia o un anciano de 80 años al que se le detecta un cáncer terminal. En estos casos, la sociedad actual considera que tienen vidas que no merecen la pena ser vividas a causa de las condiciones de dolor y sufrimiento físico o psicológico en las que se encuentran.

Ante estos argumentos, ¿Qué podemos decir desde nuestra cosmovisión cristiana a nosotros mismos y al mundo que nos rodea?, ¿Cómo contestar al interrogante que cuestiona si el sufrimiento de una persona justifica acabar con su vida siempre y cuando nos lo pida? Avanzamos a la siguiente parte de este escrito.

Cuarto, la contra-argumentación y propuestas desde una cosmovisión cristiana:

Sin ánimo de ser exhaustivos podemos señalar algunos aspectos de nuestra posición.

  • Dios nos ha dado su revelación. La Biblia defiende claramente la vida. La Biblia no habla de la eutanasia ni del suicidio de manera explícita porque contempla el hecho de dar o quitar la vida como una de las prerrogativas divinas. Hechos 17:28 declara porque por él tenemos vida, nos movemos y existimos. 1ª de corintios 6:18 establece que somos templo del Espíritu Santo y tenemos que cuidar ese templo Probablemente la historia que más se puede asemejar en la biblia es la de Job, perdió todo, estaba enfermo y sufrió de manera extrema. Job podría haber terminado con su sufrimiento quitándose la vida (suicidio) o pidiéndole a uno de sus amigos que acabara con él (eutanasia). Sin embargo, no lo hizo sino que se aferró a su dependencia de Dios, aun cuando deseó la muerte en Job 3:11.
  • Dios nos ha dado la moral. La eutanasia conlleva unos problemas morales muy grandes ¿quiénes somos nosotros para decidir que una persona incapacitada o enferma o inconsciente no merece vivir?, ¿Quién decide las enfermedades que hacen que las vidas no merezcan ser vividas? , ¿En qué grado del desarrollo de la enfermedad podemos acabar con la vida?, ¿Acaso estamos diciendo a esas madres con hijos con Síndrome de Down que no debieron haber nacido o que son existencias no dignas de vivir? Esta manera de pensar no nos diferencia demasiado del exterminio nazi de Hitler en 1939 y su mandato con fines eugenésicos en el que era de obligatorio declarar cualquier enfermedad psíquica o física invalidante.

 

  • Dios  nos ha dado la capacidad científica y médica. Tenemos la medicina paliativa  en la que no hace falta acabar con la vida del paciente. Podemos administrar fármacos al paciente para que disminuya su dolor, y espere la muerte en las mejores condiciones posibles. La mala práctica del encarnizamiento terapéutico no justifica quitar la vida de una persona porque un mal no puede justificar la práctica de otro mal para solucionarlo. Con los avances en medicina el 95% de los dolores crónicos se pueden paliar. No, no es verdad que todos aquellos que experimentan dolor deseen morir, lo que realmente quiere la práctica totalidad de las personas es que alivies su dolor. Muchas veces, por no decir que todas, cuando una persona en ese estado dice que quiere morir, solo quiere que le quites el dolor.

 

  • Dios nos ha dado una responsabilidad relacional. El mensaje de Jesucristo es llorar con los que lloran, acompañar a los desvalidos, y no aniquilar al más débil. Por razones obvias, no podemos deshumanizar el sufrimiento de una persona pero la solución no pasa por acabar con la vida (que es un acto sin retorno) sino en acompañarla. ¿No es lógico pensar que lo que verdaderamente necesitan esas personas es apoyo y no, una legislación que los dé por perdidos? Todo esto muchas veces tiene una raíz de interés político y económico, maquillado como piadoso y misericordioso. La realidad es que no es rentable ni viable económicamente para los estados un anciano o un enfermo  crónico que debe ser cuidado dignamente hasta que muera.

 

  • Dios nos ha dado valor intrínseco. Dios creó al hombre a su imagen con lo cual cualquier ser humano tiene dignidad desde el momento que nace hasta que muere. El sufrimiento no nos hace menos dignos, sufrir es parte de la vida. Todos en algún momento hemos sentido que nuestra vida no merece la pena, todos alguna vez hemos perdido el sentido de la vida pero la salida no es la muerte, sino la vida, aprendiendo a gestionar el sufrimiento. No podemos hacer la igualdad que establece que el dolor o el sufrimiento significa una existencia indigna que no merece la pena continuar.

