Euros a cincuenta céntimos

Seguro que todos hemos visto algún anuncio en el que se oferta, a un increíble precio, un novedoso utensilio; habitualmente innecesario, regularmente inútil, y siempre prescindible. Suele suceder que además del increíble precio de oferta se añada, “solo” para los primeros compradores, un producto exactamente igual de regalo; y por si eso fuese poco, sin coste adicional, se incluirá un set de manicura, unos cuchillos que nunca perderán el filo, una cómoda bolsa de transporte, y el envío totalmente gratuito en apenas unos días, todo ello con un “valor de mercado” que incluso puede ser superior al producto que se estaría vendiendo.

Todos presumimos de ser demasiado inteligentes para caer en la evidente trampa, nadie puede vender Euros a 50 céntimos; pero la realidad es que todos esos negocios televisivos, no solo sobreviven, sino que ¡proliferan! Esto es así, posiblemente, por la necesidad de nuestra sociedad de convencerse de que es posible obtenerlo todo, sin que tenga un coste real adecuado al valor de lo adquirido. La realidad suele encargarse de desmontar esa idea a aquellos que pican en el anzuelo.

El problema realmente importante surge cuando esto sucede a nivel espiritual, con la “venta” de un evangelio de oferta, barato; un evangelio que no solo no exige un compromiso vital oneroso, sino que incluye todas las “bendiciones” posibles: prosperidad, sanidad, continua victoria, felicidad, éxito, el cielo y la gloria en la tierra.

El problema se acrecienta porque cada día son más los seducidos por esos “evangelios” que son, finalmente, totalmente opuesto al genuino evangelio de Gracia de Jesús. Cada día aparecen más gurús vendedores de “evangelios” adaptados a los deseos del consumidor. Son “evangelios” que desdibujan el pecado, el arrepentimiento, la conversión y la transformación del “comprador”. Grandes ofertas en salvación.

Resulta terrible porque, tarde o temprano, los ansiosos “clientes” descubrirán la calidad de lo adquirido, y esta no se corresponde con sus necesidades reales. Si el descubrimiento se retrasa, hasta el encuentro con el Juez Eterno, darse cuenta de que han caído en las redes del engañador ya no tendrá remedio.

Pero es también doloroso que algunos ministros sientan la tentación de sumarse a esa panoplia de vendedores de humo; seducidos, sin duda, por el éxito evidente de sus locales llenos y sus arcas bien nutridas; y terminen parte del ejército de vendedores del evangelio más barato.

Recordemos la advertencia del apóstol en 1ª Timoteo 4:1 “Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios”. Cuidémonos de ser seducidos por la oferta del euro a 50 céntimos; no rebajemos el evangelio que costó precio de sangre para convertirlo en una oferta inútil que, prometiéndolo todo, no da nada. No compremos, ni prediquemos barato humo, donde solo hubo una costosísima cruz.

Si no tuviéramos cuidado, el Señor lo demandará de nuestra mano.


Xesús M. Vilas Brandón

Sal, levadura y mostaza

“Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres” (Mateo 5:13).

“Y dijo: ¿A qué es semejante el reino de Dios, y con qué lo compararé? Es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su huerto; y creció, y se hizo árbol grande, y las aves del cielo anidaron en sus ramas. Y volvió a decir: ¿A qué compararé el reino de Dios? Es semejante a la levadura, que una mujer tomó y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo hubo fermentado” (Lucas 13:18-21)

El título pudiera parecer el encabezado de una receta de cocina, pero no pude encontrar una mejor manera de presentar lo que quiero decirles que usando las mismas palabras de Jesús. Cuando él se refirió al reino de Dios y a los participantes de este reino, no echó mano de metáforas grandilocuentes, ni usó pomposas palabras. El Maestro se refirió a su reino y a los suyos con un lenguaje tan sencillo que cualquiera podría entenderlo.

A la mayoría de nosotros nos resulta muy funcional utilizar en nuestra cotidianidad la asociación de ideas y los parecidos, es un recurso mental para guardar información de una manera más cómoda, con menos esfuerzos y más resultados. El Señor quería precisamente esto, que pudiéramos recordar fácilmente quiénes somos y nuestra capacidad de trascendencia como pueblo de Dios. El comunicador más grande de todos los tiempos sabe cómo dejar su didáctica enseñanza en el corazón de sus oyentes.

Las figuras que usó Jesús están vinculadas con la cotidianidad, lo que evidencia el valor y la importancia que estas revisten. Sal, mostaza y levadura, ingredientes encontrados en cualquier parte de aquel mundo lleno de tantas carencias y desigualdades nos recuerda que el reino de Dios está presente en cualquier época, en cualquier estrato social y en todas partes. Figuras que hablan de cuánto hacemos falta aquí y ahora. Como escribió Lutero: “Dios no necesita tus buenas obras, pero tu vecino sí”. Somos elementales para nuestra sociedad, aunque en ocasiones esta ha llegado a desear prescindir de nosotros, o nos ha considerado un incordio para sí misma. A pesar de todo ello, seguimos aquí y vamos adelante esparciendo bondad y todo aquello que de gracia hemos recibido.

La sal, así como la mostaza y la levadura, a la vista no resultan demasiado atractivas. En sí mismas no poseen una belleza deslumbrante, su valor reside no en algo superficial como la apariencia, sino en lo que es capaz de llegar a hacer. La sal, unos granitos blancos, pequeños y fáciles de almacenar en cualquier recipiente hogareño, es capaz de conservar cientos de tipos de alimentos y de dar sabor a la comida lo que estimula el apetito y la ingesta de los mismos. La sal es imprescindible en la mayoría de los hogares del mundo. La levadura, por su parte, es un hongo unicelular capaz de producir fermentación en bebidas y alimentos. Es tan falto de gracia que no creo que nos hiciéramos fotografías con él, pero su utilidad es de enorme valía para la creación de diferentes bebidas, alimentos y para la repostería en general. Finalmente, la mostaza, una semilla tan ordinaria y pequeña (tengo una, pegada a una cartulina en mi escritorio, regalo de un buen amigo), puede convertirse en una planta frondosa, capaz de alcanzar los dos metros y medio de altura y en cuyo follaje habita todo un pintoresco ecosistema. La vida encuentra refugio y abrigo en algo que fue antes apenas del tamaño de la cabeza de un alfiler.

