Ellas

En nuestros años jóvenes aprendimos que el pronombre era aquella parte de la oración –unidad básica de expresión lingüística– que sustituía al nombre, y que éste, designaba cosas, personas, entidades, etc. En consecuencia, ELLAS, pronombre (femenino y plural), en este caso, para quien escribe, designa a personas, un determinado grupo de personas: ELLAS EXISTEN, son, están ahí.

Ahora bien: ¿quiénes son ELLAS?

Desharé el acertijo: ELLAS son las esposas de nuestros pastores; la mía, por ejemplo, entre otras. Afortunadamente, ya podemos llamarlas pastoras también, juntamente con sus maridos o por sí solas, superada aquella etapa –eso espero–cuando tenían vetado el acceso a credenciales ministeriales, y si alguna de ellas osaba tomar la palabra en la plataforma de algún encuentro alguien daba la espantada y abandonaba notoria y ostentosamente la sala (en mi tierra a este tipo de reacción espontanea se la llama “espantá”, del espanto producido en la persona que la padece ante una situación para él o ella insoportable como la mencionada aquí). Digo esto “sin acritud”, como decía mi paisano Felipe.

ELLAS forman parte, por maravilloso designio divino, de media humanidad, declarada enfáticamente junto a la otra mitad, la de los varones, imagen de Dios, quien no es ni varón ni hembra ni ambas cosas a la vez, como bien sabemos, porque es Espíritu, aunque tenga atributos asignables a alguno de ellos o de ambos. Eso de que cada uno/a escoja por decisión unipersonal queda bonito para muchos, pero nada cambia, las cosas son las que son, aunque uno pueda decidir ser Napoleón, que todo el mundo es libre y tiene sus derechos, no cabe duda.

Pero he decidido hablar de ELLAS porque por mucho tiempo, aun estando siempre ahí, muchas han estado un poco a la sombra; no ocultas, pero sí en cierta manera obviadas. Por años, como es natural, en nuestra familia denominacional, las Asambleas de Dios de España, se nos han estado yendo algunas, como se van ellos y nos iremos todos; el relevo generacional es imparable para todos, e implacable. Este año, según mis conocimientos y hasta este momento, ya se nos han ido por lo menos dos: Kati y Amelia. Sentimos su partida, así se lo hemos hecho llegar a sus maridos. ELLAS ya no están; pero han estado. Durante años han formado parte del ministerio pastoral en sus iglesias, al lado de sus maridos, discretas pero activas y, sin duda, enriquecedoras; no se podrá entender el ministerio de ellos sin la parte que les ha correspondido a ELLAS. Han hecho historia; son parte de nuestra historia. Creo que es de justicia que lo reconozcamos entre nosotros, que resaltemos el papel que juegan en nuestras congregaciones, y sin esperar a que se nos vayan para hacerlo.

Es cierto que en todo el espectro pastoral y ministerial de nuestra gran familia las hay de todos los tipos: predicadoras y no predicadoras, notorias y discretas, más involucradas y menos involucradas, pero todas ELLAS han sido, son y serán piezas clave en la marcha de nuestras iglesias. ¡Gracias, Señor por nuestras esposas! Cada una con su personalidad y ministerio particular, con su labor eficiente, unas veces notoria y reconocida; otras, discreta y quizás, poco reconocida, pero siempre ahí, sin la cual la labor de sus maridos no habría sido la misma. No se trata de recurrir a la muy desgastada frase de la “gran mujer” detrás del “gran hombre”, porque ella misma –la frase– denota estar viciada de origen desde el momento que la sitúa “detrás”. ¿Y por qué no al lado, en igualdad de condiciones, o incluso delante? Esa frase aparentemente halagadora solo perpetúa una posición subordinada de las “grandes mujeres”, aunque ha servido para aplacar en cierta medida la frustración de muchas de ELLAS, y hacerles creer a ellos, que ya habían hecho su parte.

No pretendo, en ninguna manera, convertirme en adalid de la defensa del ministerio de la mujer, solo animar a cambiar o seguir cambiando nuestra manera de ver las cosas, en las iglesias y en nuestra propia institución que goza ya de más de medio siglo de recorrido, para lo que habrá que empezar por cambiar en nuestro propio interior, cambiar nuestras rutinas y protocolos. Ciertamente, mucho hemos avanzado en este campo, nuestras iglesias se ven enriquecidas con ministerios femeninos muy productivos y enriquecedores incluyendo el pastorado, nuestros departamentos participados e incluso dirigidos por hermanas bendecidas por el Señor con ministerios exitosos, etc. pero aun podemos avanzar en muchos otros aspectos sensibles que muchas veces pasamos fácilmente por alto. Gracias a Dios, ya no hay trabas; solo nos quedan inercias.

Reconozcamos a las que se nos han ido, a las que se nos van, como lo hacemos con nuestros varones. Reafirmemos su papel en general en los avances de la obra de Dios. Lo que escribo no es un reproche a nadie ni a nada, solo una voz que suena. Todos conocemos casos de esposas de pastores nuestros que sufren la enfermedad en silencio, situaciones duras difíciles de llevar, pero ahí están, como se suele decir, “al pie del cañón”, en la dura batalla de la fe, mayormente al lado de sus maridos, y algunas veces detrás, aunque espero que este estar detrás no sea por imposición de nadie sino por libre elección y convicción, una manera de estar al lado. Pero no las obviemos, prestémosles la atención debida y reconozcamos su valor e importancia mientras se cuentan entre nosotros.

