Ellas

En nuestros años jóvenes aprendimos que el pronombre era aquella parte de la oración –unidad básica de expresión lingüística– que sustituía al nombre, y que éste, designaba cosas, personas, entidades, etc. En consecuencia, ELLAS, pronombre (femenino y plural), en este caso, para quien escribe, designa a personas, un determinado grupo de personas: ELLAS EXISTEN, son, están ahí.

Ahora bien: ¿quiénes son ELLAS?

Desharé el acertijo: ELLAS son las esposas de nuestros pastores; la mía, por ejemplo, entre otras. Afortunadamente, ya podemos llamarlas pastoras también, juntamente con sus maridos o por sí solas, superada aquella etapa –eso espero–cuando tenían vetado el acceso a credenciales ministeriales, y si alguna de ellas osaba tomar la palabra en la plataforma de algún encuentro alguien daba la espantada y abandonaba notoria y ostentosamente la sala (en mi tierra a este tipo de reacción espontanea se la llama “espantá”, del espanto producido en la persona que la padece ante una situación para él o ella insoportable como la mencionada aquí). Digo esto “sin acritud”, como decía mi paisano Felipe.

ELLAS forman parte, por maravilloso designio divino, de media humanidad, declarada enfáticamente junto a la otra mitad, la de los varones, imagen de Dios, quien no es ni varón ni hembra ni ambas cosas a la vez, como bien sabemos, porque es Espíritu, aunque tenga atributos asignables a alguno de ellos o de ambos. Eso de que cada uno/a escoja por decisión unipersonal queda bonito para muchos, pero nada cambia, las cosas son las que son, aunque uno pueda decidir ser Napoleón, que todo el mundo es libre y tiene sus derechos, no cabe duda.

Pero he decidido hablar de ELLAS porque por mucho tiempo, aun estando siempre ahí, muchas han estado un poco a la sombra; no ocultas, pero sí en cierta manera obviadas. Por años, como es natural, en nuestra familia denominacional, las Asambleas de Dios de España, se nos han estado yendo algunas, como se van ellos y nos iremos todos; el relevo generacional es imparable para todos, e implacable. Este año, según mis conocimientos y hasta este momento, ya se nos han ido por lo menos dos: Kati y Amelia. Sentimos su partida, así se lo hemos hecho llegar a sus maridos. ELLAS ya no están; pero han estado. Durante años han formado parte del ministerio pastoral en sus iglesias, al lado de sus maridos, discretas pero activas y, sin duda, enriquecedoras; no se podrá entender el ministerio de ellos sin la parte que les ha correspondido a ELLAS. Han hecho historia; son parte de nuestra historia. Creo que es de justicia que lo reconozcamos entre nosotros, que resaltemos el papel que juegan en nuestras congregaciones, y sin esperar a que se nos vayan para hacerlo.

Es cierto que en todo el espectro pastoral y ministerial de nuestra gran familia las hay de todos los tipos: predicadoras y no predicadoras, notorias y discretas, más involucradas y menos involucradas, pero todas ELLAS han sido, son y serán piezas clave en la marcha de nuestras iglesias. ¡Gracias, Señor por nuestras esposas! Cada una con su personalidad y ministerio particular, con su labor eficiente, unas veces notoria y reconocida; otras, discreta y quizás, poco reconocida, pero siempre ahí, sin la cual la labor de sus maridos no habría sido la misma. No se trata de recurrir a la muy desgastada frase de la “gran mujer” detrás del “gran hombre”, porque ella misma –la frase– denota estar viciada de origen desde el momento que la sitúa “detrás”. ¿Y por qué no al lado, en igualdad de condiciones, o incluso delante? Esa frase aparentemente halagadora solo perpetúa una posición subordinada de las “grandes mujeres”, aunque ha servido para aplacar en cierta medida la frustración de muchas de ELLAS, y hacerles creer a ellos, que ya habían hecho su parte.

No pretendo, en ninguna manera, convertirme en adalid de la defensa del ministerio de la mujer, solo animar a cambiar o seguir cambiando nuestra manera de ver las cosas, en las iglesias y en nuestra propia institución que goza ya de más de medio siglo de recorrido, para lo que habrá que empezar por cambiar en nuestro propio interior, cambiar nuestras rutinas y protocolos. Ciertamente, mucho hemos avanzado en este campo, nuestras iglesias se ven enriquecidas con ministerios femeninos muy productivos y enriquecedores incluyendo el pastorado, nuestros departamentos participados e incluso dirigidos por hermanas bendecidas por el Señor con ministerios exitosos, etc. pero aun podemos avanzar en muchos otros aspectos sensibles que muchas veces pasamos fácilmente por alto. Gracias a Dios, ya no hay trabas; solo nos quedan inercias.

Reconozcamos a las que se nos han ido, a las que se nos van, como lo hacemos con nuestros varones. Reafirmemos su papel en general en los avances de la obra de Dios. Lo que escribo no es un reproche a nadie ni a nada, solo una voz que suena. Todos conocemos casos de esposas de pastores nuestros que sufren la enfermedad en silencio, situaciones duras difíciles de llevar, pero ahí están, como se suele decir, “al pie del cañón”, en la dura batalla de la fe, mayormente al lado de sus maridos, y algunas veces detrás, aunque espero que este estar detrás no sea por imposición de nadie sino por libre elección y convicción, una manera de estar al lado. Pero no las obviemos, prestémosles la atención debida y reconozcamos su valor e importancia mientras se cuentan entre nosotros.

Gracias te damos, Señor, por ELLAS. Ayúdanos a ser justos con ELLAS


Jose Mª Baena

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