Así es el reino de Dios, puede parecer inofensivo y ordinario, pero su potencial puede asombrar a naciones y a reyes. Lo sé muy bien porque nací y crecí en Cuba, un país en donde se intentó erradicar la fe desde sus raíces. Un sistema totalitario que odiaba a los cristianos encarceló en sus primeros años de apogeo a pastores, durante cinco décadas ha vejado a los cristianos, les ha privado de oportunidades y les ha falseado el derecho. La iglesia no parecía una amenaza, más bien un grupúsculo fácil de reducir. Hoy, después de miles de intento por hacer desaparecer a la iglesia, se levantan miles de congregaciones y en casi ningún templo hay sillas vacías, sino que hay personas de pie, en los pasillos y por las ventanas. Lo que no parecía, lo que resultaba ordinario y poco relevante permanece y se acrecienta, así funciona el reino de Dios, contradictoriamente, deslumbrando a escépticos y ateos.

Somos ese pueblo y pertenecemos a ese reino. No al reino de los palacios, el poder militar y las arcas llenas de dinero. Sino al reino donde la sal, la levadura y la mostaza son el patrimonio que Dios usa para dispensar su gracia a un mundo insípido, empequeñecido en sus pecados y falto de refugio y abrigo. Eso aportamos desde nuestra ordinaria sencillez. En nuestra pequeñez nos hacemos grandes para Dios, en nuestra simplicidad asombramos al mundo. Sal, levadura y mostaza, eso es lo que somos.

 


Osmany Cruz

Un Verano Caluroso

Al margen de los picos de temperatura que nos han asaltado en el inicio de este verano, atribuidos al calentamiento global de la atmósfera, estamos ante una época estival recalentada en lo que al clima social se refiere dentro y fuera de nuestro país. Lo cierto es que la causa principal del recalentón atmosférico y social es el comportamiento irresponsable de gente empeñada en seguir a la suya, incapaz de aprender de la crisis, cada día más descreída y soberbia.

Unas vacaciones bajo el intenso sol de la prueba que venimos atravesando acabará deshidratándonos espiritualmente y achicharrándonos la esperanza si no bebemos del arroyo espiritual en el tiempo a solas con Dios. Por eso, es importante encontrar el modo de refrescar el alma frente a estas altas temperaturas que nos invaden. Necesitamos ser intencionales en nuestra agenda estival buscando encontrarnos con el Buen Pastor para que nos guíe a esas aguas de reposo que nos aporte el verdadero descanso y revitalización del alma (Salmo 23:2).

Cada uno de nuestros ministros de las Asambleas de Dios y cualquier creyente de nuestras congregaciones, sea cual sea su edad o condición, debe considerar la imperante necesidad de no descuidar buscar la Presencia de Dios y no “vacacionar” de su tiempo en el altar personal. Sin duda, es perfectamente compatible pasar tiempo con la familia, disfrutar de las oportunidades de recreo y el poder dar descanso al cuerpo incorporando la rutina de buscar a Dios de manera sosegada y con una actitud dispuesta a oír su voz.

De todos modos, este tiempo, tradicionalmente vacacional, no va a cambiar el ritmo a una gran cantidad de gente que, por razones económicas, laborales o de salud deben quedarse abordando un día a día con altas temperaturas producida por la crisis que atraviesan. Incluso, otros tantos, a pesar de poder viajar por vacaciones, no pueden huir de la persecución de ciertas situaciones que les está generando preocupación y estrés. De cualquier modo, recuerda las palabras del rey David: “como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía” (Salmo 41:1)

Sin duda, estamos ante un clima global que anticipa tiempos incendiarios. Pero, también, estos son los tiempos propicios para el despertar de una Iglesia que debe convertirse en un manantial que sacie la sed de una humanidad orgullosa y caprichosa que deambula en su hábitat anti-Dios.

No hay duda de que se acercan tiempos de quebrantamiento. Pero si nos volvemos a Dios y nos humillamos ante Su Presencia invocando el Nombre de Jesús, Él manifestará su misericordia sobre multitudes. Vendrán tiempos de refrigerio y escucharemos una vez más su voz que nos invita ir a Él para que sus ríos de agua viva fluyan en cada uno de nosotros. (Juan 7:37-39).

Disfruta del verano, pero no cambies el Río de Dios por la piscina, la playa o la montaña. Es más, es compatible una cosa y la otra, tan solo debes ser determinado en agendar cada día tu tiempo en la Presencia de Dios.


Juan Carlos Escobar

El debate tecnológico

No es un debate nuevo, ni mucho menos, pero la abrupta irrupción en 2020 (año mágico) de un virus invisible en la vida cotidiana, tranquila para muchos y ya imposible para otros, nos ha planteado de pronto unos desafíos extraordinarios que nos han obligado, prácticamente sin alternativa, a recurrir a las tecnologías disponibles en la actualidad para poder cubrir las áreas de ministerio que las iglesias habíamos desarrollado y hemos de seguir desarrollando en el medio en el que vivimos.

La situación, por lo dramática y general que ha sido y aún es, ha levantado el viejo debate de si el uso de determinadas tecnologías es bueno o malo y si además debemos rendirnos a ellas y alterar la estructura y el funcionamiento de nuestras iglesias, etc. No se trata, pues, de “tecnología, SÍ” o “tecnología, NO”, sino de cómo nos adaptamos y nos servimos de ellas de la manera más provechosa posible.

Surge la pregunta fácil que tantas veces nos hacemos los muy “bíblicos”: ¿dicen algo las Escrituras sobre las tecnologías? ¿nos ayudará la Biblia a resolver la cuestión? Todavía me acuerdo del debate sobre si “tele, SÍ” o “tele, NO”, y cuando la norma para muchos —no estoy exagerando ni inventando nada— era romper las teles con un martillo, acción, por cierto, peligrosa para la integridad física de quienes optaran por llevarla a efecto. Ahora, los “teleclastas” (gr. klestos—el que rompe), o están ya con el Señor, o tienen todos pantalla plana mega-pulgadas en casa.

Siguiendo con las preguntas, si echamos manos de la regla hermenéutica de la primera mención, la primera referencia que se hace en las Escrituras a la tecnología es la siguiente:

“Jabal, el cual fue padre de los que habitan en tiendas y crían ganados… Jubal, el cual fue padre de todos los que tocan arpa y flauta… Tubal-caín, artífice de toda obra de bronce y de hierro” (Gé. 4:20-22). Como en tantos otros asuntos el texto bíblico es solo descriptivo, sin connotación moral alguna.