Gracias te damos, Señor, por ELLAS. Ayúdanos a ser justos con ELLAS


Jose Mª Baena

Requiem por nuestros hijos

El Requiem es una oración fúnebre que sirvió de inspiración a muchos de los grandes músicos barrocos y clásicos. Uno de los más conocidos es el de Wolfgang Amadeus Mozart, escrito en re menor y que no pudo concluir por sobrevenirle la muerte. Requiem, en latín, significa descanso. El texto de Mozart comienza así: “Requiem aeternam dona eis, Domine et lux perpetua luceat eis” (Dales descanso eterno, Señor, y que luz perpetua les resplandezca).

¿A qué me refiero cuando planteo la pregunta enunciada en el título?

Muy sencillo: si no cambiamos de rumbo, estamos a punto de perder a muchos de nuestros hijos como cristianos y tendremos que asistir a su funeral como tales.

¿Te suena fuerte, extremista, fatalista, derrotista? Lo comprendo.

Los niños, los adolescentes y los jóvenes siempre han estado expuestos a las tentaciones, como lo estamos los mayores. El problema es que ellos están en formación, son materia moldeable, y quien sepa trabajar en ellos les dará la forma que tendrán más adelante.

Nuestra responsabilidad como padres, madres, y como iglesias es muy grande, y de ella tendremos que dar cuentas un día, porque ellos no nos pertenecen, sino que son del Señor. Los tenemos prestados por un tiempo.

Conozco casos reales: chicos y chicas criados en la iglesia y que de pronto no saben cuál es su “género” (ese constructo filosófico-político nuevo, tan de moda hoy, porque el sexo es inequívoco), y se declaran directamente homosexuales, lesbianas, bisexuales, o “líquidos” (¡qué palabra!); o que teniendo cuerpo de hombre se sienten mujer, o a la inversa; o simplemente, que son promiscuos, como sus compañeros de clase, y en caso de necesidad incluso son partidarios del aborto como solución a sus deslices. Todo eso constituye hoy la verdad única y absoluta, indiscutible, válida para todos, con exclusión social de quienes pensamos de otra manera (la libertad de conciencia ya no está en vigor). En muchos casos, no es más que una demostración de rebeldía, de vindicar su personalidad, recurriendo a algo que saben nos conmoverá en nuestros fundamentos. Podemos escandalizarnos, culpar a la sociedad, a los colegios, a sus profesores y maestros, a los partidos políticos y a sus leyes. Son dramas que vivimos los cristianos, porque sabemos de qué va la cosa y nuestros hijos sí nos importan, y sabemos que todo eso que les ofrece el mundo no les acarreará felicidad, sino todo lo contrario. Pero escandalizarnos e indignarnos no nos servirá de nada.

Debo recordar que la sociedad en los tiempos cuando el evangelio empezaba a extenderse por Asia y Europa no era mejor que la actual, solo que entonces, como lo define el Nuevo Testamento, eran tiempos de ignorancia, y hoy la sociedad se cree y se proclama sapiente.

A nosotros, seguidores de Jesús, lo que nos importa es que nuestros hijos también lo sigan a él. ¿Dejaremos que todo siga igual para que dentro de poco tengamos que entonar el réquiem por alguno de ellos? ¿Organizaremos un movimiento de oposición para derrotar a los malvados? La respuesta no está fuera, sino que la tenemos dentro.

¿Qué tal si nos miramos al espejo? Quizás descubramos que la clave del problema está en nosotros mismos. No quiero con esto decir que cada vez que uno de nuestros hijos nos plantee una situación así sea nuestra culpa, pero revisar nuestra manera de vivir nuestra fe, puede ayudarnos a comprender la situación y buscar soluciones más espirituales. No olvidemos que, como escribe el apóstol Pablo, las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Diospara la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Co 10:4-5).

Aunque alguien me pueda objetar a esto que escribo, el objetivo de la Gran Comisión no era ni es cambiar las sociedades humanas, sino cambiar los corazones de los hombres y mujeres que las componen: hacer “discípulos”, que crean al mensaje de Jesús y se dejen transformar en sus pensamientos y manera de vivir, gente nacida de nuevo.

¿Y eso no cambia las sociedades humanas? Me temo que no; ejemplo Roma. En los libros de historia se estudia la cristianización del Imperio Romano. Muchos súbditos del Imperio se convirtieron a Cristo, es cierto. En Roma se constituyó una potente e influyente iglesia que dio grandes mártires y hombres y mujeres de Dios, pero lo que sucedió en realidad es que el cristianismo se romanizó. La sociedad romana cambió el cristianismo, no al revés. A las pruebas me remito: una buena parte del cristianismo mundial se autodenomina sin pudor, “romano”. Desde entonces, dos grandes rupturas han delineado el cristianismo actual: el llamado Cisma de Oriente y la Reforma protestante. La romanización del cristianismo lo fraccionó y lo debilitó.

¿Cuál es nuestra responsabilidad, entonces? ¿Cómo responder a la situación que vivimos?

