Omertá

En los años duros en los que las diferentes mafias extendían sus tentáculos por todo el mundo, la rama siciliana, la Cosa Nostra, impulsó e impuso entre sus miembros, y en buena parte de la sociedad italiana de la época, la omertá; una terrible “ley del silencio”, que obligaba a un sepulcral mutismo sobre todo lo relacionado con los negocios de la organización, fuese uno protagonista en los mismos, o la víctima que los sufría.

Fue en los años 80 del pasado siglo cuando Tommasso Buscetta decidió romper con la omertá, colaborando con el malogrado juez Giovanni Falcone. Ellos fueron quienes pusieron de manifiesto todos los tejemanejes sociales y políticos, los negocios ilegales, los supuestamente legales y ocultos, las estrategias de ocultación, los crímenes y el organigrama de la organización: solo entonces la ley comenzó una efectiva lucha contra la organización mafiosa que aspiraba a controlar, desde las sombras, a gobiernos y países.

Desde entonces otros muchos han seguido el camino abierto por Buscetta, y a pesar de los golpes dados por la organización, asesinando a Falcone, por ejemplo, fue imposible cerrar el camino abierto hacia el descubrimiento de las actividades e influencia de las diferentes familias mafiosas.

Romper el silencio fue el principio del camino hacia solucionar el problema. Aún quedaba mucho que andar, pero el camino había comenzado.

En ocasiones la iglesia vive bajo una especie de omertá en relación algunos temas considerados sensibles. Un silencio autoimpuesto, una negativa a tratar de forma clara y abierta algunos asuntos, por considerarlos complicados, oscuros o sucios en su misma esencia. Este silencio, en la mayor parte de las ocasiones, provoca un enquistamiento de ciertas situaciones que son o pueden ser problemáticas si no se tratan. Si no se habla de ellas, se mantienen, de forma general, en un perfil bajo, en el umbral de las sombras, de lo oculto, de aquello de lo que no se puede, o se debe hablar; entonces, quedan sin el necesario trato y aclaración, y en ocasiones se “infectan” generando una enfermedad que puede llegar a ser mortal.

Uno de los asuntos en los que debemos aceptar que hemos vivido, en ocasiones, bajo la ley de la omertá, es el de la sexualidad. Desgraciadamente casi todas las referencias al sexo se han dado bajo el estigma de la condena del pecado, lo que sin duda puede ser necesario, pero no es el único aspecto del asunto. Esto ha llevado a muchos a considerar que, si no se habla de ello mas que para referir el pecado que puede llevar aparejado, se debe a que se trata de un área de la vida humana que tiene poco que ver con la espiritualidad; que es oscura y peligrosa, o directa e inevitablemente pecaminosa. La culpa, el desconocimiento, y el miedo, son partes consustanciales del silencio y ocultación.

En ocasiones hemos esgrimido el argumento de que se trata de algo que tiene ver con la intimidad de la persona, y que debe mantenerse dentro de ese ámbito reservado de la intimidad. Mantener esta posición desde un punto de vista bíblico es, cuando menos, difícil; Dios no tiene reparos en tratar con toda claridad y naturalidad este aspecto de la vida del ser humano, tanto para ordenarlo dentro de su voluntad, como para corregir lo incorrecto.

Como creyentes debemos ser conscientes de que lo que nosotros callamos, aquello de lo que no hablamos por miedo, pudor o ignorancia, será tratado, posiblemente de la forma más torcida y perversa y bajo influjo del propio Satanás, por la sociedad, la cultura, el gobierno o la educación. Lo que callemos, otros lo gritarán, y posiblemente lo harán de una forma contraria al consejo divino.

1ª Tesalonicenses 5 nos define como “hijos de luz” y nos anima a no limitarnos a dormir viviendo en la oscuridad o en la noche, sino que nos impulsa a velar, a estar despiertos. Por mucho tiempo la iglesia ha estado dormida, o cuando menos a transitado por el límite de la sombra en aquello relacionado con uno de los aspectos fundamentales de la vida humana: su sexualidad.

¡¡Rompamos con la tradición de sombra, de sueño, de ocultación o disimulo!!

¡Traigamos a la luz, tratemos en la claridad, sin tapujos ni miedos, aquello que como seres humanos todos vivimos de alguna manera!

La sexualidad y como vivirla acorde con la voluntad divina, es parte de todo el consejo de Dios que necesitamos conocer y proclamar. Lo contrario sería hurtar parte de lo que Dios ha dado para desarrollo y disfrute de la humanidad.