El diccionario de la Real Academia de la lengua española define la palabra tecnología como “conjunto de los instrumentos y procedimientos industriales de un determinado sector o producto”. Las tiendas de campaña, los instrumentos musicales y “toda obra de bronce y hierro” constituían la tecnología artesanal básica propia de aquellos tiempos. Se trata del producto del desarrollo de la inteligencia humana para mejorar las condiciones de vida de los habitantes del planeta, y partiendo de allí ha llegado a hasta nuestros días.

Siguiendo en las Escrituras, en el Nuevo Testamento, vemos que Jesús utilizó los medios tecnológicos a su disposición, por muy básicos que podamos considerarlos. Él mismo era un profesional de las tecnologías de la construcción, porque su oficio, traducido como carpintero (gr. tekton), era el del constructor que hace estructuras de madera para las casas. Usaba sandalias, vasijas de barro o cerámica y las herramientas propias del carpintero—constructor: sierras, escoplos, gubias y formones, plomada, etc.; incluso se servía de la barca de sus discípulos para, desde ella, hacerse oír. Seguramente, si su ministerio hubiera ocurrido en nuestros tiempos habría utilizado la megafonía, la radio, la televisión y cualquier medio a su alcance para proclamar su mensaje. Seguramente, para que se cumpla la profecía de que “todo ojo le verá” en su segunda venida hará uso de la televisión y las redes sociales o de cualquier otro medio que lo permita cuando llegue el caso.

El pasado siglo XX ha sido testigo del pleno desarrollo de la industria automovilística, de la aeronáutica, la radio, la televisión, la telefonía y las comunicaciones, de las energías y sus diversas fuentes, de la medicina y de los transportes, incluida la llegada del hombre a la luna—regresando después a la tierra, que no es poco. Ya se está proyectando su llegada a Marte. Dicen que muchos de los avances tecnológicos de los que disfrutamos hoy tienen su origen en la industria militar que, en su búsqueda acelerada por encontrar medios de destrucción más potentes y eficaces, ha ido descubriendo efectos “colaterales” más beneficiosos que se han trasladado a la sociedad civil para su aprovechamiento pacífico y constructivo —a la vez que remunerativo— de modo que compense los gastos. También la carrera espacial ha contribuido a ello. Si dispones de unos cuantos milloncitos puedes incluso hacer turismo estratosférico.

Dicho todo esto, no cabe duda de que muchos de los logros tecnológicos acumulados, y sobre todo tras su desarrollo exponencial desde principios de este siglo XXI en el que estamos, suscitan y plantean problemas de índole ética y moral, quizá no tanto por el propio producto o logro tecnológico en sí, sino por su utilización tanto individualizada como masiva, y por las repercusiones que su uso pueda tener en la vida de las personas. No se nos escapa a nadie que, cuanto más tecnificados estamos, más dependientes somos, más inútiles y más manipulables, a la vez que nuestra alienación (idiotización) también crece.

El problema, por tanto, no está en la tecnología misma, sino en cómo la usamos y el lugar que ocupa en nuestra cosmovisión, porque el peligro está en que nuestra confianza y seguridad, nuestra fe, dependa de los medios tecnológicos de los que disponemos —o carecemos— y no del Espíritu Santo. Esto, aunque suene imposible a oídos cristianos, no es tan difícil que suceda. La gente no se va a convertir por la potencia y calidad de nuestro sistema de megafonía, o la versatilidad de nuestra iluminación efectista, o porque estemos a la última en todo nuestro instrumental. Todo eso está muy bien, pero nada puede sustituir al Espíritu Santo que es quien da testimonio de la verdad, de Cristo, y el que convierte y transforma los corazones y las vidas. ¿Es esa nuestra fe real, aplicada?

Como pastor veo la frustración que a veces muestran algunos colaboradores porque no tenemos “lo mejor de lo mejor” ni “la última G” en muchas de estas áreas. Los medios tecnológicos dependen de cada época y lugar, y son valiosos, pero nunca han sido determinantes para la conversión de las personas. Evidentemente, desde la invención de la imprenta, avance de valor incalculable para la humanidad y cuyo papel fue importantísimo para la difusión de las ideas reformadas y de las propias Escrituras, mucho han contribuido todos estos avances a la difusión del evangelio. Pero Jesús y los apóstoles carecieron de todos ellos y su labor y servicio fueron eficaces. No estoy propiciando el regreso a aquellos tiempos, desde el punto de vista tecnológico, cuidado; hemos de ser gente de nuestro tiempo.

Las redes sociales, por ejemplo, son hoy un medio valiosísimo para este fin. Gracias a las tecnologías, el cierre de nuestras iglesias durante la pandemia y sus efectos que todavía duran, no han sido fatales y nos han permitido y siguen permitiendo mantener a nuestras iglesias unidas, aunque no sin ciertos ajustes, claro. Pero no podemos dejar de considerar también los peligros que ello comporta, pues algunos se acomodarán a un modelo menos comprometido, más impersonal, más abstracto, y ciertamente muy cómodo, escondido y resguardado en la privacidad del propio hogar. Otros, como he sugerido antes, creerán que todo depende de las tecnologías y no tanto de Dios, con el consiguiente debilitamiento de su fe; y otros, por desgracia, se servirán inadecuadamente de esos medios que ofrece la tecnología para sus fines equivocados.

Nuestro papel es el de equilibrar las cosas, de modo que, haciendo una utilización racional, equilibrada y espiritual de la tecnología y sus logros, seamos capaces de ponerla al servicio de la obra que el Señor nos ha encomendado, del ministerio en su más amplia manifestación, es decir, la evangelización, la pastoral, la adoración —el culto—, la enseñanza, la acción social, etc. y nunca al revés. En otras palabras, sometiendo toda esa actividad propia de la iglesia al servicio de las tecnologías; no debe de haber servidumbre en ese sentido.

Seamos además conscientes de que mucha de esa tecnología será utilizada por el maligno para el control de las conciencias y las vidas de las personas. No caigamos en sus trampas, seamos precavidos con nuestra intimidad y nuestra libertad personal, no nos creamos todo lo que circula por ahí, ni contribuyamos a difundir sus mentiras. El sistema del anticristo se fundamentará en el control absoluto de las personas por medios tecnológicos ya disponibles al día de hoy y que se irán perfeccionando, generalizando e implantando a medida que el tiempo avance.