No tengo y, por tanto, no propondré soluciones mágicas, solo mi reflexión personal como pastor:

La batalla tenemos que ganarla en casa y en la iglesia.

¿Qué ofrecemos en la iglesia para nuestros niños, adolescentes y jóvenes? Ciertamente tenemos programas exclusivos para ellos: escuela dominical, grupos de jóvenes, etc. Pero, ¿qué les damos? Si la escuela dominical es simplemente un cuentacuentos de historias bíblicas (importantes, por cierto), y nuestros grupos de jóvenes un lugar de meras relaciones sociales (necesarias, sin duda), pero no les llevamos a la conversión, a un encuentro personal con Dios que transforme sus vidas, ambos recursos de nuestras iglesias habrán fracasado. Nuestros niños y adolescentes no estarán preparados para sobrevivir ahí afuera. Si, además, son solo elementos molestos, gente pequeña que no merece nuestra atención, se sentirán marginados, como que no forman parte de aquello que se llama iglesia.

Por otro lado, ¿qué parte tomamos los padres en la conversión de nuestros hijos? Cuando no vemos la importancia de que lean por sí mismo las Escrituras, que oren, que participen de la vida de iglesia, y los abandonamos a los videojuegos, las redes sociales, y a lo que les enseñen otros “por ahí”, estaremos fallando como padres y madres. Si además, ellos mismos ven nuestro cristianismo sin compromiso, que no valoramos las cosas de Dios, la oración y el estudio bíblico brillan por su ausencia en nuestras vidas, y que el acudir a adorar a Dios con la familia cristiana no es importante, si lo que escuchan de nuestros labios son críticas a los hermanos, nuestro mensaje que les estaremos transmitiendo será que, bueno, está bien ser cristiano, pero que no es tan importante como las otras cosas en las que nos ocupamos y que quizás la iglesia no sea un buen sitio a donde ir. Nuestras preferencias determinarán las suyas.

¿Queremos preservar a nuestros hijos de esas influencias externas tan negativas? La solución pasa por un compromiso de fe firme por nuestra parte, los mayores. Jesús es el ancla de nuestra fe, para nosotros y nuestros hijos, pero ha de ser una realidad vivida en nuestra propia vida y en el hogar, no algo meramente teórico.

Nuestra debilidad espiritual indefectiblemente nos llevará a entonar un réquiem por nuestros hijos, aunque puede que igualmente haya que entonarlo por nosotros mismos. ¡Que nunca esto suceda!

En Cristo hay victoria. Amén.


Jose Mª Baena

El debate tecnológico

No es un debate nuevo, ni mucho menos, pero la abrupta irrupción en 2020 (año mágico) de un virus invisible en la vida cotidiana, tranquila para muchos y ya imposible para otros, nos ha planteado de pronto unos desafíos extraordinarios que nos han obligado, prácticamente sin alternativa, a recurrir a las tecnologías disponibles en la actualidad para poder cubrir las áreas de ministerio que las iglesias habíamos desarrollado y hemos de seguir desarrollando en el medio en el que vivimos.

La situación, por lo dramática y general que ha sido y aún es, ha levantado el viejo debate de si el uso de determinadas tecnologías es bueno o malo y si además debemos rendirnos a ellas y alterar la estructura y el funcionamiento de nuestras iglesias, etc. No se trata, pues, de “tecnología, SÍ” o “tecnología, NO”, sino de cómo nos adaptamos y nos servimos de ellas de la manera más provechosa posible.

Surge la pregunta fácil que tantas veces nos hacemos los muy “bíblicos”: ¿dicen algo las Escrituras sobre las tecnologías? ¿nos ayudará la Biblia a resolver la cuestión? Todavía me acuerdo del debate sobre si “tele, SÍ” o “tele, NO”, y cuando la norma para muchos —no estoy exagerando ni inventando nada— era romper las teles con un martillo, acción, por cierto, peligrosa para la integridad física de quienes optaran por llevarla a efecto. Ahora, los “teleclastas” (gr. klestos—el que rompe), o están ya con el Señor, o tienen todos pantalla plana mega-pulgadas en casa.

Siguiendo con las preguntas, si echamos manos de la regla hermenéutica de la primera mención, la primera referencia que se hace en las Escrituras a la tecnología es la siguiente:

“Jabal, el cual fue padre de los que habitan en tiendas y crían ganados… Jubal, el cual fue padre de todos los que tocan arpa y flauta… Tubal-caín, artífice de toda obra de bronce y de hierro” (Gé. 4:20-22). Como en tantos otros asuntos el texto bíblico es solo descriptivo, sin connotación moral alguna.

El diccionario de la Real Academia de la lengua española define la palabra tecnología como “conjunto de los instrumentos y procedimientos industriales de un determinado sector o producto”. Las tiendas de campaña, los instrumentos musicales y “toda obra de bronce y hierro” constituían la tecnología artesanal básica propia de aquellos tiempos. Se trata del producto del desarrollo de la inteligencia humana para mejorar las condiciones de vida de los habitantes del planeta, y partiendo de allí ha llegado a hasta nuestros días.

