Las aves no toman ansiolíticos

“Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?” (Mateo 6:26).

Vivo junto a mi familia en un pintoresco pueblo Andaluz. Mi casa está en las afueras y colinda con un campo de olivos donde, a cualquier hora del día, oigo de gratis la sinfonía de las aves del lugar. Se posan en el granado que tengo en el patio y desde su follaje me hipnotizan con su algarabía, revolotean en mi terraza y en mi balcón, se asoman por mis ventanas fisgoneando a los extraños seres que vivimos en este nido de piedra. Mi esposa les ha colocado un comedero y un bebedero de agua para que se sirvan al gusto y cada día tenemos comensales multicolores que se deleitan en semillas por las cuales no han trabajado y en un agua fresca que no tienen que bombear desde un profundo pozo.

No soy ornitólogo, pero puedo afirmar por simple observación que las aves que me frecuentan no tienen pinta de estar preocupadas por lo que va a ocurrir al día siguiente. No toman ansiolíticos para el estrés, ni antiácidos debido a la ansiedad. Revolotean con maestría aeronáutica, comen y beben, van de un lado al otro dando saltitos graciosos y cantan sin desafinar una nota sencillamente porque Dios les sostiene, les cuida y vela por ellas. ¿No es asombroso? El Dios dueño de todas las galaxias se preocupa por unos pajarillos cordobeses. Tal es el corazón del Señor.

Jesús usó la figura de los pájaros del campo para ilustrarle a sus discípulos una forma de vida diferente a la que vivían la mayoría de sus conciudadanos. Un estilo de vida caracterizado por la confianza en Dios. La lógica del Maestro era muy sencilla: si Dios alimenta a las aves del cielo, cómo no va a hacerlo con sus hijos. Por una cuestión de estima y prioridades Dios tienen en primer lugar a los que son suyos, así que proveerá para ellos con absoluta seguridad. La diferencia está en que distintamente de las aves, nosotros tenemos un exceso de futuro que nos priva de la serenidad de descansar en el Señor. Nos afanamos por el día siguiente que no existe aún, vivimos en constante preocupación por lo que no podemos controlar y tal conducta nos aprisiona en cárceles de desasosiego y desesperación.

En el Sermón del Monte, de donde hemos extraído este versículo, Jesús insiste en el valor que tenemos para Dios. Es justo ahí donde debe afincarse nuestra confianza. Dios nos ama, somos importantes para él: “¿No valéis vosotros mucho más…?”, dijo el Cristo. Haremos bien si aceptamos que en sus manos nuestra vida está segura, nuestras necesidades están cubiertas y nuestro futuro está asegurado. Si el cuida del gorrión, de la paloma y la codorniz lo hará mucho más con nosotros.

No escribo desde la seguridad de una engordada cuenta bancaria, o desde la confianza de un trabajo fijo y copiosamente remunerado. No creas que por vivir en Europa tengo mis gastos cubiertos, sino quizás más cuentas que pagar en esta región del mundo donde todo tiene precio. Como marido y padre de cuatro hijos enfrento desafíos en los que Dios debe intervenir, o de otra manera me perdería en el agobio del afán. Soy misionero, vivo por fe, Dios provee de muchas maneras y lo ha hecho así desde hace más de dos décadas. Con demasiada frecuencia las necesidades de una familia grande como la mía, superan mi pericia para hacer resolutos presupuestos. Hay zapatos que comprar, ropa que proveer para niños que al mes siguiente han cambiado de estatura. Debo cerciorarme de calentar mi hogar en invierno e intentar tener una temperatura soportable en verano. Debo asegurarme que en cada jornada haya comida en la mesa para los míos y a la par nunca olvidarme de la hospitalidad y de compartir con otros aquello que de Dios recibo. Los economistas no dan buenos augurios y los políticos parecen tomarse las cosas con calma echándose la culpa unos a o otros de su desaciertos administrativos.

Mientras todo eso y mucho más ocurre a mi alrededor e intenta dominarme, yo encuentro fe mirando a esas aves desenfadadas en mi terraza. Allí están serenas aunque la bolsa de valores de Londres se haya desplomado, o la de Nueva York, o la de Tokio. Dios les cuida, les alimenta, les protege desde su infinita bondad. Si lo hace con ellas, lo hará conmigo y con todos aquellos que le aman. Debo de mirar menos hacia fuera, o hacia mí mismo y mirarlo a él porque: “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8:32).