Que el Señor nos dé sabiduría para ser hombres, mujeres e iglesias de nuestro tiempo, pero prudentes y entendidos precisamente de cuáles son estos tiempos. Usemos las tecnologías, pero no olvidemos que nuestra guía es el Espíritu Santo y no un GPS cualquiera que nos indique lo que debemos o no debemos hacer. Más de una vez me he visto perdido y atascado en algún lugar inhóspito por dejarme llevar por la guía por satélite de mi automóvil, sistema que uso habitualmente para no despistarme, pero al que no concedo la virtud de la infalibilidad. Sólo la palabra de Dios es infalible.

Amén.


Jose Mª Baena

Dios y la eutanasia.

Una noticia que no solamente nos entristece como cristianos, pues entendemos la vida como algo sagrado, sino que, indudablemente, nos preocupa al avanzar drásticamente en la actual cultura de la muerte que nos preside

El 18 de marzo de 2021 se aprobó en el congreso de los disputados de España por mayoría absoluta la ley de la eutanasia. De esta forma, España se une a Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Canadá como el quinto país del mundo que regula esta práctica. Iremos por partes:

Primero, definición del término eutanasia:

  • Eutanasia originalmente viene del prefijo griego eu que significa buena y thanatos que significa muerte en su conjunto significaría buena muerte o el buen morir.

Otra definición extraída del libro Bioética Cristiana del autor Antonio Cruz dice:

  • “Muerte indolora infligida a una persona humana consciente o no, que sufre abundantemente a causa de enfermedades graves e incurables o por su condición de disminuido, sean estas dolencias congénitas o adquiridas, llevadas a cabo de manera deliberada por el personal sanitario, o al menos con su ayuda mediante fármacos o con la suspensión de curas vitales por que se considera irracional que prosiga una vida que, en tales condiciones, se valora como ya no digna de ser vivida”

En suma, es dar muerte a una persona que está sufriendo física o psicológicamente de manera extrema por parte de un tercero. Antes de abordar las implicaciones éticas, morales, sociales, espirituales y otras que la práctica de la eutanasia pueda tener es conveniente ver los  diferentes tipos de eutanasia.

Segundo, clasificaciones de eutanasia en función de las distintas clasificaciones que existen:

Según el tipo de motivación por el que se practica:

  • Piadosa: aquella que tiene por objeto evitar el sufrimiento de un enfermo terminal principalmente cuando es exigida en forma seria y consciente.
  • Eugenésica: aquella que se dirige al mejoramiento de la raza humana.
  • Económica: aquella dirigida a eliminar a las personas cuyas vidas se consideran inútiles, exentas de valor vital y de costoso mantenimiento

Para estas dos últimas formas de motivación (eugenésica y económica) existe la práctica unanimidad en que no pueden ser consideradas como eutanasia sino que se trataría claramente de homicidios.

Según el punto de vista del paciente:

  • Eutanasia Voluntaria: en la que el paciente toma la decisión de acabar con su vida o terceras personas cumpliendo la voluntad del paciente expresado con anterioridad
  • Eutanasia No voluntaria: la decisión la toma un tercero, porque el paciente no tenga la capacidad de decidir si morir o vivir, es decir no se conoce ni se puede conocer si el paciente desea morir, ejemplo paciente en estado vegetativo.
  • Eutanasia Involuntaria: provocar la muerte de un paciente competente en contra de su voluntad explícita o sin su consentimiento

Según la actitud y manera de ejecutarla.

  • Eutanasia activa o directa: es aquella en la que el personal sanitario (médico o enfermera) administra un fármaco o medicamento al paciente para terminar con la vida del enfermo, dentro de esta también podemos diferenciar el suicidio asistido que hace referencia a que es el paciente el que se toma la medicación prescrita previamente por un médico, el acto se lleva a cabo en un lugar de su elección por ejemplo en su casa.

 

  • Eutanasia pasiva e indirecta (tiene dos actuaciones): Por un lado, consiste en la inhibición de actuar o en el abandono en el tratamiento iniciado, evitando intervenir en el proceso hacia la muerte lo cual es lícito. Por otro lado, consiste en eliminar o disminuir el sufrimiento, mediante la administración de fármacos como la morfina o midazolam que llevan a disminución del dolor o dependiendo de la dosis a una sedación total, lo cual puede derivar indirectamente el acortamiento de la vida. Esto último es lo que entendemos como cuidados paliativos.

Muchos autores no consideran la eutanasia pasiva o indirecta como eutanasia en sí misma, ya que su fin último no es acabar con la vida del paciente si no mitigar su dolor, aunque ello conlleve, como hemos dicho antes, un acortamiento de la vida, y usan otro tipo de terminología para no crear más confusión, a saber, ortotanasia.

Cabe destacar que los cristianos no deberíamos tener ningún problema con la eutanasia pasiva, mejor llamada, ortotanasia o cuidados paliativos a veces llamada, eutanasia activa indirecta, con la que se asegura que el enfermo no sufra en el natural proceso de la enfermedad hacia la muerte. El problema radica en la eutanasia activa (directa) cuyo único objetivo es acabar, de manera artificial y antinatural, con la vida de la persona que sufre física y/o psicológicamente a través de ciertos medicamentos o procedimientos.

Este es el punto que toca la eutanasia activa, obviamente nadie quiere sufrir, nadie quiere vivir con dolor, todo el mundo quiere tener una muerte digna pero una buena muerte no significa que podemos decidir acabar con la vida de alguien, que está sufriendo, por el mero hecho que lo está pidiendo. Esto permite introducirnos intelectualmente para valorar cuales son  las razones o argumentos que los grupos pro-eutanasia sostienen en defensa de esta práctica.

Tercero, tres grandes argumentos por los cuales parte de la sociedad justifica y proclama la eutanasia:

  • Derecho o libertad de la persona a elegir cómo quiere morir. Postula que las personas somos libres y ostentamos el derecho a elegir cómo morir. El hombre desea controlar toda su vida pero la muerte (el hecho de no morir) es algo sobre lo cual el hombre no tiene dominio. La única manera de poder controlar algo es eligiendo el cómo y el cuándo se muere. Esta postura es una declaración de independencia y autonomía que proclama mi vida es mía y yo decido cómo vivir y/o morir.

