El valor de hablar en positivo

—He comprado el libro de Manning —me dijo uno de mis alumnos con emotiva cadencia fonética. 

—¿Cuál de ellos? —pregunté.

—El qué usted mencionó en la clase pasada, el de los andrajosos —espetó.

—Ah —dije yo, cayendo en cuenta—. El evangelio de los andrajosos.

—Sí, ese mismo.

—Pues espero que lo leas y que me digas qué te pareció una vez concluyas su lectura —le animé con satisfacción—. Luego comencé la clase, feliz por mi alumno, y agradecido de que apreciara una de mis fugaces sugerencias literarias.

Es asombroso el efecto que puede tener un comentario. Ya sea el elogio a un autor, la mención de un buen libro leído, la referencia nostálgica a un restaurante que hemos visitado, o la entusiasta crónica de un viaje. Los comentarios, negativos o positivos, son como un bumerán, que regresan a nosotros en la misma forma que fueron arrojados. Así que conviene asegurarnos lanzar el bumerán correcto, para que nos traiga en su retroceso, ese mismo bienestar que hemos soltado antes. 

El día a día puede ser muy convulso y azaroso. No podemos predecir lo que nos acaecerá en la jornada por vivir, ni vaticinar las curvas traicioneras del camino. No obstante, podemos vivir con más intencionalidad si elegimos qué actitudes y enfoques nos van a caracterizar. La casualidad no puede dominar nuestro día a día, ni las reacciones viscerales. La vida no debe ser un baile donde nos dejemos llevar, más bien ha de ser un juego de estrategia.

Más comentarios positivos, más elogios, más bien decir, más palabras que endulcen, más persuasión bondadosa, más reflexiones pías. El arte de vivir es el más descuidado de todos, y por el que se paga el más alto precio debido a la pereza o a la ignorancia. La negatividad le cobra peaje a todo el que se cruce con ella. Primero a la familia, luego a los amigos, a los compañeros de trabajo, a la comunidad de fe donde servimos, y hasta a la inocente mascota. Mejor negocio es la positividad, eso seguro. John Stott decía que la iglesia se va a tener que arrepentir por su falta de optimismo. Dramáticas pero ciertísimas palabras. 

Para llegar hay que salir. El primer paso es elegir, luego persistir, perfeccionar y no cambiar nunca en el empeño de hacerlo mejor. Hablar en positivo es un ejercicio, y como toda disciplina se mejora con el tiempo, máxime cuando es una elección que Dios favorece y promueve en su Palabra. Pablo exhortó a la iglesia, inspirado por el Espíritu Santo: “Que sus conversaciones sean cordiales y agradables, a fin de que ustedes tengan la respuesta adecuada para cada persona” (Colosenses 4:6 NTV). Cordiales y agradables… que buen tamiz a través del cual filtrar nuestras charlas. 

A mis cuarenta y dos años, y casi treinta en la iglesia, he visto cómo los cristianos, entre los que me incluyo, claro está, si nos descuidamos, podemos estar tan avinagrados como cualquier otro ser humano sin Dios. Solo una férrea vigilancia sobre nosotros mismos, una vivificante devoción y un profundo compromiso con la obediencia a Cristo, nos puede mantener lejos de actuar a menudo con la ambigüedad de un fariseo. De nada vale culpar al otro, al que no se porta a la altura ética, al que con sus actitudes me predispone a dejar que el viejo hombre dé una pataleta. Ser dueño de uno mismo para evitar, entre otras cosas, la provocación, puede que sea uno de los signos más evidentes de madurez cristiana que se puede evidenciar.  

Es importante tener palabras positivas, entiéndase, un dialogar envuelto en virtud, capaz de producir bienestar en ambas direcciones. Esto traerá dividendos para nuestros interlocutores y para nosotros. Sin embargo, Todo esto, no desde un egoísmo inteligente, muy en boga en círculos de autoayuda, donde el enfoque es que consigamos que la gente a nuestro alrededor esté bien, para nosotros estar un poco mejor. Creo que el egoísmo inteligente tiene un origen demasiado falible para poder mantenernos practicándolo sin claudicar. Esta forma de relacionarnos se basa en lo que queremos y en aquellas cosas que consideramos mejor para nosotros, por lo que es un prisma limitado y falible. Pero si nuestro hablar es objetivamente bíblico, y obedece a principios de interrelación que están en función de nosotros, pero a la vez más allá de nosotros, ya que pretenden glorificar a Dios como máxima finalidad; entonces la praxis de toda convivencia tendrá una base sólida, y un alcance mayor. Solo así es que podremos tener buenas palabras ,no solo para mis familiares, amigos, compañeros de trabajos o hermanos de la iglesia, cuya relación me beneficia directamente, sino que podremos tener buenas palabras incluso para nuestros enemigos, para nuestros detractores, para aquellos a los que no les simpatizamos en sentido general. 