Puede que en ocasiones no sea del todo cómodo, pueda que debamos buscar la forma y el momento de traerlo a la luz, ¡pero es necesario hacerlo!

En este, y en lo que esperamos sea una serie de artículos sobre diferentes aspectos de este asunto, intentaremos ayudar a traer a la luz, a tratar con claridad, diferentes caras de este asunto muchas veces omitido u ocultado. ¡Fin a la omertá!

Que Dios nos ayude con su sabiduría a tratar a la luz del día, lo que a la luz del día fue creado por Dios.


Xesús M. Vilas

Cristianos del visillo

El video se hay convertido en viral en diferentes redes sociales, hasta el punto de que ha sido difundido por diferentes canales de televisión. Se trata de una bebé de apenas un año de edad que, en el video, se acerca con verdadera premura a un gran ventanal de la casa en la que vive, lleva unos prismáticos de juguete en la mano, y se aplica con verdadera fruición a mirar todo lo que sucede en el exterior de la vivienda.

Sin duda la conocida “vieja del visillo” de José Mota se sentiría orgullosa de ver como la tradición del chismorreo, de meterse en la vida de los vecinos para conocerlo todo, con la finalidad de “poder comentarlo”, se encuentra asegurada para el futuro en las nuevas generaciones.

Pero no debería preocuparse, en ningún caso, la entrañable anciana escondida tras el encaje de los visillos: en nuestro país la tradición del “metiche”, del entrometido, del chismoso, está garantizada “et in saecula saeculorum”; y mucho me temo que el micro universo cristiano está lejos de encontrarse al margen de esa situación.

Observo con cierto estupor como, sobre todo en las redes sociales, proliferan cual setas tras la lluvia las publicaciones dedicadas al análisis, crítica, posterior censura y final condena y destrucción de prácticamente todo lo que hacen o dicen públicamente diferentes prójimos. Se analiza y se realiza una profunda exégesis, debemos reconocer que en muchas ocasiones evidentes eixégesis, la última predicación, publicación, comentario y/o fotografía de predicador, evangelista, o simplemente conocido de turno; y desgraciadamente en muchas ocasiones, el escrutinio remata con una clara y justiciera condena pública de tal o cual actitud, idea, pensamiento o doctrina. Y todo ello desde la muy noble intención de proteger y defender la sana doctrina, la pureza de la fe.

Con frecuencia olvidamos los consejos escriturales sobre la corrección del errado o del ofensor: que se busque la restauración, que nos consideremos a nosotros primero, actuar con mansedumbre, en Gálatas 6; hacerlo en privado, con testigos y en la iglesia, pero nunca en público, de Mateo 18. Todo esto ha sido. Comúnmente esto se ha sustituido por la picota de las redes sociales, por el San Benito de la censura pública, por la hoguera inquisitorial de la declaración de herejía.

¿Qué imagen estamos dando los cristianos en el escaparate público de los medios de interacción y comunicación masivos?, ¿pueden ver nuestros contactos la mansedumbre y misericordia de Jesús escribiendo en tierra para no condenar públicamente?, ¿alcanzarán a vislumbrar quienes nos observan, desde la penumbra de la red de redes, el amor de Dios hacia los equivocados?.

Y no pretendo que no debamos corregir el error, el pecado; solo me pregunto si la manera en que lo estamos haciendo agrada a aquel que nos llamó.

Quiera nuestro buen Señor que haya menos cristianos del visillo, menos “Torquemadas” de las redes;  y se extiendan los mansos discípulos de Jesús, escribiendo en tierra para restaurar en lugar de condenar.


Xesús M. Vilas Brandón

Euros a cincuenta céntimos

Seguro que todos hemos visto algún anuncio en el que se oferta, a un increíble precio, un novedoso utensilio; habitualmente innecesario, regularmente inútil, y siempre prescindible. Suele suceder que además del increíble precio de oferta se añada, “solo” para los primeros compradores, un producto exactamente igual de regalo; y por si eso fuese poco, sin coste adicional, se incluirá un set de manicura, unos cuchillos que nunca perderán el filo, una cómoda bolsa de transporte, y el envío totalmente gratuito en apenas unos días, todo ello con un “valor de mercado” que incluso puede ser superior al producto que se estaría vendiendo.