 

  • El llamado encarnizamiento terapéutico o muerte mala (distanasia). Hace referencia a la obstinación clínica innecesaria por prolongar la vida de una persona que no tiene posibilidad de cura retrasando la muerte del individuo a costa muchas veces del dolor y sufrimiento de esta persona de manera cruel e innecesaria.

 

  • El concepto de muerte digna. Está basado en el hecho de que existen vidas que no merecen ser vividas, por lo que se concluye con el concepto lapidario que es mejor buena muerte que una mala vida. Imaginemos, una persona que tras un accidente de tráfico queda confinada a una silla de ruedas con paraplejia o un anciano de 80 años al que se le detecta un cáncer terminal. En estos casos, la sociedad actual considera que tienen vidas que no merecen la pena ser vividas a causa de las condiciones de dolor y sufrimiento físico o psicológico en las que se encuentran.

Ante estos argumentos, ¿Qué podemos decir desde nuestra cosmovisión cristiana a nosotros mismos y al mundo que nos rodea?, ¿Cómo contestar al interrogante que cuestiona si el sufrimiento de una persona justifica acabar con su vida siempre y cuando nos lo pida? Avanzamos a la siguiente parte de este escrito.

Cuarto, la contra-argumentación y propuestas desde una cosmovisión cristiana:

Sin ánimo de ser exhaustivos podemos señalar algunos aspectos de nuestra posición.

  • Dios nos ha dado su revelación. La Biblia defiende claramente la vida. La Biblia no habla de la eutanasia ni del suicidio de manera explícita porque contempla el hecho de dar o quitar la vida como una de las prerrogativas divinas. Hechos 17:28 declara porque por él tenemos vida, nos movemos y existimos. 1ª de corintios 6:18 establece que somos templo del Espíritu Santo y tenemos que cuidar ese templo Probablemente la historia que más se puede asemejar en la biblia es la de Job, perdió todo, estaba enfermo y sufrió de manera extrema. Job podría haber terminado con su sufrimiento quitándose la vida (suicidio) o pidiéndole a uno de sus amigos que acabara con él (eutanasia). Sin embargo, no lo hizo sino que se aferró a su dependencia de Dios, aun cuando deseó la muerte en Job 3:11.
  • Dios nos ha dado la moral. La eutanasia conlleva unos problemas morales muy grandes ¿quiénes somos nosotros para decidir que una persona incapacitada o enferma o inconsciente no merece vivir?, ¿Quién decide las enfermedades que hacen que las vidas no merezcan ser vividas? , ¿En qué grado del desarrollo de la enfermedad podemos acabar con la vida?, ¿Acaso estamos diciendo a esas madres con hijos con Síndrome de Down que no debieron haber nacido o que son existencias no dignas de vivir? Esta manera de pensar no nos diferencia demasiado del exterminio nazi de Hitler en 1939 y su mandato con fines eugenésicos en el que era de obligatorio declarar cualquier enfermedad psíquica o física invalidante.

 

  • Dios  nos ha dado la capacidad científica y médica. Tenemos la medicina paliativa  en la que no hace falta acabar con la vida del paciente. Podemos administrar fármacos al paciente para que disminuya su dolor, y espere la muerte en las mejores condiciones posibles. La mala práctica del encarnizamiento terapéutico no justifica quitar la vida de una persona porque un mal no puede justificar la práctica de otro mal para solucionarlo. Con los avances en medicina el 95% de los dolores crónicos se pueden paliar. No, no es verdad que todos aquellos que experimentan dolor deseen morir, lo que realmente quiere la práctica totalidad de las personas es que alivies su dolor. Muchas veces, por no decir que todas, cuando una persona en ese estado dice que quiere morir, solo quiere que le quites el dolor.

 

  • Dios nos ha dado una responsabilidad relacional. El mensaje de Jesucristo es llorar con los que lloran, acompañar a los desvalidos, y no aniquilar al más débil. Por razones obvias, no podemos deshumanizar el sufrimiento de una persona pero la solución no pasa por acabar con la vida (que es un acto sin retorno) sino en acompañarla. ¿No es lógico pensar que lo que verdaderamente necesitan esas personas es apoyo y no, una legislación que los dé por perdidos? Todo esto muchas veces tiene una raíz de interés político y económico, maquillado como piadoso y misericordioso. La realidad es que no es rentable ni viable económicamente para los estados un anciano o un enfermo  crónico que debe ser cuidado dignamente hasta que muera.

 

  • Dios nos ha dado valor intrínseco. Dios creó al hombre a su imagen con lo cual cualquier ser humano tiene dignidad desde el momento que nace hasta que muere. El sufrimiento no nos hace menos dignos, sufrir es parte de la vida. Todos en algún momento hemos sentido que nuestra vida no merece la pena, todos alguna vez hemos perdido el sentido de la vida pero la salida no es la muerte, sino la vida, aprendiendo a gestionar el sufrimiento. No podemos hacer la igualdad que establece que el dolor o el sufrimiento significa una existencia indigna que no merece la pena continuar.

 

  • Dios nos ha dado limitaciones. Por otro lado, no podemos jugar a ser Dios y decidir cuales vidas y cuales no merecen ser vividas. 1 Samuel 2:6-8 “El señor quita la vida y la da nos hace bajar al sepulcro y de él nos hace subir”.

 

  • Dios nos ha dado ejemplo. Jesucristo sufrió en la cruz de manera muy digna por todos nosotros. No se bajó de la cruz sino que en su sufrimiento dignificó nuestras vidas; las sanas y las enfermas. Jesús, en la cruz y por medio de ella, no nos dio por perdidos. Cristo no nos abandonó en nuestro sufrimiento ni nos entregó a la muerte sino sufrió y murió por nosotros. Por lo tanto, Jesús es nuestro máximo ejemplo de cómo amar a las personas dándoles el valor que Dios les otorga.

Por último y para concluir, debemos decir que desgraciadamente en la sociedad actual prima el egoísmo y la irresponsabilidad. Se cometen atrocidades que son maquilladas con eufemismos. Es más aceptable y digerible decir muerte dulce o digna o derecho a morir que hablar directamente de suicidio, homicidio o asesinato.  Hoy la sociedad no está dispuesta a mirarse al espejo de la honestidad sin maquillaje.