Siguiendo en las Escrituras, en el Nuevo Testamento, vemos que Jesús utilizó los medios tecnológicos a su disposición, por muy básicos que podamos considerarlos. Él mismo era un profesional de las tecnologías de la construcción, porque su oficio, traducido como carpintero (gr. tekton), era el del constructor que hace estructuras de madera para las casas. Usaba sandalias, vasijas de barro o cerámica y las herramientas propias del carpintero—constructor: sierras, escoplos, gubias y formones, plomada, etc.; incluso se servía de la barca de sus discípulos para, desde ella, hacerse oír. Seguramente, si su ministerio hubiera ocurrido en nuestros tiempos habría utilizado la megafonía, la radio, la televisión y cualquier medio a su alcance para proclamar su mensaje. Seguramente, para que se cumpla la profecía de que “todo ojo le verá” en su segunda venida hará uso de la televisión y las redes sociales o de cualquier otro medio que lo permita cuando llegue el caso.

El pasado siglo XX ha sido testigo del pleno desarrollo de la industria automovilística, de la aeronáutica, la radio, la televisión, la telefonía y las comunicaciones, de las energías y sus diversas fuentes, de la medicina y de los transportes, incluida la llegada del hombre a la luna—regresando después a la tierra, que no es poco. Ya se está proyectando su llegada a Marte. Dicen que muchos de los avances tecnológicos de los que disfrutamos hoy tienen su origen en la industria militar que, en su búsqueda acelerada por encontrar medios de destrucción más potentes y eficaces, ha ido descubriendo efectos “colaterales” más beneficiosos que se han trasladado a la sociedad civil para su aprovechamiento pacífico y constructivo —a la vez que remunerativo— de modo que compense los gastos. También la carrera espacial ha contribuido a ello. Si dispones de unos cuantos milloncitos puedes incluso hacer turismo estratosférico.

Dicho todo esto, no cabe duda de que muchos de los logros tecnológicos acumulados, y sobre todo tras su desarrollo exponencial desde principios de este siglo XXI en el que estamos, suscitan y plantean problemas de índole ética y moral, quizá no tanto por el propio producto o logro tecnológico en sí, sino por su utilización tanto individualizada como masiva, y por las repercusiones que su uso pueda tener en la vida de las personas. No se nos escapa a nadie que, cuanto más tecnificados estamos, más dependientes somos, más inútiles y más manipulables, a la vez que nuestra alienación (idiotización) también crece.

El problema, por tanto, no está en la tecnología misma, sino en cómo la usamos y el lugar que ocupa en nuestra cosmovisión, porque el peligro está en que nuestra confianza y seguridad, nuestra fe, dependa de los medios tecnológicos de los que disponemos —o carecemos— y no del Espíritu Santo. Esto, aunque suene imposible a oídos cristianos, no es tan difícil que suceda. La gente no se va a convertir por la potencia y calidad de nuestro sistema de megafonía, o la versatilidad de nuestra iluminación efectista, o porque estemos a la última en todo nuestro instrumental. Todo eso está muy bien, pero nada puede sustituir al Espíritu Santo que es quien da testimonio de la verdad, de Cristo, y el que convierte y transforma los corazones y las vidas. ¿Es esa nuestra fe real, aplicada?

Como pastor veo la frustración que a veces muestran algunos colaboradores porque no tenemos “lo mejor de lo mejor” ni “la última G” en muchas de estas áreas. Los medios tecnológicos dependen de cada época y lugar, y son valiosos, pero nunca han sido determinantes para la conversión de las personas. Evidentemente, desde la invención de la imprenta, avance de valor incalculable para la humanidad y cuyo papel fue importantísimo para la difusión de las ideas reformadas y de las propias Escrituras, mucho han contribuido todos estos avances a la difusión del evangelio. Pero Jesús y los apóstoles carecieron de todos ellos y su labor y servicio fueron eficaces. No estoy propiciando el regreso a aquellos tiempos, desde el punto de vista tecnológico, cuidado; hemos de ser gente de nuestro tiempo.

Las redes sociales, por ejemplo, son hoy un medio valiosísimo para este fin. Gracias a las tecnologías, el cierre de nuestras iglesias durante la pandemia y sus efectos que todavía duran, no han sido fatales y nos han permitido y siguen permitiendo mantener a nuestras iglesias unidas, aunque no sin ciertos ajustes, claro. Pero no podemos dejar de considerar también los peligros que ello comporta, pues algunos se acomodarán a un modelo menos comprometido, más impersonal, más abstracto, y ciertamente muy cómodo, escondido y resguardado en la privacidad del propio hogar. Otros, como he sugerido antes, creerán que todo depende de las tecnologías y no tanto de Dios, con el consiguiente debilitamiento de su fe; y otros, por desgracia, se servirán inadecuadamente de esos medios que ofrece la tecnología para sus fines equivocados.

Nuestro papel es el de equilibrar las cosas, de modo que, haciendo una utilización racional, equilibrada y espiritual de la tecnología y sus logros, seamos capaces de ponerla al servicio de la obra que el Señor nos ha encomendado, del ministerio en su más amplia manifestación, es decir, la evangelización, la pastoral, la adoración —el culto—, la enseñanza, la acción social, etc. y nunca al revés. En otras palabras, sometiendo toda esa actividad propia de la iglesia al servicio de las tecnologías; no debe de haber servidumbre en ese sentido.