Osmany Cruz

Triunfantes sobre el tedio

“Y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad” (Colosenses 2:10).

El tedio es una enfermedad, no de esas que se pueden curar con fármacos, sino de las peligrosas que carcomen el alma. Hablo con propiedad ya que yo alguna vez la he padecido, y aunque tiene cura, no se sale fácil de una condición como esa. Hay que primero saber lo que se padece, para luego ser radical y extirpar a sangre fría el mal emocional que aqueja. No se debe escatimar esfuerzos en librarse de este huésped indeseable, este okupa transgresor que violenta voluntades valiéndose de una coalición emocional engañosa y perturbadora.

Don Manuel Bueno, un gentil párroco creado por Unamuno en su libro San Manuel Bueno, Mártir, le dice en un momento de vulnerabilidad a Lázaro, su reciente amigo, progresista e incrédulo: “He mirado la negrura de la cima del tedio de vivir, mil veces peor que el hambre”. El religioso también le diría que ya no cree en Dios, que lucha constantemente con un seductor pensamiento suicida, que no espera que haya una resurrección y que si no niega todo públicamente es por no robar a otros el descanso que les da la religión.

El cura confesándose con el hombre de mundo, un juego literario de Unamuno, una especie de fe a la inversa que quizá retrata la pérdida de la confianza en Dios, de la esperanza y de la alegría de vivir. Para todos los habitantes de Valverde de Lucerna su párroco era un santo, de una vigorosa fe que le conducía al servicio más abnegado, pero ignoraban el hastío que le perseguía, la atroz fuerza que le tiraba hacia la horrenda oscuridad de creerse desamparado.

Pensar que vivir es un accidente solo remediable con la muerte es existir respirando despropósito. Es sabotearse la vida en una conspiración homicida contra sí mismo. ¿Puede perder la fe un hombre de fe? ¿Puede el hastío convertirse en una deidad opresora que nos arrebate la ilusión, la esperanza, y la felicidad?

En uno de mis pastorados sustituí a un brillante ministro del evangelio cuyo magisterio y virtud estaban en boca de todos. Siempre oí de él comentarios elogiosos, su congregación le amaba, y era alguien que con solo aparecer en algún sitio despertaba admiración. Tiempo después de relevarle en el pastoreado y siendo en aquel entonces yo muy joven, abocado por tantos desafíos y lleno de preguntas, me reuní con este pastor para escuchar algún consejo beneficioso. La conversación terminó siendo una charla fraterna, donde me relató sus frustraciones, y hasta de cómo acarició la idea de quitarse la vida mientras pastoreaba la iglesia, asunto que sólo por la gracia de Dios pudo solucionar.

El tedio no tiene predilectos, va a por todos. Elías quiso morirse porque le amenazaban y le perseguían, Jonás estaba fastidiado de que Dios fuera tan bueno, Job deseó no haber nacido porque el dolor le nublaba el juicio. Lo mismo ha pasado con otros grandes hombres de la estatura espiritual de George Mattesson, o Hudson Taylor. Ahí está el hastío, agazapado, esperando el momento justo para abalanzarse sobre su presa. La muerte de un amigo, la traición, la pobreza, la tragedia en alguna de sus múltiples formas… la vida no es fácil. Jesús dijo: “En el mundo tendréis aflicción” (Juan 16:33). Los percances de la cotidianidad pueden ser dardos que agujereen nuestra espiritualidad hasta no querer ni ser cristianos, créame, no hay intocables. La apostasía de la virtud y la verdad suelen comenzar con una inocente semilla de tedio, cuando te aburres de lo que tienes, pensando que puede haber algo mejor.

“Con que Dios os ha dicho”… así siseó la serpiente a Eva su engaño. Antes de de morder la fruta, Adán y Eva sucumbieron al hastío de ser hombres, se cansaron por un momento de su condición y pensaron que podían alcanzar algo más. Su deseo los condujo a menos, el pecado les traspasó, les empujó a la mortalidad y la enemistad con Dios. Tal espiral degradante produce este sentimiento que se convierte rápidamente en una actitud y hasta en una pandemia capaz de transmitirse con celeridad y contaminar a muchos.