Es probable que juzgaríamos todo de manera muy diferente si fuésemos nosotros los que estuvieran en el lugar de las personas enfermas. Seguro que querríamos que nos alentaran a vivir y no a morir; que nos acompañaran y no, que nos abandonaran; que nos cuidaran y no, que nos desecharan simplemente por no servir o no estar conscientes.

Es triste y preocupante, como expones John Wyatt en su libro Asuntos de vida y muerte, que cierta ética y política pro-eutanasia postule que aquellos con una enfermedad incapacitante psicológica o física, y que les impide tener consciencia de su propia existencia o  ser autónomos desde el punto de vista funcional, no merecen vivir. Van más allá al afirmar que si les permitimos vivir es moralmente más indigno que si acabáramos con sus vidas.

Lo anterior choca directamente, no solamente con la cosmovisión cristiana sino con el juramento más fundamental de la medicina. Al respecto, Antonio Cruz en su libro Bioética Cristiana afirma: “La filosofía de la eutanasia tal como es concebida actualmente no sólo va contra el juramento hipocrático en cuanto defensa de la vida, sino que choca directamente con los principios básicos de la medicina. Mediante su aplicación no se pretende promover la salud y el bienestar del individuo sino su aniquilación prematura. Por tanto, la eutanasia no puede ser una forma de medicina, más bien se trata de una forma de homicidio, incluso aunque se lleve a cabo por compasión.”

También va en contra del sentido (común) cristiano que establece que a aquellos que por causa de su edad o alguna incapacidad no pueden valerse por sí mismos; o que no son conscientes de su propia existencia, nosotros, como su verdadero prójimo, debemos cuidarlos, atenderlos y revestirlos de toda dignidad. Justamente porque ellos no pueden hacerlo o no son conscientes de su situación, es que nosotros estamos obligados a hacerlo responsablemente y a no ser unos inconscientes.

En suma, la visión y posición cristiana son incompatibles e irreconciliables con la posición y visión atea en cuanto a los asuntos de la vida y la muerte. Pertenecen a dos grupos y mundos diferentes. Oro que España salga del grupo de los cinco y regrese al mundo de la cordura, sensatez y vida que nos debe presidir.


Fernando Ramirez De Arellano

Juan 3:16 es la Biblia en miniatura.

El evangelio no se trata de los sacrificios que el hombre hace para Dios sino del sacrifico que Dios hizo por nosotros

Charles H. Spurgeon dijo que este versículo encabezaba todos los volúmenes de sus sermones, como el único tema de su ministerio. William Barclay lo llamo “el versículo para todo el mundo”, Juan Calvino lo llamó “la gran recomendación de la fe”. Martin Lutero lo resumió muy bien cuando dijo que Juan 3:16 era “la Biblia en miniatura”.

Al leerlo destaco por lo menos 6 cosas:

Primero, lo inigualable de su amor: En el griego original la frase “de tal manera” dice jouto gár (οὕτω γάρ), y es una expresión que denota la extensión e intensidad con la cual ocurre una acción. La perfección y la infinitud de Dios hacen que su amor se exprese de manera inigualable. Lo primero apunta a la calidad del amor divino, por cuanto es perfecto, mientras que lo segundo remarca la cantidad ilimitada de su amor, por cuanto es infinito. Solo Dios puede amarnos de tal manera. El resto de amores que el hombre pueda conocer en su existencia siempre serán limitados e imperfectos.

 

Segundo, la esencia de su amor radica en él mismo y su voluntad. El apóstol usa la palabra agapáo (ἀγαπάω) cuando escribe “amó”. El término usado aquí se refiere a un amor completamente diferente a filéo, que está basado en los sentimientos o afectos. Este tipo de amor surge del ejercicio de la libertad divina. Es el acto de su voluntad y la decisión firme de mostrarle a alguien su bondad y misericordia. Dios nos ama, por tanto, no por obligación o necesidad sino por el puro afecto de su voluntad. El amor divino no depende de nuestra condición o situación sino de su fiel y libre decisión a favor nuestro. El amor no es solo una característica de Dios, sino es su misma esencia: Dios es amor.

 

Tercero, el objeto de su amor: El griego del Nuevo Testamento kósmos (mundo) se utiliza para referirse tanto al mundo físico que Dios ha creado, como a la raza humana. El amor no puede entenderse ni concebirse, a no ser que se confiera a otros traspasando así las barreras la propia existencia. En cuanto a esto último, Dios no hace acepción, distinción o excepción alguna en cuanto a los hombres a la hora de ser amados por Él. Dios nos amó a todos en la creación del Edén (poniendo su imagen en el hombre), en la encarnación de Belén (tomando nuestra imagen) y crucifixión de Jerusalén (tomando nuestro lugar). Nadie está privado de ser objeto del amor divino.

 

Cuarto, el regalo de su amor: La expresión  “su Hijo unigénito”  dice en griego coiné  joste ton juiós autos ton monogenés edoken (ὥστε τον υἱός αὐτός τον μονογενής εδωκεν). Para entender correctamente la dimensión del regalo divino a los hombres debemos comprender primeramente la magnitud del amor que el Padre le tiene al Hijo.  Monogenés es una palabra griega compuesta de dos partes. Mono que significa  solo (no en términos de soledad sino de particularidad) traduciéndose como único o sin igual, y genes está relacionado con la palabra griega genos que significa descendencia. La palabra significa en realidad “el amado de una forma única”. Comunica la idea de alguien que es amado singularmente, o alguien amado como ningún otro. Esto ayuda a tener una mayor compresión de lo que significó para el Padre entregar la vida de su propio Hijo en rescate de la nuestra. Yo, como padre, no podría hacerlo, de hecho, no lo haría. Por eso, solo Dios es Dios y su regalo único.

 

Quinto, la condición de su amor: Solo hay una sola condición: ¡creer! El texto original usa jína pas jo pisteúo (ἵνα πᾶς ὁ πιστεύω) para referirse “a todo aquel que cree”. Si bien es cierto, Dios ha mostrado su amor por todo el mundo, este amor no es experimentado por todo el mundo; sino solamente por aquellos que deciden creer en el unigénito Hijo de Dios. La voluntad afectiva de Dios, que ninguno se pierda, se hace efectiva mediante la fe en el Hijo. Entendiendo la fe, no como algo bueno que hace el hombre para ser salvo, sino el reconocimiento de que no existe nada lo suficientemente bueno en él para ser salvo por sí mismo. El hombre necesita ayuda. El agente causal es Dios y el modal es la fe. Creer, no es otra cosa sino reconocer la insuficiencia propia (pecado) frente a la suficiencia divina (gracia) para nuestra salvación.