Seamos además conscientes de que mucha de esa tecnología será utilizada por el maligno para el control de las conciencias y las vidas de las personas. No caigamos en sus trampas, seamos precavidos con nuestra intimidad y nuestra libertad personal, no nos creamos todo lo que circula por ahí, ni contribuyamos a difundir sus mentiras. El sistema del anticristo se fundamentará en el control absoluto de las personas por medios tecnológicos ya disponibles al día de hoy y que se irán perfeccionando, generalizando e implantando a medida que el tiempo avance.

Que el Señor nos dé sabiduría para ser hombres, mujeres e iglesias de nuestro tiempo, pero prudentes y entendidos precisamente de cuáles son estos tiempos. Usemos las tecnologías, pero no olvidemos que nuestra guía es el Espíritu Santo y no un GPS cualquiera que nos indique lo que debemos o no debemos hacer. Más de una vez me he visto perdido y atascado en algún lugar inhóspito por dejarme llevar por la guía por satélite de mi automóvil, sistema que uso habitualmente para no despistarme, pero al que no concedo la virtud de la infalibilidad. Sólo la palabra de Dios es infalible.

Amén.


Jose Mª Baena

Moscas, zorras, asnos y demás fauna

Puede, estimado lector o lectora, que el título de este artículo te suscite extrañeza o perplejidad, pero no es mi intención disertar sobre zoología.

Siendo que me dedico a la utilización del lenguaje como medio de comunicación, pues soy predicador, enseñante, y además me permito la licencia y el atrevimiento de escribir alguna cosilla, me sirvo del derecho a utilizar sus recursos –del lenguaje, se entiende– para lograr un efecto en la mente y el corazón de quien me lee. No hago sino utilizar los que ya utilizaron con singular maestría los escritores bíblicos, a quienes inspiró, como creemos, el Espíritu Santo. Algunos de ellos hablaron de “moscas, zorras, asnos y demás fauna”, y por eso lo hago yo. Como dice Isaías, si sabemos entenderla, la Naturaleza nos enseña muchas cosas.

El escritor bíblico conocido como “el predicador” (eclesiastés, es decir, la persona que dirige su discurso a una asamblea, en este caso muy probablemente, Salomón), escribe algo que desde que lo leí quedó grabado en mi corazón y que me ha sido útil a lo largo de toda mi vida:

Las moscas muertas hacen heder y echan a perder el mejor perfume; así es una pequeña locura al que es estimado como sabio y honorable

Eclesiastés 10:1, RVR2020

Es evidente que las moscas muertas son una metáfora que ilustra con una imagen de gran plasticidad los pequeños fallos que creemos que podemos permitirnos porque pensamos que son pequeños y que no se notan. Son pequeñas, las moscas, pero putrefactas, ya sabe el lector o lectora dónde se posan y de qué se alimentan, y encima, muertas. Pensamos que son simples pecadillos que Dios perdona sin problemas y que no tienen trascendencia en nuestra vida, al fin y al cabo, Dios sabe que somos humanos. David hizo cosas peores y mira…

El fondo del texto no es el perdón, sino sus efectos, sus indeseables consecuencias. Si nuestra vida ha de ser “como un perfume para Dios” –eso cantamos– estos “pecadillos sin importancia” que nos permitimos, no solo anulan el perfume que nuestra vida ha de producir, sino que lo vuelven hediondo, apestoso, metáfora del mal testimonio, de la pérdida de credibilidad y de la buena conciencia, lo cual lleva, según dice el apóstol Pablo, a la mera palabrería, es decir, a una vida espiritual vacía y aparente, es decir, puede que muy religiosa pero no espiritual.

El mismo autor bíblico, escribiendo el hermoso canto al amor del Cantar de Cantares, típica expresión hebraica para designar el más sublime de todos los cantos, el shir hashirim, dice:

“¡Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas que arruinan las viñas, pues nuestras viñas están en flor! Cantares 2:15, LBLA

La estrofa está situada en un diálogo entre el esposo y su amada y expresa un clamor que ambos entonan, que parece un tanto extemporáneo en su contexto, pero que sin duda tiene su porqué. En su conversación todo es bello y hermoso, sublime, cargado de bucólico erotismo, propio de una pareja que se ama intensamente. Diría que se trata de una firme solicitud: ¡Por favor, ayudadnos, que no haya nada que vaya a echar a perder esta felicidad nuestra!

Las zorras o raposas –y se hace hincapié en su tamaño, “pequeñas”– son otra metáfora para esos agentes dañinos que pueden echar a perder el fruto de nuestra vida y nuestra relación con el Señor. La mayoría de las versiones en español traducen “arruinan”, aunque las varias Reina-Valera dicen, “destruyen” o “echan a perder” las viñas, porque están en flor, y si el trastear de esos animalillos entre ellas hace que se pierda la flor, no habrá uva y, por tanto, tampoco cosecha.