Pero ¿cómo combatir a tan deplorable enemigo? No hay más antídoto que la obstinación sacra de vivir por fe, sin desviaciones emocionales, sin reparar demasiado en las cosas de esta vida, mirando hacia Aquél que, aunque fue varón de dolores, experimentado en quebrantos (Isaías 53:3), el escritor de los hebreos dice de Él que “por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra de Dios” (Hebreos 12:2). Es poner el gozo delante porque Jesucristo así lo hizo y fue exaltado a los cielos.

Si la frustración asesta un golpe traidor, no hagamos demasiado caso. Si el demoledor hastío nos convida a recibirle, con firmeza digamos ¡no! Si el Tentador te dice que hay mucho más, dile que ya lo tienes todo.


Osmany Cruz

Serendipias Divinas

“Fui buscado por los que no preguntaban por mí; fui hallado por los que no me buscaban. Dije a gente que no invocaba mi nombre: Heme aquí, heme aquí” (Isaías 65:1).

Mis hijos son formidables comedores de patatas chips; esas patatas laminadas tan finamente que casi se puede ver a través de ellas. No conozco supermercado que no las comercialice. Yo, sin embargo, soy más de la patata de toda la vida; ese corte grueso y sin geometría que mamá, al más refinado estilo samuray, preparaba con donaire raudo. Pero la generación de ahora va por otro lado en esto de las patatas y del arte culinario en general y me parece interesante que sea así. Es por eso que me sumo a degustar patatas chips con mi familia, sobre todo días de piscina o de campo, donde cocinar no es algo que va incluido en la programación. ¡Y pensar que estas anoréxicas patatas vinieron a existir sin intención de que se perpetuaran! Fue George Crum, un chef neoyorquino, el que introdujo esta guarnición en el verano de 1853, para mostrar su enfado a un comensal que siempre criticaba inconforme el grueso de las patatas que servía su restaurante. Para la sorpresa de Crum, las patatas fueron un éxito y las incluyó inmediatamente en el menú habitual de su restaurante. Desde entonces se comercializan en todo el mundo y, que arroje la primera piedra quien se ha resistido con éxito a probarlas. Serendipias de la historia, sucesos que llegaron a ser algo distinto a lo que se imaginó, o se quiso conseguir.

Hablando de serendipias… hace 26 años estaba convencido que la vida había que vivirla, sin reglas, sin pensar demasiado, que el placer era lo único que me llevaría a la tumba y que en el ver y el saber, estaba aquello que podía llenarme. Nada más lejos de la realidad, vivía estafado por una ideología prefabricada por aquellos dioses del ateísmo de la Cuba de aquellos días. Me engañaron y yo no sabía que pudiera existir una verdad absoluta y concluyente que serenara mi alma desolada y me supliera tantas ausencias omnipresentes. Sin buscar tal verdad, sin pretender ser feliz, sin querer otra cosa que sobrevivir, me hallé escuchando a un flacucho e improvisado predicador, asistiendo a una pequeña iglesia y recibiendo a Jesús como mi salvador personal ante una treintena de carismáticos redimidos. Serendipias dispuestas desde la eternidad, contingencias divinas que te cambian para siempre, eventos que te seducen a una vida plena de la que no desearás retornar.

Desde entonces creo en esos planes divinos que se nos atraviesan en el camino para captar nuestra atención. No son imposiciones de un Dios que se quiere salir con la suya, más bien oportunidades de gracia, actos de misericordia para reconducirnos a lo mejor. Desde entonces he estado alerta a esos encausamientos de Dios, a eso que él hace magistralmente para mi bien, pero que yo debo comprender para no perderme su trazo de gracia.

Era el año 2000, una rara alianza entre vaticinios mayas y prensa amarillista anunciaban que el mundo se terminaría; destrucción y caos, las profecías debían cumplirse, pero si estás leyendo esto sabrás que no ocurrió nada de esto. Yo me preparaba por aquel entonces para un viaje a Guatemala, era un evangelista soltero con muchas ganas de servir al Señor y tenía delante la oportunidad de un recorrido ministerial por este hermoso país de América Central. Por aquel entonces, una iglesia de la ciudad se había quedado sin pastor y me pedían para atenderlos por un tiempo, hasta tener a un nuevo pastor. Me excusé sobre la base de que viajaba por seis meses fuera del país y que me sería imposible, que de otra manera lo haría con gusto. Sin embargo, el cónsul me dijo que no podía viajar a su país y no me concedió el visado. Así que acepté pastorear aquella iglesia donde conocí a la maravillosa mujer que por 16 años y cuatro hijos después, es mi esposa. Serendipias divinas, puertas que se cierran con una finalidad más elevada. Así es Dios.