 

  • Dios nos ha dado limitaciones. Por otro lado, no podemos jugar a ser Dios y decidir cuales vidas y cuales no merecen ser vividas. 1 Samuel 2:6-8 “El señor quita la vida y la da nos hace bajar al sepulcro y de él nos hace subir”.

 

  • Dios nos ha dado ejemplo. Jesucristo sufrió en la cruz de manera muy digna por todos nosotros. No se bajó de la cruz sino que en su sufrimiento dignificó nuestras vidas; las sanas y las enfermas. Jesús, en la cruz y por medio de ella, no nos dio por perdidos. Cristo no nos abandonó en nuestro sufrimiento ni nos entregó a la muerte sino sufrió y murió por nosotros. Por lo tanto, Jesús es nuestro máximo ejemplo de cómo amar a las personas dándoles el valor que Dios les otorga.

Por último y para concluir, debemos decir que desgraciadamente en la sociedad actual prima el egoísmo y la irresponsabilidad. Se cometen atrocidades que son maquilladas con eufemismos. Es más aceptable y digerible decir muerte dulce o digna o derecho a morir que hablar directamente de suicidio, homicidio o asesinato.  Hoy la sociedad no está dispuesta a mirarse al espejo de la honestidad sin maquillaje.

Es probable que juzgaríamos todo de manera muy diferente si fuésemos nosotros los que estuvieran en el lugar de las personas enfermas. Seguro que querríamos que nos alentaran a vivir y no a morir; que nos acompañaran y no, que nos abandonaran; que nos cuidaran y no, que nos desecharan simplemente por no servir o no estar conscientes.

Es triste y preocupante, como expones John Wyatt en su libro Asuntos de vida y muerte, que cierta ética y política pro-eutanasia postule que aquellos con una enfermedad incapacitante psicológica o física, y que les impide tener consciencia de su propia existencia o  ser autónomos desde el punto de vista funcional, no merecen vivir. Van más allá al afirmar que si les permitimos vivir es moralmente más indigno que si acabáramos con sus vidas.

Lo anterior choca directamente, no solamente con la cosmovisión cristiana sino con el juramento más fundamental de la medicina. Al respecto, Antonio Cruz en su libro Bioética Cristiana afirma: “La filosofía de la eutanasia tal como es concebida actualmente no sólo va contra el juramento hipocrático en cuanto defensa de la vida, sino que choca directamente con los principios básicos de la medicina. Mediante su aplicación no se pretende promover la salud y el bienestar del individuo sino su aniquilación prematura. Por tanto, la eutanasia no puede ser una forma de medicina, más bien se trata de una forma de homicidio, incluso aunque se lleve a cabo por compasión.”

También va en contra del sentido (común) cristiano que establece que a aquellos que por causa de su edad o alguna incapacidad no pueden valerse por sí mismos; o que no son conscientes de su propia existencia, nosotros, como su verdadero prójimo, debemos cuidarlos, atenderlos y revestirlos de toda dignidad. Justamente porque ellos no pueden hacerlo o no son conscientes de su situación, es que nosotros estamos obligados a hacerlo responsablemente y a no ser unos inconscientes.

En suma, la visión y posición cristiana son incompatibles e irreconciliables con la posición y visión atea en cuanto a los asuntos de la vida y la muerte. Pertenecen a dos grupos y mundos diferentes. Oro que España salga del grupo de los cinco y regrese al mundo de la cordura, sensatez y vida que nos debe presidir.


Fernando Ramirez De Arellano

Juan 3:16 es la Biblia en miniatura.

El evangelio no se trata de los sacrificios que el hombre hace para Dios sino del sacrifico que Dios hizo por nosotros

Charles H. Spurgeon dijo que este versículo encabezaba todos los volúmenes de sus sermones, como el único tema de su ministerio. William Barclay lo llamo “el versículo para todo el mundo”, Juan Calvino lo llamó “la gran recomendación de la fe”. Martin Lutero lo resumió muy bien cuando dijo que Juan 3:16 era “la Biblia en miniatura”.

Al leerlo destaco por lo menos 6 cosas:

Primero, lo inigualable de su amor: En el griego original la frase “de tal manera” dice jouto gár (οὕτω γάρ), y es una expresión que denota la extensión e intensidad con la cual ocurre una acción. La perfección y la infinitud de Dios hacen que su amor se exprese de manera inigualable. Lo primero apunta a la calidad del amor divino, por cuanto es perfecto, mientras que lo segundo remarca la cantidad ilimitada de su amor, por cuanto es infinito. Solo Dios puede amarnos de tal manera. El resto de amores que el hombre pueda conocer en su existencia siempre serán limitados e imperfectos.