 

Sexto, el resultado de su amor: Mas tengan vida eterna en griego dice dice eís autós mé apólumi alá éjo dsoé aiónios (εἰς αὐτός μή ἀπόλλυμι ἀλλά ἔχω ζωή αἰώνιος). En el aspecto negativo, ninguno de los que creen en el Hijo se perderá y en el positivo, todos los que creen se salvarán. Estos son dos milagros extraordinarios o uno doble: liberación y preservación. Dios, en su amor hacia nosotros en Cristo Jesús, nos libera de la condenación y, de manera simultánea también, nos preserva para salvación y vida eterna. Dios en su amor nos libró del castigo del pecado (pasada justificación); del poder del pecado (presente santificación); y de la presencia del pecado (futura glorificación). Su amor es completo, perfecto y eterno.

En suma, recordemos y anunciemos siempre que el evangelio no se trata de los sacrificios que el hombre hace para Dios sino del sacrifico que Dios hizo por nosotros. No, no se equivocó Lutero, cuando afirmó que Juan 3:16 es la Biblia en miniatura.


Fernando Ramirez De Arellano

El valor de hablar en positivo

—He comprado el libro de Manning —me dijo uno de mis alumnos con emotiva cadencia fonética. 

—¿Cuál de ellos? —pregunté.

—El qué usted mencionó en la clase pasada, el de los andrajosos —espetó.

—Ah —dije yo, cayendo en cuenta—. El evangelio de los andrajosos.

—Sí, ese mismo.

—Pues espero que lo leas y que me digas qué te pareció una vez concluyas su lectura —le animé con satisfacción—. Luego comencé la clase, feliz por mi alumno, y agradecido de que apreciara una de mis fugaces sugerencias literarias.

Es asombroso el efecto que puede tener un comentario. Ya sea el elogio a un autor, la mención de un buen libro leído, la referencia nostálgica a un restaurante que hemos visitado, o la entusiasta crónica de un viaje. Los comentarios, negativos o positivos, son como un bumerán, que regresan a nosotros en la misma forma que fueron arrojados. Así que conviene asegurarnos lanzar el bumerán correcto, para que nos traiga en su retroceso, ese mismo bienestar que hemos soltado antes. 

El día a día puede ser muy convulso y azaroso. No podemos predecir lo que nos acaecerá en la jornada por vivir, ni vaticinar las curvas traicioneras del camino. No obstante, podemos vivir con más intencionalidad si elegimos qué actitudes y enfoques nos van a caracterizar. La casualidad no puede dominar nuestro día a día, ni las reacciones viscerales. La vida no debe ser un baile donde nos dejemos llevar, más bien ha de ser un juego de estrategia.

Más comentarios positivos, más elogios, más bien decir, más palabras que endulcen, más persuasión bondadosa, más reflexiones pías. El arte de vivir es el más descuidado de todos, y por el que se paga el más alto precio debido a la pereza o a la ignorancia. La negatividad le cobra peaje a todo el que se cruce con ella. Primero a la familia, luego a los amigos, a los compañeros de trabajo, a la comunidad de fe donde servimos, y hasta a la inocente mascota. Mejor negocio es la positividad, eso seguro. John Stott decía que la iglesia se va a tener que arrepentir por su falta de optimismo. Dramáticas pero ciertísimas palabras. 

Para llegar hay que salir. El primer paso es elegir, luego persistir, perfeccionar y no cambiar nunca en el empeño de hacerlo mejor. Hablar en positivo es un ejercicio, y como toda disciplina se mejora con el tiempo, máxime cuando es una elección que Dios favorece y promueve en su Palabra. Pablo exhortó a la iglesia, inspirado por el Espíritu Santo: “Que sus conversaciones sean cordiales y agradables, a fin de que ustedes tengan la respuesta adecuada para cada persona” (Colosenses 4:6 NTV). Cordiales y agradables… que buen tamiz a través del cual filtrar nuestras charlas. 

A mis cuarenta y dos años, y casi treinta en la iglesia, he visto cómo los cristianos, entre los que me incluyo, claro está, si nos descuidamos, podemos estar tan avinagrados como cualquier otro ser humano sin Dios. Solo una férrea vigilancia sobre nosotros mismos, una vivificante devoción y un profundo compromiso con la obediencia a Cristo, nos puede mantener lejos de actuar a menudo con la ambigüedad de un fariseo. De nada vale culpar al otro, al que no se porta a la altura ética, al que con sus actitudes me predispone a dejar que el viejo hombre dé una pataleta. Ser dueño de uno mismo para evitar, entre otras cosas, la provocación, puede que sea uno de los signos más evidentes de madurez cristiana que se puede evidenciar.  

Es importante tener palabras positivas, entiéndase, un dialogar envuelto en virtud, capaz de producir bienestar en ambas direcciones. Esto traerá dividendos para nuestros interlocutores y para nosotros. Sin embargo, Todo esto, no desde un egoísmo inteligente, muy en boga en círculos de autoayuda, donde el enfoque es que consigamos que la gente a nuestro alrededor esté bien, para nosotros estar un poco mejor. Creo que el egoísmo inteligente tiene un origen demasiado falible para poder mantenernos practicándolo sin claudicar. Esta forma de relacionarnos se basa en lo que queremos y en aquellas cosas que consideramos mejor para nosotros, por lo que es un prisma limitado y falible. Pero si nuestro hablar es objetivamente bíblico, y obedece a principios de interrelación que están en función de nosotros, pero a la vez más allá de nosotros, ya que pretenden glorificar a Dios como máxima finalidad; entonces la praxis de toda convivencia tendrá una base sólida, y un alcance mayor. Solo así es que podremos tener buenas palabras ,no solo para mis familiares, amigos, compañeros de trabajos o hermanos de la iglesia, cuya relación me beneficia directamente, sino que podremos tener buenas palabras incluso para nuestros enemigos, para nuestros detractores, para aquellos a los que no les simpatizamos en sentido general. 