He aprendido a no preocuparme cuando sucede algo con lo que no contaba, reflexiono y doy por sentado que Dios está detrás de ese incidente en alguna forma. No me atemorizan los cambios de sentido, ni me frustra no conseguir lo que quiero porque estoy abandonado a la voluntad de un Dios, cuyo control de las situaciones, los incidentes y las circunstancias es absoluto. Detrás de un obstáculo, lo más probable es que llegue una bendición. Pasando anchurosos ríos me esperan riberas deseables y tierras por conquistar.

Mientras como patatas chips, concluyo estas líneas y pienso emocionado en qué será lo próximo con lo que Dios me va a sorprender. ¡Qué novedosas serendipias está preparando mi todopoderoso salvador!


Osmany Cruz

Sal, levadura y mostaza

“Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres” (Mateo 5:13).

“Y dijo: ¿A qué es semejante el reino de Dios, y con qué lo compararé? Es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su huerto; y creció, y se hizo árbol grande, y las aves del cielo anidaron en sus ramas. Y volvió a decir: ¿A qué compararé el reino de Dios? Es semejante a la levadura, que una mujer tomó y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo hubo fermentado” (Lucas 13:18-21)

El título pudiera parecer el encabezado de una receta de cocina, pero no pude encontrar una mejor manera de presentar lo que quiero decirles que usando las mismas palabras de Jesús. Cuando él se refirió al reino de Dios y a los participantes de este reino, no echó mano de metáforas grandilocuentes, ni usó pomposas palabras. El Maestro se refirió a su reino y a los suyos con un lenguaje tan sencillo que cualquiera podría entenderlo.

A la mayoría de nosotros nos resulta muy funcional utilizar en nuestra cotidianidad la asociación de ideas y los parecidos, es un recurso mental para guardar información de una manera más cómoda, con menos esfuerzos y más resultados. El Señor quería precisamente esto, que pudiéramos recordar fácilmente quiénes somos y nuestra capacidad de trascendencia como pueblo de Dios. El comunicador más grande de todos los tiempos sabe cómo dejar su didáctica enseñanza en el corazón de sus oyentes.

Las figuras que usó Jesús están vinculadas con la cotidianidad, lo que evidencia el valor y la importancia que estas revisten. Sal, mostaza y levadura, ingredientes encontrados en cualquier parte de aquel mundo lleno de tantas carencias y desigualdades nos recuerda que el reino de Dios está presente en cualquier época, en cualquier estrato social y en todas partes. Figuras que hablan de cuánto hacemos falta aquí y ahora. Como escribió Lutero: “Dios no necesita tus buenas obras, pero tu vecino sí”. Somos elementales para nuestra sociedad, aunque en ocasiones esta ha llegado a desear prescindir de nosotros, o nos ha considerado un incordio para sí misma. A pesar de todo ello, seguimos aquí y vamos adelante esparciendo bondad y todo aquello que de gracia hemos recibido.

La sal, así como la mostaza y la levadura, a la vista no resultan demasiado atractivas. En sí mismas no poseen una belleza deslumbrante, su valor reside no en algo superficial como la apariencia, sino en lo que es capaz de llegar a hacer. La sal, unos granitos blancos, pequeños y fáciles de almacenar en cualquier recipiente hogareño, es capaz de conservar cientos de tipos de alimentos y de dar sabor a la comida lo que estimula el apetito y la ingesta de los mismos. La sal es imprescindible en la mayoría de los hogares del mundo. La levadura, por su parte, es un hongo unicelular capaz de producir fermentación en bebidas y alimentos. Es tan falto de gracia que no creo que nos hiciéramos fotografías con él, pero su utilidad es de enorme valía para la creación de diferentes bebidas, alimentos y para la repostería en general. Finalmente, la mostaza, una semilla tan ordinaria y pequeña (tengo una, pegada a una cartulina en mi escritorio, regalo de un buen amigo), puede convertirse en una planta frondosa, capaz de alcanzar los dos metros y medio de altura y en cuyo follaje habita todo un pintoresco ecosistema. La vida encuentra refugio y abrigo en algo que fue antes apenas del tamaño de la cabeza de un alfiler.