¿Qué agentes destructivos rondan nuestra vida y la hacen estéril? Es curioso, el esposo y su amada están pidiendo ayuda. “¡Ayúdennos a atraparlas!”, dice la Traducción en Lenguaje Actual (LTA), y es que varios pares de ojos ven más que solo dos o cuatro. ¿Hemos descubierto ya esas zorrillas destructivas en nuestra propia vida? Son algo más que pecadillos; las moscas son moscas y las zorras, aunque sean pequeñas, son zorras, de bastante más calibre y potencial destructivo. Además, son agentes activos, no meramente pasivos como las moscas muertas. Se mueven al acecho, se esconden, son astutas, tortuosas y taimadas, y difíciles de cazar. ¿Has pensado en pedir ayuda? ¡Qué bueno es tener a quien recurrir, amigos de verdad, mentores, consejeros, capaces de entendernos sin juzgarnos ni condenarnos pero sí de ayudarnos a eliminar esas esquivas raposas destructivas!

Cualquiera que sea nuestra situación, ese tipo de agentes, si los dejamos actuar libremente, acabarán causando nuestra ruina espiritual. Hagamos caso al aviso que nos dedica el apóstol Pedro en su Primera Carta:

Sed sobrios y velad, porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar. Resistidlo firmes en la fe1 Pedro 5:8-9

¿Y qué dice la Biblia del asno? ¿de qué es representativo?

De todos es sabido que en la antigüedad era un animal común, muy útil y productivo. Pero el asno tiene un problema, es terco y cabezón, es burro. No todos los burros se llaman Platero ni son como un peluche, suaves al tacto y cariñosos. Eso sí, es un animal muy bíblico a quien le correspondió el honor de llevar en sus lomos a Jesús, cuando entró en Jerusalén camino de su destino, la cruz. Era un burrito joven y sin domar, lo que nuestras Biblias llaman un “pollino”. Nadie lo había montado antes, pero, en este caso, no cabe duda que supo reconocer al Señor del universo y prestarse sin reparo alguno para ser la típica cabalgadura del profeta, del que viene en nombre de Yahveh.

Pero la figura a la que me voy a referir aquí es otra, evidenciada por el texto de Isaías:

El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento Isaías 1:3

Se trata de un reproche en toda regla que Yahveh hace a su propio pueblo, Israel. Contrasta su comportamiento con el del asno y el buey, los animales típicos necesarios para cualquier actividad agrícola, básica como medio de vida de la comunidad hebrea coetánea del profeta. Aun siendo el asno un animal cerril, terco y difícil de gobernar, tenía el suficiente conocimiento como para saber dónde estaba su bien –su pesebre, el lugar donde saciaba su hambre y en el que se alimentaba. Pero no era así con Israel, como les echa en cara por boca de otro profeta, en este caso, Jeremías:

Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen el agua Jeremías 2:13.

Es algo estúpido, ¿no? En una tierra árida como era Israel, abandonar las fuentes inagotables de la bendición del Señor por aguas estancadas que perdían su contenido, era ridículo y absurdo. Pero era la realidad. Por eso dice Dios “Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento”.

Lo triste es que muchos cristianos hoy también contrastan con el asno o burro: carecen de entendimiento espiritual y por eso viven vidas espiritualmente pobres y, en algunos casos, hasta miserables. ¿Por qué no son capaces de reconocer dónde está su “pesebre”? ¿por qué abandonan la fuente de la vida, el Espíritu, y recurren yendo de acá para allá a aguas estancadas y corrompidas que jamás saciarán su sed?

En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: «Si alguien tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior brotarán ríos de agua viva». Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él Juan 7:37-39

Buen mensaje para quienes nos llamamos y nos tenemos por pentecostales. Si queremos, hasta de las moscas podemos aprender algo.

Amén.


Jose Mª Baena

Fake News vs Good News

Con el permiso de los lectores, siendo yo mismo un crítico del uso innecesario –abuso– de palabras de moda de origen extranjero que nos invaden, me atrevo a titular mi artículo –mi segundo en esta plataforma– con cuatro palabras inglesas y una que, aunque latina, abreviada, también nos es ajena. Lo hago deliberadamente –¿intencionalmente?– porque me interesa para mi artículo, porque transmiten doblemente un mensaje que deseo resaltar.

 

Las fake news han formado parte siempre de nuestro acerbo cultural, político y religioso, con la palabra más vulgar y menos prestigiosa de bulos o la más actual y popular de milongas –sabemos que en nuestra cultura actual todo lo anglosajón confiere un aura especial a cuanto afecta– o, simplemente, de mentiras, siempre respaldadas por algún interés particular, como aquel rumor en tiempos de los romanos –¡uf, cuánto tiempo hace de esto!– de que los cristianos sacrificaban un niño en sus cultos secretos y se lo comían (hoy entendemos perfectamente de dónde venía esta idea fantástica y, por supuesto, falsa); o la más cercana de que los protestantes no eran buenos españoles, porque eran masones o comunistas o estaban al servicio siempre de alguna potencia extranjera, etc. (hasta el día de hoy, que yo sepa, el Vaticano es una potencia extranjera, infiltrado en el mundo entero, no digamos aquí; aunque ahora menos).

