Fake News vs Good News

Con el permiso de los lectores, siendo yo mismo un crítico del uso innecesario –abuso– de palabras de moda de origen extranjero que nos invaden, me atrevo a titular mi artículo –mi segundo en esta plataforma– con cuatro palabras inglesas y una que, aunque latina, abreviada, también nos es ajena. Lo hago deliberadamente –¿intencionalmente?– porque me interesa para mi artículo, porque transmiten doblemente un mensaje que deseo resaltar.

 

Las fake news han formado parte siempre de nuestro acerbo cultural, político y religioso, con la palabra más vulgar y menos prestigiosa de bulos o la más actual y popular de milongas –sabemos que en nuestra cultura actual todo lo anglosajón confiere un aura especial a cuanto afecta– o, simplemente, de mentiras, siempre respaldadas por algún interés particular, como aquel rumor en tiempos de los romanos –¡uf, cuánto tiempo hace de esto!– de que los cristianos sacrificaban un niño en sus cultos secretos y se lo comían (hoy entendemos perfectamente de dónde venía esta idea fantástica y, por supuesto, falsa); o la más cercana de que los protestantes no eran buenos españoles, porque eran masones o comunistas o estaban al servicio siempre de alguna potencia extranjera, etc. (hasta el día de hoy, que yo sepa, el Vaticano es una potencia extranjera, infiltrado en el mundo entero, no digamos aquí; aunque ahora menos).

Ahora, las fake news proliferan y se extienden de manera “viral”, es decir, como si fuera un virus incontrolado e incontrolable que lo infecta todo, algo de lo que hemos aprendido un montón sin pretenderlo en este fatídico aunque numérica y gráficamente atractivo 20-20. Antes se hablaba del “boca-a-boca” como medio de difusión eficaz, como si de una salvadora ayuda a la respiración interrumpida se tratara. Ahora las FN’s se sirven de las llamadas “redes sociales” que, como todas las redes, están hechas para enredar y atrapar incautos, “peces” que automáticamente, vía red, se convierten en “pescados”. Mi padre siempre me gastaba la broma de preguntarme “¿cuántos pescados hay en el mar?”. La primera vez, siendo niño, caí: “No sé, papá… ¿cómo voy a saberlo? No los puedo contar”. Y él me contestó solemne: “Hijo, ninguno. ¡Los “pescados” están fuera del mar!”. A mí, frustrado, me sonaba a trampa. Pero es una verdad de Perogrullo: en el mar, los peces son libres, no han caído en la red y, por tanto, no han sido pescados. ¿Dónde estamos nosotros? ¿atrapados en la red, o libres, como pez en el agua? Ojalá que, aun sirviéndonos de las redes en cuanto tienen de provechosas y útiles, no nos dejemos atrapar por ellas. Todas tienen el fin de “echarnos al plato” del voraz apetito de quien las tiende.

Lo dicho, hoy las redes sociales son el principal vehículo de difusión de las noticias falsas, bulos o milongas. Yo me pregunto: ¿Hemos perdido el entendimiento los cristianos? Me refiero a los cristianos evangélicos. Los otros, que cada palo aguante su vela, pero, ¿y nosotros?

Se ve que el confinamiento y la pandemia que lo ha originado han disparado también la “carga viral” de este tipo de “patógenos”, infectando nuestras “redes sociales evangélicas” a la vez que ha producido un estado “febril” en la mente de muchos nublándonos el entendimiento. Durante este tiempo, me he visto atacado por infinidad de estas bombas virales procedentes de todos los focos: hermanos, familiares y amigos, miembros de iglesia y ajenos a ella, de mi ciudad, de otras partes de España y hasta del extranjero. Mensajes apocalípticos, supuestos decretos divinos –como que Dios YA había decretado el cese de la pandemia (abril 2020, ha pasado tiempo y el virus no ha obedecido al decreto)–, ataques furibundos contra otros creyentes, juicios inmisericordes contra ellos, descalificaciones basadas en mentiras, remedios milagrosos casi como agua bendita para curar la enfermedad, etc. Verdaderas barbaridades –cosas de bárbaros, frente a las “romanadas” de los civilizados romanos, esos que Asterix llamaba “locos” («Fous ces romains»!). Y la confusión indescriptible e inexplicable de nuestros dirigentes políticos…

¿Qué podemos oponer los cristianos a todo esto? Muy sencillo: el VERSUS (Vs.)… las antiquísimas pero efectivas y maravillosas GOOD NEWS, que como todo el mundo sabe son las BUENAS NOTICIAS del evangelio de Jesucristo: “El que cree en mí tiene vida eterna”. Parece muy sencillo expresado así, pero esas y así son las Buenas Noticias, simples y claras, sin sofisticación ni truculencias. Es que el evangelio es sencillo. Dejemos de prestar atención a tanto bulo circulando por ahí; niégate a propagarlos. Si quieres averiguar, pregunta, pero no difundas más necedades, usando yo un calificativo bíblico. Celebro el comunicado de FEREDE en contra de tanto bulo y tanta mentira, a favor de dar credibilidad a lo que de verdad la tiene. Filtra la información que te llega y acógete a las promesas de la palabra de Dios. Los bulos traen zozobra y miedo, desconfianza en todo y en todos; su fin es crear un estado de ánimo en la gente para hacerlos manipulables con facilidad en cualquier sentido que convenga a sus promotores. Como dice el profeta: «¡A la Ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido» (Is 8:20). Es decir, carecen de luz, están en tinieblas, y en las tinieblas uno tropieza y cae –y se abre la cabeza.

Esto es como los chismes. La única manera de pararlos es no darles credibilidad ni difundirlos. Difundamos, mejor, la verdad, lo que edifica, da vida y libera, que es nuestra vocación y cometido. “¡Ay de mí, si no predico el evangelio!”, dice el apóstol Pablo. La verdad nos hace libres, los bulos, prisioneros.

¡Que el Señor nos ayude!


José Mª Baena

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