Así es el reino de Dios, puede parecer inofensivo y ordinario, pero su potencial puede asombrar a naciones y a reyes. Lo sé muy bien porque nací y crecí en Cuba, un país en donde se intentó erradicar la fe desde sus raíces. Un sistema totalitario que odiaba a los cristianos encarceló en sus primeros años de apogeo a pastores, durante cinco décadas ha vejado a los cristianos, les ha privado de oportunidades y les ha falseado el derecho. La iglesia no parecía una amenaza, más bien un grupúsculo fácil de reducir. Hoy, después de miles de intento por hacer desaparecer a la iglesia, se levantan miles de congregaciones y en casi ningún templo hay sillas vacías, sino que hay personas de pie, en los pasillos y por las ventanas. Lo que no parecía, lo que resultaba ordinario y poco relevante permanece y se acrecienta, así funciona el reino de Dios, contradictoriamente, deslumbrando a escépticos y ateos.

Somos ese pueblo y pertenecemos a ese reino. No al reino de los palacios, el poder militar y las arcas llenas de dinero. Sino al reino donde la sal, la levadura y la mostaza son el patrimonio que Dios usa para dispensar su gracia a un mundo insípido, empequeñecido en sus pecados y falto de refugio y abrigo. Eso aportamos desde nuestra ordinaria sencillez. En nuestra pequeñez nos hacemos grandes para Dios, en nuestra simplicidad asombramos al mundo. Sal, levadura y mostaza, eso es lo que somos.

 


Osmany Cruz

No complique las cosas

“Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia”

Me encontraba en Lisboa para dictar unas conferencias sobre liderazgo en el
Seminario Bíblico Monte Esperanza. Al llegar a la habitación donde me hospedaría los
cinco días que duraría mi estancia y disponerme a tomar una merecida ducha,
encontré que el mecanismo era diferente a aquellos que yo conocía. Había un par de
grifos, una ducha movible y otra fija encima. Así que moví los grifos para ver si me
enteraba de cómo funcionaban estas duchas, pero no salió agua. Entonces supuse que
no había agua en la habitación, sin embargo, al accionar el grifo del lavamanos, un
caudaloso chorro salió para mi total desconcierto. Supuse entonces que había algún
tipo de llave de paso escondida por alguna parte que sería el elemento que le
proporcionaría agua a la ducha. Busqué como un forense consagrado la pista que me
faltaba para descifrar el asunto de la ducha seca, pero para mi pesar, no había ninguna
llave más a la que recurrir. Así que hablé por teléfono con mi esposa que estaba en
España y le conté el asunto. Ella me pidió que le sacara fotos a la ducha y se las enviara
para buscar por Internet la solución al entuerto en que me encontraba. Un rato
después… nada. Mi mujer no logró encontrar una solución conveniente (entendí que
Internet no es tan genial como dicen). Aquel día que quedará para siempre en el más
ignominioso recuerdo me quedé sin duchar. A la mañana siguiente debía estar para
predicar en una iglesia y oré con todas mis fuerzas para que el perfume y el
desodorante fueran lo suficientemente eficientes para disimular la ausencia de un
necesario baño el día anterior.

Cuando regresé de la reunión, cansado y con miedo a no poder vencer a mi oponente,
una ducha inerte y estéril, me senté en el sofá de la habitación y como una ráfaga, vino
a mi una brillante idea, tan esplendorosa que de enterarse la academia de los Nobel de
seguro me asignarían el Nobel del sentido común, aunque fuese solamente de forma
honoraria. ¿Qué tal si llamaba a mi anfitrión y le pregunta cómo funcionaba la ducha?
Así lo hice y cinco minutos después, uno de los estudiantes que vivía en la residencia
del Seminario me explicaría en un ininteligible portugués para mi cerebro en
castellano, la forma de hacer lluvia con dos grifos inconexos a la vista. Aprendí que no
solo debía girar los grifos (uno para la temperatura del agua y otro para canalizar el
agua por una ducha o la otra) sino que después de hacerlo, debía oprimir el grifo de
abajo para que el cause del agua comenzara a fluir. Me sentí como Arquímedes
cuando comprendió que el volumen del agua que asciende es igual al volumen del
cuerpo que se sumerge en ella y gritó “eureka” (lo he descubierto).