Ahora, las fake news proliferan y se extienden de manera “viral”, es decir, como si fuera un virus incontrolado e incontrolable que lo infecta todo, algo de lo que hemos aprendido un montón sin pretenderlo en este fatídico aunque numérica y gráficamente atractivo 20-20. Antes se hablaba del “boca-a-boca” como medio de difusión eficaz, como si de una salvadora ayuda a la respiración interrumpida se tratara. Ahora las FN’s se sirven de las llamadas “redes sociales” que, como todas las redes, están hechas para enredar y atrapar incautos, “peces” que automáticamente, vía red, se convierten en “pescados”. Mi padre siempre me gastaba la broma de preguntarme “¿cuántos pescados hay en el mar?”. La primera vez, siendo niño, caí: “No sé, papá… ¿cómo voy a saberlo? No los puedo contar”. Y él me contestó solemne: “Hijo, ninguno. ¡Los “pescados” están fuera del mar!”. A mí, frustrado, me sonaba a trampa. Pero es una verdad de Perogrullo: en el mar, los peces son libres, no han caído en la red y, por tanto, no han sido pescados. ¿Dónde estamos nosotros? ¿atrapados en la red, o libres, como pez en el agua? Ojalá que, aun sirviéndonos de las redes en cuanto tienen de provechosas y útiles, no nos dejemos atrapar por ellas. Todas tienen el fin de “echarnos al plato” del voraz apetito de quien las tiende.

Lo dicho, hoy las redes sociales son el principal vehículo de difusión de las noticias falsas, bulos o milongas. Yo me pregunto: ¿Hemos perdido el entendimiento los cristianos? Me refiero a los cristianos evangélicos. Los otros, que cada palo aguante su vela, pero, ¿y nosotros?

Se ve que el confinamiento y la pandemia que lo ha originado han disparado también la “carga viral” de este tipo de “patógenos”, infectando nuestras “redes sociales evangélicas” a la vez que ha producido un estado “febril” en la mente de muchos nublándonos el entendimiento. Durante este tiempo, me he visto atacado por infinidad de estas bombas virales procedentes de todos los focos: hermanos, familiares y amigos, miembros de iglesia y ajenos a ella, de mi ciudad, de otras partes de España y hasta del extranjero. Mensajes apocalípticos, supuestos decretos divinos –como que Dios YA había decretado el cese de la pandemia (abril 2020, ha pasado tiempo y el virus no ha obedecido al decreto)–, ataques furibundos contra otros creyentes, juicios inmisericordes contra ellos, descalificaciones basadas en mentiras, remedios milagrosos casi como agua bendita para curar la enfermedad, etc. Verdaderas barbaridades –cosas de bárbaros, frente a las “romanadas” de los civilizados romanos, esos que Asterix llamaba “locos” («Fous ces romains»!). Y la confusión indescriptible e inexplicable de nuestros dirigentes políticos…

¿Qué podemos oponer los cristianos a todo esto? Muy sencillo: el VERSUS (Vs.)… las antiquísimas pero efectivas y maravillosas GOOD NEWS, que como todo el mundo sabe son las BUENAS NOTICIAS del evangelio de Jesucristo: “El que cree en mí tiene vida eterna”. Parece muy sencillo expresado así, pero esas y así son las Buenas Noticias, simples y claras, sin sofisticación ni truculencias. Es que el evangelio es sencillo. Dejemos de prestar atención a tanto bulo circulando por ahí; niégate a propagarlos. Si quieres averiguar, pregunta, pero no difundas más necedades, usando yo un calificativo bíblico. Celebro el comunicado de FEREDE en contra de tanto bulo y tanta mentira, a favor de dar credibilidad a lo que de verdad la tiene. Filtra la información que te llega y acógete a las promesas de la palabra de Dios. Los bulos traen zozobra y miedo, desconfianza en todo y en todos; su fin es crear un estado de ánimo en la gente para hacerlos manipulables con facilidad en cualquier sentido que convenga a sus promotores. Como dice el profeta: «¡A la Ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido» (Is 8:20). Es decir, carecen de luz, están en tinieblas, y en las tinieblas uno tropieza y cae –y se abre la cabeza.

Esto es como los chismes. La única manera de pararlos es no darles credibilidad ni difundirlos. Difundamos, mejor, la verdad, lo que edifica, da vida y libera, que es nuestra vocación y cometido. “¡Ay de mí, si no predico el evangelio!”, dice el apóstol Pablo. La verdad nos hace libres, los bulos, prisioneros.

¡Que el Señor nos ayude!


José Mª Baena

Pastorear tras un bombazo

No estamos en guerra, ¿o sí? Lo cierto es que lo de la pandemia nos ha caído encima como un verdadero bombazo.

Oímos el zumbido ya en el mes de enero procedente del Lejano Oriente y como bomba de fragmentación empezó dejando sus proyectiles encimita de Europa: Italia, Francia, España… Nuestras iglesias sufrieron el impacto de manera muy particular. De pronto, aunque no sin aviso, nos vimos con-finados, es decir prácticamente “muertos” en forma colectiva. Nuestras iglesias cerradas, mucha gente literalmente finada, es decir, en el cementerio –hoy son decenas de miles en nuestro propio país. Han caído creyentes, pastores, padres, madres, hijos, hermanos… Todo un bombazo inesperado.

¿Cómo nos ha afectado todo esto a los pastores? ¿Cómo hemos reaccionado? ¿Cómo nos va a seguir afectando? Porque los efectos del bombazo persisten, el cráter es ancho y profundo, los daños inmensos, en el mundo que nos rodea y en el seno de nuestras iglesias. Nada volverá a ser igual, nos dicen, y yo lo creo: ¡nada volverá a ser igual!