Todos presumimos de ser demasiado inteligentes para caer en la evidente trampa, nadie puede vender Euros a 50 céntimos; pero la realidad es que todos esos negocios televisivos, no solo sobreviven, sino que ¡proliferan! Esto es así, posiblemente, por la necesidad de nuestra sociedad de convencerse de que es posible obtenerlo todo, sin que tenga un coste real adecuado al valor de lo adquirido. La realidad suele encargarse de desmontar esa idea a aquellos que pican en el anzuelo.

El problema realmente importante surge cuando esto sucede a nivel espiritual, con la “venta” de un evangelio de oferta, barato; un evangelio que no solo no exige un compromiso vital oneroso, sino que incluye todas las “bendiciones” posibles: prosperidad, sanidad, continua victoria, felicidad, éxito, el cielo y la gloria en la tierra.

El problema se acrecienta porque cada día son más los seducidos por esos “evangelios” que son, finalmente, totalmente opuesto al genuino evangelio de Gracia de Jesús. Cada día aparecen más gurús vendedores de “evangelios” adaptados a los deseos del consumidor. Son “evangelios” que desdibujan el pecado, el arrepentimiento, la conversión y la transformación del “comprador”. Grandes ofertas en salvación.

Resulta terrible porque, tarde o temprano, los ansiosos “clientes” descubrirán la calidad de lo adquirido, y esta no se corresponde con sus necesidades reales. Si el descubrimiento se retrasa, hasta el encuentro con el Juez Eterno, darse cuenta de que han caído en las redes del engañador ya no tendrá remedio.

Pero es también doloroso que algunos ministros sientan la tentación de sumarse a esa panoplia de vendedores de humo; seducidos, sin duda, por el éxito evidente de sus locales llenos y sus arcas bien nutridas; y terminen parte del ejército de vendedores del evangelio más barato.

Recordemos la advertencia del apóstol en 1ª Timoteo 4:1 “Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios”. Cuidémonos de ser seducidos por la oferta del euro a 50 céntimos; no rebajemos el evangelio que costó precio de sangre para convertirlo en una oferta inútil que, prometiéndolo todo, no da nada. No compremos, ni prediquemos barato humo, donde solo hubo una costosísima cruz.

Si no tuviéramos cuidado, el Señor lo demandará de nuestra mano.


Xesús M. Vilas Brandón

Monolitos

Una familia de monos duerme plácidamente cuando uno de ellos se despierta y  descubre asombrado que, en medio de su zona de descanso, ha aparecido un alto  monolito negro. Sus gritos despiertan al resto del grupo. Poco a poco los alborotados  simios se van acercando y tocan el monolito. El sol brilla sobre la escena en aquel  mundo primigenio. 

Stanley Kubrick, basándose en el relato «El centinela» de Arthur C. Clarke,  impresionó la retina de todos los que, en aquel ya lejano 1968, entraron a los cines a ver  una película titulada «2001, una odisea en el espacio». Desde entonces ha corrido litros  de tinta sobre diferentes interpretaciones acerca lo que Kubrick quiso expresar a través  de ese monolito, y que el propio autor nunca se dignó a revelar. Aún recuerdo, en  aquellas lejanas noches de «Polvo de estrellas», a Carlos Pumares gritando, en pleno  paroxismo: «¡¡¡Dios, el monolito es Dios!!!. A pesar de las muchas teorías diferentes,  muchas coinciden en que el director quiso expresar la intervención externa, alienígena,  en la aparición del ser humano. 

La polémica se ha reavivado desde la aparición, hace ya unas semanas  en medio del desierto de Utah,  EEUU, de un monolito metálico y brillante, de unos tres metros y medio de altura, y del  que se desconoce intención y autor. Tan misteriosamente como apareció, el monolito  hizo «mutis por el foro» diez días después de su descubrimiento, dejando tras de si mas  preguntas que respuestas. Desde entonces han aparecido monolitos similares por todo el  mundo, incluso uno en Segovia, aunque este, de construcción muy burda e inestable,  semeja ser una mala imitación. 

No ha faltado en toda esta «monolítica» historia, quien ha afirmado que se trata de  una manifestación de los extraterrestres, anunciando que pronto se presentarán ante  nosotros; quieren ver en los monolitos un aviso del advenimiento de una nueva era para  la humanidad, de un nuevo amanecer, en el que los seres humanos daremos un salto  hacia delante, quizás hacia las estrellas de donde, según ellos, provenimos. 