En mis peripecias con aquella ducha en Lisboa, supe que puedo ser muy bueno
complicando las cosas. Lo que se podía solucionar con una simple llamada, se convirtió
en una crisis en la que tuvieron que intervenir ciudadanos de dos naciones. La
anécdota en sí es inocente y ya forma parte de las situaciones humorísticas familiares
por la que el Señor nos ha permitido pasar para nuestra educación espiritual.

Lo que es más relevante en todo esto, es lo que esta situación en sí trasluce. La ducha es una
mera metáfora de la vida misma. A veces no entiendo una situación, se me hace
enrevesado un asunto y no sé qué hacer para solucionarlo. Así que empiezo a
improvisar porque tengo la enraizada tendencia de creer que yo puedo solo y que no
debo molestar a otros con mis problemas.

Voy cambiando poco a poco este tipo de actitudes para mi bien. Las cosas no siempre
son tan complicadas como parecen. Suele ser más una cuestión de perspectiva que de
realidad; hay que ser más sensatos, o la vida se te puede convertir en un laberinto que
ni el mismo Teseo sabría sortear. No solemos ver las cosas como son, sino que las
vemos tal como somos. Tiendo a complicar las cosas porque soy complicado y no
pregunté a mi anfitrión, no por no molestar, sino por orgullo, no quería que supiera
que una indiferente ducha venció mi inteligencia.

Así que el asunto no va de cambiar las cosas primeramente, sino de cambiarnos a
nosotros. Mejorar y ser sencillos, dejar de sabotearnos la vida con tonterías y prestar
más atención a las motivaciones equivocadas que nos privan de un día a día lleno de
contentamiento. Tengo la impresión que seguiré luchando con un viejo hombre
obstinado y cascarrabias, pero cada verdad de fe, cada principio espiritual develado,
me ayuda a errar menos y a acertar con más frecuencia. Debo depender más de Dios,
ser más como un niño, desprejuiciado y sin malicia, para que entonces ya no sea el que
lo complica todo, sino alguien que evalúa la vida desde la fe, cimentado en las
promesas de Dios.


Osmany Cruz Ferrer

El valor de hablar en positivo

—He comprado el libro de Manning —me dijo uno de mis alumnos con emotiva cadencia fonética. 

—¿Cuál de ellos? —pregunté.

—El qué usted mencionó en la clase pasada, el de los andrajosos —espetó.

—Ah —dije yo, cayendo en cuenta—. El evangelio de los andrajosos.

—Sí, ese mismo.

—Pues espero que lo leas y que me digas qué te pareció una vez concluyas su lectura —le animé con satisfacción—. Luego comencé la clase, feliz por mi alumno, y agradecido de que apreciara una de mis fugaces sugerencias literarias.

Es asombroso el efecto que puede tener un comentario. Ya sea el elogio a un autor, la mención de un buen libro leído, la referencia nostálgica a un restaurante que hemos visitado, o la entusiasta crónica de un viaje. Los comentarios, negativos o positivos, son como un bumerán, que regresan a nosotros en la misma forma que fueron arrojados. Así que conviene asegurarnos lanzar el bumerán correcto, para que nos traiga en su retroceso, ese mismo bienestar que hemos soltado antes. 

El día a día puede ser muy convulso y azaroso. No podemos predecir lo que nos acaecerá en la jornada por vivir, ni vaticinar las curvas traicioneras del camino. No obstante, podemos vivir con más intencionalidad si elegimos qué actitudes y enfoques nos van a caracterizar. La casualidad no puede dominar nuestro día a día, ni las reacciones viscerales. La vida no debe ser un baile donde nos dejemos llevar, más bien ha de ser un juego de estrategia.