Desde una fugaz recomendación en positivo sobre un libro, hasta una palabra de bendición para un enconado adversario, toda palabra que salga de nuestra boca debe ser “buena para la necesaria edificación” (Efesios 4:29) y por tanto, siempre será en positivo, no podría ser de otra manera. Finalmente, esas palabras en positivo, siempre han de ser en coherencia con una actitud semejante, con un deseo puro y desde un alma afable. Palabras auténticas, nacidas desde un corazón que palpita en redención, que recibe cada impulso puro de las palabras del Maestro. 


Osmany Cruz

Naufragio

Hacía 50 días que el barco en el que Sonia viajaba rumbo a Irlanda había naufragado. Solamente ella y dos tripulantes más, el señor Bauer y Cristine, habían conseguido llegar a tierra y salvarse tras la tormenta.

Sonia era de origen alemán, era maestra en una escuela infantil y hacía cinco años que había acabado sus estudios teológicos en Berlín. Era hija de misioneros residentes en Lagos, Nigeria, donde había regresado después de acabar sus estudios para ayudar a sus padres con la obra. Mantenía el contacto con su prometido irlandés, al cual se disponía a ir a visitar y celebrar el nuevo año en compañía de sus futuros suegros, pero la tormenta se lo había impedido; acababan de sobrevivir milagrosamente a un naufragio.

 Estaba en una diminuta isla en medio del Atlántico y había llorado cada uno de aquellos días. ¿Quién les iba a encontrar? Muy pronto les darían por muertos. Todos los esfuerzos que había  hecho en su vida para llegar a ser quien era  ahora no valían para nada. Frente a ella, solo agua infinita. Entonces tomó lo único que había podido rescatar, una Biblia que había aparecido en la arena arrastrada por las olas hacía pocos días. Empezó a pasar algunas de las hojas arrugadas, tiesas e ilesas que quedaban y de repente fijó sus ojos en el  pasaje que relataba la conquista de Canaán, de cómo Josué y el pueblo de Israel cruzaron el río Jordán. Le llamó la atención el primer versículo del capítulo tres, y también el cinco.

«Josué se levantó de mañana y él y todos los hijos de Israel partieron de Sitim y vinieron hasta el Jordán, y reposaron allí antes de pasarlo» y «Santificaos, porque Jehová hará mañana maravillas entre vosotros»

-¡Qué cosas!- se dijo Sonia- yo aquí víctima de un naufragio y leyendo sobre esto…es ridículo. Sus dedos siguieron posándose al azar en otros pasajes.

Leyó cómo Moisés se enfrentó ante el peligro de tener a los egipcios persiguiéndole por la retaguardia y el Mar Rojo frente al pueblo, y todo ello por sorpresa. El peligro era inminente, todos iban a morir atravesados por  espadas o ahogados en el mar.

 Sonia recordaba las palabras de su madre, antes de partir para Europa, que la instaban a que pasara unos días más con ellos, que el tiempo iba a cambiar y que podría ser peligroso viajar. Si le hubiera hecho caso…pero era demasiado tarde. Siguió leyendo.

 «Y Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad firmes, y ved la salvación que  Jehová hará hoy con vosotros…»

 Todo aquello era un sin sentido, una broma de mal gusto ¿Qué quería decirle Dios? ¿Acaso iba también a abrir el mar?

 – Tengo que salir de esta isla como sea- se dijo- , eso es lo que tengo que hacer.

 Los días se fueron sucediendo, cada día era más duro permanecer en aquel pedazo de tierra, la búsqueda de alimentos se hacía cada vez más difícil. El Señor Bauer, un hombre de delicada salud, había muerto la semana anterior y ya solo contaba con la ayuda de Cristine, una  chica inglesa que siempre se quejaba por todo.

 Sonia la llamó  desde la orilla y las dos jóvenes se reunieron en la playa. Frente a ellas una balsa de madera.

 – ¿Crees que aguantará? Es una estructura demasiado endeble. Sigo creyendo que es una imprudencia, dijo Cristine. Yo no pienso subirme ahí.

 – Si no lo intentamos nunca lo sabremos, desde luego la hoguera que cada día enciendes no ha servido de mucho ¿No crees?

 Las dos subieron a la barca después de haber  subido algunos víveres. Al cabo de dos horas las olas empezaron a enfurecerse y a romper contra la embarcación. La balsa había desaparecido y ellas luchaban de nuevo por sobrevivir agarradas a uno de los  troncos sueltos. Al fin lograron   llegar de nuevo a la costa. El plan de Sonia había fracasado.

 Empezaron a hacerse a la idea de que  nada de lo que hicieran serviría para salir de allí…entonces se acordó de aquellos pasajes que había leído sobre Josué y Moisés, que en lugar de animarla la habían decepcionado. Buscó la Biblia, que desde entonces no había vuelto a abrir.

«Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos» (Ex. 14: 14)

«…y reposaron allí antes de pasarlo» (Jos. 3:1)

Tanto en el caso de Josué, que ya tenía la promesa de que pasaría el Jordán, como en el caso de Moisés, al cual el peligro  le pilló de improviso, Dios les había dado un mismo mensaje, que estuvieran tranquilos.

 Sonia se levantó de repente, miró al cielo, levantó su mano señalando con el dedo índice y gritó con todas sus fuerzas:

 – ¡De acuerdo Dios! no me queda ya nada más por hacer ni esperar, así que no voy a hacer nada, ¡Así me muera!

 Los días que siguieron, Sonia y Cristine se dedicaron solamente a buscar el alimento y el agua de cada día. Nunca habían  hablado sobre sus vidas de una manera abierta y desinteresada, se confesaron sus temores y  también se pidieron perdón. Sonia empezó a hablarle de Dios y de todo lo que había hecho por su familia en África. Cristine le contó  cómo de pequeña había ido de centro en centro y de familia de acogida en familia,  de su búsqueda incesante de sus padres biológicos, y de cómo descubrió que la habían abandonado siendo aún adolescentes por  encontrarse  involucrados en las drogas.

 Una de aquellas noches de  largas conversaciones las dos durmieron tranquilas, no tenían fuerzas para continuar viviendo, sus cuerpos habían llegado al límite.

Sonia abrió los ojos, todo era blanco a su alrededor, pensó que  aquel lugar sería el cielo, pero no, era la habitación de un hospital londinense.

 -¿Dónde está Cristine?

 – Cristine se encuentra bien, no te preocupes, descansa- dijo una voz  masculina de médico.

 De sus ojos empezaron a brotar lágrimas sin cesar.

 – Dios mío, has abierto el mar, hemos logrado pasar.


Belén Lechuga

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