Hace 2000 años se levantó un verdadero «monolito», una genuina muestra de la  intervención divina en el destino de la humanidad; se irguió el símbolo de un nuevo  amanecer para la raza humana; la posibilidad real de un nuevo comienzo que nos  convierte en nuevas criaturas. Hace 2000 años se alzó la cruz de Cristo; el «monolito  divino» en el que el hombre encuentra la posibilidad de un salto real hacia delante,  escapando de la barbarie del pecado, hacia una vida real y abundante. 

Cuando muchos siguen mirando monolitos metálicos, señalando a las estrellas, se  hace más necesario que nunca el descubrimiento de la cruz, en la que esta sociedad  pueda ser de verdad renovada, cambiada, rescatada, proyectada más allá de las  estrellas. 

Desgraciadamente parece confirmarse Lucas 17:8, «…los hijos de este siglo son  más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz»; y una vez más son  aquellos que no tienen nada bueno que dar, los que son capaces de ganarse la atención  del mundo entero. ¿Aprenderemos algún día,los creyentes, a ser lo suficientemente  sagaces para llamar la atención de este mundo, y que descubran el «monolito» de  Cristo?.  

Oremos que entre nosotros, los hijos de luz, se levante gente que sepa asombrar,  desconcertar, mostrar la Cruz de Cristo, con la misma eficacia e imaginación que otros  levantan monolitos a la nada.


Xesús M. Vilas Brandón

La cucharilla que estremeció al mundo

Que el coronavirus es un «bicho» extremadamente pequeño es algo que todos hemos asumido hace tiempo, pero ahora nos es posible adquirir una conciencia más clara de lo pequeño que es; Matt Parker, un matemático, ha realizado un estudio, publicado en el Daily Mail, en el que ha calculado que hay, en el planeta, 3,3 millones de billones de células de este coronavirus; una inmensa cantidad que, sin embargo, reunida en un solo lugar, apenas si ocuparía el equivalente a 8 ml, ¡una cucharilla y media de café!

Casi 55 millones de contagiados, mas de 1,3 millones de muertos en el mundo; en nuestro país cerca de 1,5 millones de contagiados y más de 40.000 fallecidos; la economía mundial al borde de la ruina, de la española mejor ni hablemos; hemos tenido que renunciar a movernos libremente, incluso al café con amigos; los sistemas sanitarios están sobrecargados y al borde del colapso. Todo por algo que solo abulta ¡¡una cucharilla y media de café!!

Resulta paradójico que para eliminar ese volumen de virus, será necesario movilizar a miles de personas, producir toneladas de una vacuna que ayudará a protegernos de tan minúsculo agresor.

Realmente somos muy frágiles, cuando algo tan pequeño ha logrado ponernos de rodillas.

El caso es que creo que nosotros, los cristianos, ya deberíamos ser conscientes de ello, a fin de cuentas el pecado es muy similar al COVID-19. No hace falta una gran cantidad para echar a perder nuestras vidas.

Pablo nos advierte en Gálatas 5:9 «un poco de levadura leuda toda la masa». El pecado no es un coronavirus, pero la Palabra nos deja claro que su tasa letal es inmensamente mayor, termina con la muerte del 100% de los «infectados»; y desgraciadamente, el indice de infección es del 100% de los seres humanos.

En volumen físico, el pecado no ocupa espacio, pero sus efectos sobre la humanidad no han cesado ni un momento desde el Edén. Resulta imposible calcular la cantidad de víctimas que ha dejado hasta ahora, y estremece pensar en las que aún puede causar entre los casi 8.000 millones de seres humanos sobre el planeta.

La vacuna está ya disponible para aquellos que la necesitan, se trata de un remedio mono dosis que elimina la infección y salva al enfermo: creer en Jesús.

Nos preocupa mucho que llegue cuanto antes la vacuna contra el COVID, entonces todos los sistemas de salud del mundo se aplicarán a la vacunación.

Entretanto, millones seguirán muriendo sin usar la única vacuna que les garantiza una vida que de verdad no termina nunca.

Debemos recordar que nosotros, la iglesia, somos el sistema de salud que Dios dispuso para vacunar a este mundo contra la peor pandemia que ha sufrido y sufrirá jamás.

¿Comprendemos de verdad la urgencia de nuestra misión?

Quizás toda esta situación debamos considerarla también una llamada de atención a ocupar el lugar que nos corresponde como medio de sanidad para este mundo.


Xesús M. Vilas Brandón

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