Más comentarios positivos, más elogios, más bien decir, más palabras que endulcen, más persuasión bondadosa, más reflexiones pías. El arte de vivir es el más descuidado de todos, y por el que se paga el más alto precio debido a la pereza o a la ignorancia. La negatividad le cobra peaje a todo el que se cruce con ella. Primero a la familia, luego a los amigos, a los compañeros de trabajo, a la comunidad de fe donde servimos, y hasta a la inocente mascota. Mejor negocio es la positividad, eso seguro. John Stott decía que la iglesia se va a tener que arrepentir por su falta de optimismo. Dramáticas pero ciertísimas palabras. 

Para llegar hay que salir. El primer paso es elegir, luego persistir, perfeccionar y no cambiar nunca en el empeño de hacerlo mejor. Hablar en positivo es un ejercicio, y como toda disciplina se mejora con el tiempo, máxime cuando es una elección que Dios favorece y promueve en su Palabra. Pablo exhortó a la iglesia, inspirado por el Espíritu Santo: “Que sus conversaciones sean cordiales y agradables, a fin de que ustedes tengan la respuesta adecuada para cada persona” (Colosenses 4:6 NTV). Cordiales y agradables… que buen tamiz a través del cual filtrar nuestras charlas. 

A mis cuarenta y dos años, y casi treinta en la iglesia, he visto cómo los cristianos, entre los que me incluyo, claro está, si nos descuidamos, podemos estar tan avinagrados como cualquier otro ser humano sin Dios. Solo una férrea vigilancia sobre nosotros mismos, una vivificante devoción y un profundo compromiso con la obediencia a Cristo, nos puede mantener lejos de actuar a menudo con la ambigüedad de un fariseo. De nada vale culpar al otro, al que no se porta a la altura ética, al que con sus actitudes me predispone a dejar que el viejo hombre dé una pataleta. Ser dueño de uno mismo para evitar, entre otras cosas, la provocación, puede que sea uno de los signos más evidentes de madurez cristiana que se puede evidenciar.  

Es importante tener palabras positivas, entiéndase, un dialogar envuelto en virtud, capaz de producir bienestar en ambas direcciones. Esto traerá dividendos para nuestros interlocutores y para nosotros. Sin embargo, Todo esto, no desde un egoísmo inteligente, muy en boga en círculos de autoayuda, donde el enfoque es que consigamos que la gente a nuestro alrededor esté bien, para nosotros estar un poco mejor. Creo que el egoísmo inteligente tiene un origen demasiado falible para poder mantenernos practicándolo sin claudicar. Esta forma de relacionarnos se basa en lo que queremos y en aquellas cosas que consideramos mejor para nosotros, por lo que es un prisma limitado y falible. Pero si nuestro hablar es objetivamente bíblico, y obedece a principios de interrelación que están en función de nosotros, pero a la vez más allá de nosotros, ya que pretenden glorificar a Dios como máxima finalidad; entonces la praxis de toda convivencia tendrá una base sólida, y un alcance mayor. Solo así es que podremos tener buenas palabras ,no solo para mis familiares, amigos, compañeros de trabajos o hermanos de la iglesia, cuya relación me beneficia directamente, sino que podremos tener buenas palabras incluso para nuestros enemigos, para nuestros detractores, para aquellos a los que no les simpatizamos en sentido general. 

Desde una fugaz recomendación en positivo sobre un libro, hasta una palabra de bendición para un enconado adversario, toda palabra que salga de nuestra boca debe ser “buena para la necesaria edificación” (Efesios 4:29) y por tanto, siempre será en positivo, no podría ser de otra manera. Finalmente, esas palabras en positivo, siempre han de ser en coherencia con una actitud semejante, con un deseo puro y desde un alma afable. Palabras auténticas, nacidas desde un corazón que palpita en redención, que recibe cada impulso puro de las palabras del Maestro. 


Osmany Cruz

Petit à petit l’oiseau fait son nid

Escuchaba desenfadadamente algunos consejos del escritor español César Mallorquí para aquellos que gustan del arte escurridizo que él encarna, cuando usó este adagio francés que da título a esta nota. Hasta el momento de escucharlo, era desconocido en su totalidad para mí. La frase me resultó tan exacta como las matemáticas. La traducción de este aforismo galo sería algo así: “Poco a poco, el pájaro hace su nido.”

