Recordar la Reforma

Recordar y celebrar fechas como recordatorio de los grandes hechos de nuestro Dios forma parte de nuestra tradición bíblica, así como también lo es de las distintas tradiciones de los pueblos que componen la globalidad del género humano. Una de esas celebraciones a recordar para el pueblo de Israel es la Pascua, la principal de las celebraciones bíblicas.

Moisés dijo al pueblo: «Tened memoria de este día, en el cual habéis salido de Egipto, de la casa de servidumbre, pues Jehová os ha sacado de aquí con mano fuerte” (Ex 13:3).

Posteriormente, nuestra Pascua renovada es Cristo mismo, el cordero inmolado a nuestro favor, hecho celebrado cada vez que celebramos la Santa Cena, Comunión o Eucaristía.

Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí… Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebáis, en memoria de mí (1 Co 11:24-25).

Pero la historia ha seguido su curso y el Señor ha continuado interviniendo en el devenir de su pueblo, ahora iglesia de Cristo. Uno de esos hechos –quizás el más relevante si lo observamos desde distintos puntos de vista– es la llamada Reforma Protestante, iniciada según cierta tradición el 31 de octubre de 1517 por un osado monje agustino llamado Martín Lutero con el hecho significativo de clavar sus argumentos en contra de las desviaciones de la iglesia oficial imperante en la parte del mundo en la que él vivía (solemos olvidar que media otra cristiandad vivía en el extremo oriental del mediterráneo). Aquel hecho, aparentemente intrascendente, desencadenó un terremoto espiritual, religioso, político, social y cultural que nadie antes había podido imaginar. Quienes lo intentaron antes habían sucumbido trágicamente bajo el omnímodo poder del sistema asentado en Roma, negación del evangelio de Jesucristo, pero dueño indiscutido de almas, de pueblos y hasta de señores, usurpando el lugar de Jesús, única cabeza de la iglesia que él estableció.

Desde entonces, todos cuantos nos identificamos en alguna manera con aquel movimiento imperfecto pero trascendental: protestantes, reformados, evangélicos, recordamos y celebramos la fecha del 31 de octubre como el Día de la Reforma.

Pero el propósito de Dios al requerir de su pueblo que recordasen los hechos de Dios, sea el Israel del antiguo pacto o la iglesia del nuevo, no era simplemente para proporcionar una ocasión de hacer fiesta y pasarlo bien organizando eventos espectaculares, altisonantes y demostrativos de la propia relevancia o fuerza como movimiento. El propósito real era revivir de alguna manera una experiencia extraordinaria para no perder de vista que el señor de la historia es Él. Eso les recordaría de quién dependían, quién hacía las maravillas y obraba los milagros y reavivaría así –se supone– su fe, porque los seres humanos tendemos fácilmente a olvidar, y más cuando los acontecimientos sucedieron en generaciones anteriores a la nuestra de las que nos sentimos lejanos; parece que no tuvieran nada que ver con nosotros, y más cuando el síndrome revisionista ataca con tanta virulencia, fortalecido con el error de juzgar a los tiempos pasados y a sus actores con nuestros criterios y nuestros dogmas de hoy –pasajeros y movedizos, como los de todas las épocas.

Recordar hoy la Reforma, iniciada por Lutero y muchos otros, no es o no debe ser un mero ejercicio de recuperación histórica, sino una llamada a revivir y avivar en nosotros, como individuos y como iglesias, el espíritu de fe y fidelidad a la verdad de la palabra de Dios que animó a sus protagonistas a riesgo de la propia vida. Resuenan en nuestros corazones las palabras de aquel monje, denostado por sus oponentes, sin duda imperfecto, pero entregado por completo a la causa de la verdad:

Por los textos de la Sagrada Escritura que he citado, estoy sometido a mi conciencia y ligado a la palabra de Dios. Por eso no puedo ni quiero retractarme de nada, porque hacer algo en contra de la conciencia no es seguro ni saludable. ¡Dios me ayude, amén!”[1]

Estas palabras le valieron a Lutero la sentencia de muerte, traicionando los mismos compromisos contraídos por el propio emperador, Carlos V, que presidía la Dieta. Sólo la providencia divina lo libró de correr la misma suerte que Juan Huss, Savonarola y otros. Conocida es la historia y la ágil intervención del príncipe Federico III de Sajonia que lo secuestró. Él fue el medio que Dios usó para salvar la vida de aquel a quien Él estaba usando.

La Reforma protestante, que algunos niegan y de la que muchos reniegan, seguramente por ignorancia –ojalá que no sea por orgullo espiritual– fue un movimiento respaldado por Dios, no cabe duda. Sus efectos puede que fueran incompletos en sus inicios, pero siguiendo su principio dinámico, “ecclesia reformata, semper reformanda est secundum verbum Dei”2, la Reforma amplió su profundidad bíblica con los subsiguientes movimientos teológicos y espirituales –pietismo, metodismo, restauracionismo, pentecostalismo, avivamientos, etc. El movimiento de Jesús, comúnmente llamado cristianismo, como todo movimiento, es por naturaleza dinámico. Lo importante es que la dinámica siga el mover del Espíritu Santo y no las tendencias decadentes de quienes lo componen. La historia es suficientemente elocuente, aunque es cierto que no siempre hacemos caso de ella y volvemos insistentemente a repetir los mismos errores ya cometidos antes.

Hoy, somos gente del siglo XXI. Nuestros retos son en parte similares a aquellos a los que se enfrentaron los creyentes del siglo XVI, o incluso los de siglos anteriores. Pero por otro lado son distintos, específicos de nuestro singular tiempo. Los principios son los mismos: “SOLA SCRIPTURA, SOLA FIDE, SOLA GRATIA, SOLUS CHRISTUS, SOLI DEO GLORIA” [4]

Aunque están enunciados en latín, todos sabemos lo que significan. La Reforma protestante produjo cambios religiosos, geopolíticos, sociales y culturales, pero sobre todo cambios de carácter espiritual, al rescatar las Sagradas Escrituras del secuestro por parte de las autoridades que supuestamente debían velar por el bienestar espiritual de las personas a su cuidado, al promover el sacerdocio universal de los creyentes y el derecho a leer las Escrituras sin tutores ni valedores, al atacar la idolatría, el vicio y la corrupción en la iglesia, al promover la separación de la iglesia y el Estado, etc. Al celebrar –revivir– el 31 de octubre, día de la Reforma, recordemos la necesidad de mantener, incentivar, y profundizar en sus principios.

¡Feliz día de la Reforma! Que sea una preciosa ocasión para profundizar en esos principios que tanto han proporcionado al mundo. Celebremos una ocasión tan singular con espíritu constructivo, sin nostalgias, pero con plenitud de espíritu y del Espíritu, asumiendo y enriqueciendo su legado. Amén.

[1] Palabras de Martín Lutero ante la dieta de Worms (1521), según https://www.luther.de/es/legenden/ws.html

2 La Iglesia reformada siempre se está reformando conforme a la Palabra del Dios.

3 “Solo por las Escritura, Solo por Fe, Solo por Gracia, Solo Cristo, Solamente a Dios la Gloria”


Jose Mª Baena

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