Desde una fugaz recomendación en positivo sobre un libro, hasta una palabra de bendición para un enconado adversario, toda palabra que salga de nuestra boca debe ser “buena para la necesaria edificación” (Efesios 4:29) y por tanto, siempre será en positivo, no podría ser de otra manera. Finalmente, esas palabras en positivo, siempre han de ser en coherencia con una actitud semejante, con un deseo puro y desde un alma afable. Palabras auténticas, nacidas desde un corazón que palpita en redención, que recibe cada impulso puro de las palabras del Maestro. 


Osmany Cruz

Petit à petit l’oiseau fait son nid

Escuchaba desenfadadamente algunos consejos del escritor español César Mallorquí para aquellos que gustan del arte escurridizo que él encarna, cuando usó este adagio francés que da título a esta nota. Hasta el momento de escucharlo, era desconocido en su totalidad para mí. La frase me resultó tan exacta como las matemáticas. La traducción de este aforismo galo sería algo así: “Poco a poco, el pájaro hace su nido.”

La frase, y su devenida traducción, no ha sido la revelación del siglo. Es sabido que la paciencia y la perseverancia son virtudes imprescindibles para casi todo lo que merezca la pena crear o conseguir. Lo que me llamó la atención fue la forma en con la cual el escritor me recordó esta verdad, las imágenes a las que me transportó y los pensamientos que evocó en mí, reforzando aquello que ya pensaba y despertando recuerdos propios que vigorizaron mi reflexión.

Mi mente voló hasta Pinar del Río, a aquellos días de infancia, cuando en los veranos, sin la tiranía de los horarios de clases, nuestra familia viajaba desde la adusta Habana hasta la tierra cuna de mi padre. En casa de los abuelos, sin luz eléctrica, bebiendo agua de pozo, y en ausencia total del invasivo asfalto, fui inmensamente feliz. Libre de zapatos, descamisado y con más ganas de aventura que los personajes de Melville, exploré ríos y caminos. Trepé árboles, y atesoré con la mirada, el vuelo, el cantar y el ordinario comportamiento de los pájaros, que me parecía fascinante y me lo parece aún. No tenía una cámara de fotos, demasiado pobre para ese lujo en aquella Cuba llena de carencias. Pero incorporé en mi memoria el cantar de la Cartacuba, ave que existe solamente en mi país y cuyo trino suena en mi cabeza tres décadas después de haberla escuchado por primera vez.

Llevo conmigo siempre, indeleble, el repiquetear del pájaro carpintero, los llamativos colores del Tocororo, y el raudo vuelo del Zunzuncito, ave endémica de Cuba y la más pequeña del mundo -unos cinco centímetros desde la punta del pico hasta la cola-. Este último, siempre ha ejercido un magnetismo especial en mí. Su subsistencia, a pesar de su tamaño y peso (1,8 gramos), es un misterio en medio de tantos depredadores naturales. Quizás, lo que más me conecta con el Zunzuncito, es que a diferencia de muchos cubanos que los han visto volar, succionar el néctar de las flores y batir las alas en estático vuelo, yo he visto con estos ojos en aquel entonces sin presbicia, un nido con la mamá dentro y los huevecillos blancos y minúsculos que contenían la vida en milímetros de dos Zunzuncitos. Los nidos de este diminuto colibrí miden apenas tres centímetros y son una obra de ingeniería a pequeña escala. Aquella experiencia fue como descubrir Liliput, nunca la olvidaré.

Entre frases de César Mallorquí y remembranzas de aquella infancia sin preocupaciones, decidí rescatar de la memoria y plasmar en papel virtual, a golpe de mi arrítmico tecleo, aquellos días en lontananza y especialmente aquel en que vi un nido de Zunzuncito, un nido que no se hizo de un tirón, sino poco a poco, con esa chispa divina que Dios ha puesto en cada ave y a la que llamamos pobremente, instinto.

Pienso como hermeneuta y quiero aplicar a mis recuerdos algún tipo de interpretación teológica.  Quiero encontrar esas verdades paralelas que subyacen en la creación, esos mensajes que Dios me envía desde el pasado como si fuera algo encriptado en esos días, pero que puedo develar hoy. Como una capsula del tiempo que abro cuidadosamente para no dañar su contenido y descubrir su significado ahora. Busco la interpretación que puede dilucidar este adulto con nostalgia de esa niñez inocente. Descubro que le doy un significado muy distinto al que le di en aquel instante en que lo experimenté, o tal vez no es un significado distinto, sino un significado más completo.

Si el Zunzuncito sigue ahí a pesar de su pequeñez, a pesar de sus muchos enemigos naturales, si sigue construyendo sus nidos, alimentando a sus polluelos y revoloteando con gracia única, será porque poco a poco, no solo construye su nido, sino que existe así, de a poco, con la cadencia triunfal de la perseverancia, con el día a día por delante, con la chispa divina de una misión: existir porque sí y a pesar de todo. Esta avecilla es un mensaje de fe y esperanza gritado desde bosques y ciénagas de Cuba. Quizás como ella, nosotros también somos un algoritmo poco probable, nuestra existencia como cristianos, tan pequeños e insignificantes en tamaño causa extrañeza a estadistas y sociólogos. La iglesia sigue aquí, poco a poco, construyendo.


Osmany Cruz Ferrer
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