La frase, y su devenida traducción, no ha sido la revelación del siglo. Es sabido que la paciencia y la perseverancia son virtudes imprescindibles para casi todo lo que merezca la pena crear o conseguir. Lo que me llamó la atención fue la forma en con la cual el escritor me recordó esta verdad, las imágenes a las que me transportó y los pensamientos que evocó en mí, reforzando aquello que ya pensaba y despertando recuerdos propios que vigorizaron mi reflexión.

Mi mente voló hasta Pinar del Río, a aquellos días de infancia, cuando en los veranos, sin la tiranía de los horarios de clases, nuestra familia viajaba desde la adusta Habana hasta la tierra cuna de mi padre. En casa de los abuelos, sin luz eléctrica, bebiendo agua de pozo, y en ausencia total del invasivo asfalto, fui inmensamente feliz. Libre de zapatos, descamisado y con más ganas de aventura que los personajes de Melville, exploré ríos y caminos. Trepé árboles, y atesoré con la mirada, el vuelo, el cantar y el ordinario comportamiento de los pájaros, que me parecía fascinante y me lo parece aún. No tenía una cámara de fotos, demasiado pobre para ese lujo en aquella Cuba llena de carencias. Pero incorporé en mi memoria el cantar de la Cartacuba, ave que existe solamente en mi país y cuyo trino suena en mi cabeza tres décadas después de haberla escuchado por primera vez.

Llevo conmigo siempre, indeleble, el repiquetear del pájaro carpintero, los llamativos colores del Tocororo, y el raudo vuelo del Zunzuncito, ave endémica de Cuba y la más pequeña del mundo -unos cinco centímetros desde la punta del pico hasta la cola-. Este último, siempre ha ejercido un magnetismo especial en mí. Su subsistencia, a pesar de su tamaño y peso (1,8 gramos), es un misterio en medio de tantos depredadores naturales. Quizás, lo que más me conecta con el Zunzuncito, es que a diferencia de muchos cubanos que los han visto volar, succionar el néctar de las flores y batir las alas en estático vuelo, yo he visto con estos ojos en aquel entonces sin presbicia, un nido con la mamá dentro y los huevecillos blancos y minúsculos que contenían la vida en milímetros de dos Zunzuncitos. Los nidos de este diminuto colibrí miden apenas tres centímetros y son una obra de ingeniería a pequeña escala. Aquella experiencia fue como descubrir Liliput, nunca la olvidaré.

Entre frases de César Mallorquí y remembranzas de aquella infancia sin preocupaciones, decidí rescatar de la memoria y plasmar en papel virtual, a golpe de mi arrítmico tecleo, aquellos días en lontananza y especialmente aquel en que vi un nido de Zunzuncito, un nido que no se hizo de un tirón, sino poco a poco, con esa chispa divina que Dios ha puesto en cada ave y a la que llamamos pobremente, instinto.

Pienso como hermeneuta y quiero aplicar a mis recuerdos algún tipo de interpretación teológica.  Quiero encontrar esas verdades paralelas que subyacen en la creación, esos mensajes que Dios me envía desde el pasado como si fuera algo encriptado en esos días, pero que puedo develar hoy. Como una capsula del tiempo que abro cuidadosamente para no dañar su contenido y descubrir su significado ahora. Busco la interpretación que puede dilucidar este adulto con nostalgia de esa niñez inocente. Descubro que le doy un significado muy distinto al que le di en aquel instante en que lo experimenté, o tal vez no es un significado distinto, sino un significado más completo.

Si el Zunzuncito sigue ahí a pesar de su pequeñez, a pesar de sus muchos enemigos naturales, si sigue construyendo sus nidos, alimentando a sus polluelos y revoloteando con gracia única, será porque poco a poco, no solo construye su nido, sino que existe así, de a poco, con la cadencia triunfal de la perseverancia, con el día a día por delante, con la chispa divina de una misión: existir porque sí y a pesar de todo. Esta avecilla es un mensaje de fe y esperanza gritado desde bosques y ciénagas de Cuba. Quizás como ella, nosotros también somos un algoritmo poco probable, nuestra existencia como cristianos, tan pequeños e insignificantes en tamaño causa extrañeza a estadistas y sociólogos. La iglesia sigue aquí, poco a poco, construyendo.


Osmany Cruz Ferrer
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