 

Segundo, la esencia de su amor radica en él mismo y su voluntad. El apóstol usa la palabra agapáo (ἀγαπάω) cuando escribe “amó”. El término usado aquí se refiere a un amor completamente diferente a filéo, que está basado en los sentimientos o afectos. Este tipo de amor surge del ejercicio de la libertad divina. Es el acto de su voluntad y la decisión firme de mostrarle a alguien su bondad y misericordia. Dios nos ama, por tanto, no por obligación o necesidad sino por el puro afecto de su voluntad. El amor divino no depende de nuestra condición o situación sino de su fiel y libre decisión a favor nuestro. El amor no es solo una característica de Dios, sino es su misma esencia: Dios es amor.

 

Tercero, el objeto de su amor: El griego del Nuevo Testamento kósmos (mundo) se utiliza para referirse tanto al mundo físico que Dios ha creado, como a la raza humana. El amor no puede entenderse ni concebirse, a no ser que se confiera a otros traspasando así las barreras la propia existencia. En cuanto a esto último, Dios no hace acepción, distinción o excepción alguna en cuanto a los hombres a la hora de ser amados por Él. Dios nos amó a todos en la creación del Edén (poniendo su imagen en el hombre), en la encarnación de Belén (tomando nuestra imagen) y crucifixión de Jerusalén (tomando nuestro lugar). Nadie está privado de ser objeto del amor divino.

 

Cuarto, el regalo de su amor: La expresión  “su Hijo unigénito”  dice en griego coiné  joste ton juiós autos ton monogenés edoken (ὥστε τον υἱός αὐτός τον μονογενής εδωκεν). Para entender correctamente la dimensión del regalo divino a los hombres debemos comprender primeramente la magnitud del amor que el Padre le tiene al Hijo.  Monogenés es una palabra griega compuesta de dos partes. Mono que significa  solo (no en términos de soledad sino de particularidad) traduciéndose como único o sin igual, y genes está relacionado con la palabra griega genos que significa descendencia. La palabra significa en realidad “el amado de una forma única”. Comunica la idea de alguien que es amado singularmente, o alguien amado como ningún otro. Esto ayuda a tener una mayor compresión de lo que significó para el Padre entregar la vida de su propio Hijo en rescate de la nuestra. Yo, como padre, no podría hacerlo, de hecho, no lo haría. Por eso, solo Dios es Dios y su regalo único.

 

Quinto, la condición de su amor: Solo hay una sola condición: ¡creer! El texto original usa jína pas jo pisteúo (ἵνα πᾶς ὁ πιστεύω) para referirse “a todo aquel que cree”. Si bien es cierto, Dios ha mostrado su amor por todo el mundo, este amor no es experimentado por todo el mundo; sino solamente por aquellos que deciden creer en el unigénito Hijo de Dios. La voluntad afectiva de Dios, que ninguno se pierda, se hace efectiva mediante la fe en el Hijo. Entendiendo la fe, no como algo bueno que hace el hombre para ser salvo, sino el reconocimiento de que no existe nada lo suficientemente bueno en él para ser salvo por sí mismo. El hombre necesita ayuda. El agente causal es Dios y el modal es la fe. Creer, no es otra cosa sino reconocer la insuficiencia propia (pecado) frente a la suficiencia divina (gracia) para nuestra salvación.

 

Sexto, el resultado de su amor: Mas tengan vida eterna en griego dice dice eís autós mé apólumi alá éjo dsoé aiónios (εἰς αὐτός μή ἀπόλλυμι ἀλλά ἔχω ζωή αἰώνιος). En el aspecto negativo, ninguno de los que creen en el Hijo se perderá y en el positivo, todos los que creen se salvarán. Estos son dos milagros extraordinarios o uno doble: liberación y preservación. Dios, en su amor hacia nosotros en Cristo Jesús, nos libera de la condenación y, de manera simultánea también, nos preserva para salvación y vida eterna. Dios en su amor nos libró del castigo del pecado (pasada justificación); del poder del pecado (presente santificación); y de la presencia del pecado (futura glorificación). Su amor es completo, perfecto y eterno.

En suma, recordemos y anunciemos siempre que el evangelio no se trata de los sacrificios que el hombre hace para Dios sino del sacrifico que Dios hizo por nosotros. No, no se equivocó Lutero, cuando afirmó que Juan 3:16 es la Biblia en miniatura.


Fernando Ramirez De Arellano

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