Pero los pastores no lo somos solo cuando las cosas van bien, en medio de la “normalidad”, a la que tantos se refieren con nostalgia infinita, incluso de la “nueva normalidad”, inaugurada apresuradamente antes de su puesta en marcha, a menos que esa nueva realidad sea la de convivir con la amenaza invisible constante, con el contagio silencioso y clandestino, con el “distanciamiento social”, la falta de libertad, el desconcierto gobernante y la zozobra permanente. Esto es lo normal a nuestro alrededor.

Los pastores estamos para pastorear nuestros rebaños y guiarlos en medio del “valle tenebroso y de muerte” por el que estamos pasando, dando seguridad y aliento a las ovejas que el Señor ha puesto a nuestro cuidado en su nombre. El bombazo nos ha sorprendido, cierto. Ha roto los tímpanos espirituales de muchos y también, desgraciadamente, ha acabado con la vida de muchos compañeros y personas que respetábamos y apreciábamos. Pero tenemos que seguir adelante con nuestra labor, aunque nuestro ministerio nos convierta en personal de riesgo –siempre lo hemos sido, no cambia nada.

Al principio, algunos, sorprendidos, han quedado algo así como aturdidos, pero una vez pasada la conmoción hemos reaccionado con la máxima rapidez posible. Lo primero, hemos echado a andar la máquina de pensar, algo oxidada a veces; después, hemos llamado aquí y allá a nuestros colegas con los que más confianza teníamos y hemos contrastado ideas, hemos pedido consejo, compartido estrategias, etc. La necesidad aguza el ingenio, dice la sabiduría popular, totalmente cierto. Y nos las hemos ingeniado. Creo que en esto, el Espíritu Santo también ha tenido su lugar.

Sé que la mayoría, sabiendo o sin saber, ha echado mano de los recursos disponibles, de la tecnología, de los diferentes medios que tenemos para intercomunicarnos, y ha salido un nuevo “modelo” –si podemos llamarlo así– de iglesia. Reuniones por Zoom, o Skype (las señales de humo quedan muy lejos), predicaciones videograbadas, o cultos transmitidos en streaming, el teléfono humeante… Elí caso es que la “autoridad espiritual de este mundo” no ha conseguido acabar con la vida de iglesia.

Vale. Esta faceta de nuestro ministerio ha superado de una manera u otra el desafío, unos más, otros menos, pero creo que aceptablemente. Pero ahora se nos presentan nuevos retos; son los efectos secundarios del bombazo. Aparte de la amenaza de un nuevo bombardeo, del que ya empiezan a sonar las alarmas invitándonos a acudir al refugio, los daños del primer embate todavía reclaman nuestra atención.

Nuestra vida congregacional no es la misma y puede que nunca más vuelva a ser igual. Aunque hayamos sido capaces de atender de forma inmediata la actividad principal que es el culto congregacional, muchos programas han quedado aparcados o marchan al ralentí. Las actividades extra-locales y multitudinarias han quedado bloqueadas sine die… vivimos en un compás de espera donde nada está claro para los próximos meses, y quizá hasta algún año más.

En cuanto a los miembros, los de alto riesgo no vienen (personas mayores, enfermos, etc.), en el caso que hayamos reanudado la celebración de cultos presenciales, que no todo el mundo ha podido hacerlo. Otros no vienen por miedo al contagio, y otros no volverán, como las golondrinas de Bécquer. El pastor y asesor de iglesias Tom Rainer, de los EE.UU., hace una apreciación en su blog que las iglesias perderán el 20% de su membresía (habla de su país). Las finanzas han sufrido una sacudida importante pues, si no hay cultos, las ofrendas y diezmos decaen, al no poder depositarlos directamente. La respuesta está en la fidelidad de los fieles –los miembros de verdad– que ingresan sus diezmos y ofrendas por transferencia bancaria. Según este asesor, para lograr la estabilidad financiera de supervivencia, una iglesia debería conseguir que el 60% de sus ingresos fueran por vía bancaria. Como dirigentes de nuestras iglesias, dar solución este tipo de problemas, más la atención personalizada por vía telefónica, se hace necesaria para hacerle frente a la situación originada y salir del cráter.

¿Hacia dónde vamos? Imagino que esa misma pregunta se hacían la iglesia primitiva frente a la persecución, o la iglesia medieval frente a la corrupción generalizada del clero y del común de los llamados cristianos, o las iglesias surgidas de la Reforma. ¿Qué nos deparará el porvenir? Como líderes cristianos no podemos perder la perspectiva histórica ni tampoco la escatológica. En cada crisis, y siempre ha habido crisis de todo tipo, sanitarias, políticas, eclesiásticas, espirituales, etc., la iglesia ha seguido adelante. La promesa de Jesús es veraz: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”, o “las puertas del infierno no prevalecerán contra la iglesia”. No nos desanimemos, pues, pero seamos prudentes. Busquemos del Señor para conocer los tiempos en que vivimos, y seamos siempre fieles a nuestro llamado y a su palabra, desarrollando en el amor de Dios nuestro ministerio hacia las almas que tanto lo necesitan.


José Mª Baena

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