El Escudo

Todos sabemos que la familia perfecta no existe ¿verdad? Entonces, ¿por qué nos esforzamos tanto para que por lo menos lo parezca?

Posiblemente queremos ser un referente para los demás, queremos ser un ejemplo que influya de manera positiva a todos aquellos a los que servimos desde nuestra posición ministerial, y probablemente porque queremos agradar a Dios, y que su Reino se manifieste de lleno, según su plan, en nuestro hogar. Esto es bueno.

Pero a veces, la preocupación de ser (o parecer) esa familia ejemplar aumenta, hasta tal punto que lo que puedan pensar los demás opaca muchas veces las necesidades reales de tu familia.

Por un tiempo todo parece estar bajo control. Estás sembrando cristianamente lo correcto y recibiendo el fruto de todo ello. Das y recibes lo que esperas recibir. Todo va bien. Dios te está bendiciendo, lo estás haciendo genial. Hasta que, de repente, empiezan a pasar cosas raras e inesperadas que no puedes controlar.

La prueba llega, también las tentaciones, la enfermedad o el burn out. Siempre lo supiste, que algún día pasaría, incluso oraste para que cuando esas tempestades arrecieran sobre el tejado de tu hogar supieras cómo obrar correctamente. «No pasará nada, me mantendré firme porque Dios estará conmigo», te decías, pero ahora, en mitad de la tormenta de la confusión y el dolor, te preguntas: ¿Dónde está Dios en todo esto? ¿Por qué me siento tan solo y desamparado? No soy digno.

Y tal como temías, el peso del juicio, el propio y el ajeno, cae pesadamente sobre tu espalda como cabeza del hogar y del ministerio.

Tu familia está ahora frente a un pelotón de fusilamiento. ¿Quién caerá primero?   Sientes que mereces esos disparos, porque realmente erraste, lo has hecho fatal, es tu culpa, pero también los culpas a ellos, a tu esposa y a tus hijos, por no haber sabido dar la talla, por haber sido tan débiles, por haberse dejado engañar, porque no te hicieron caso, por ser tan imperfectos…

Los fusiles están cargados, en cualquier momento esperas escuchar la palabra ¡fuego!  y todo habrá terminado. Inesperadamente alguien grita: «¡Corred si queréis vivir!»

Decides que sí, que quieres vivir, y, además, toda la vida, con ellos, con tu familia, porque te importan, porque los amas, porque son tu vida entera, porque todo lo demás ya te da igual.

Os tomáis de las manos y empezáis a correr. Las balas silban en el aire, rozando vuestras cabezas. Tu esposa cae de repente, le han dado, está herida, la coges en brazos y seguís corriendo. Tu hijo mayor carga al más pequeño, «¡Papá, no puedo más, me rindo!» «¡Sigue, no te pares cariño!» Pero es tarde, ya se ha rendido, y cae llorando sobre sus rodillas junto con su hermano al suelo. Una bala se dirige directamente a su cabeza, pero su trayectoria es interrumpida al chocar contra metal, contra un escudo, que no sabes cómo ni de dónde ha salido, pero allí está, en tu mano, y tú, no eres el capitán América.

Todo está en silencio, solo se escucha el viento arrastrando a su antojo las hojas caídas de los árboles. No hay pelotón de fusilamiento, y solo los casquillos de las balas sobre la tierra dan testimonio de que todo ha sido real. Levantas la cabeza y observas a tu familia, tendida en el suelo. Tu esposa se tapa la herida de la pierna con las manos, tus dos hijos han pasado del llanto a un profundo sollozo. Dejas el escudo a un lado, te acercas a ellos, los abrazas y lloras.

A lo lejos se escucha el ruido de unas hélices. Se acerca un helicóptero de salvamento. Antes de que aterrice del todo, se abre una puerta y un brazo asoma, extendiéndose hacia vosotros, con la mano abierta.  «He venido para daros vida, y vida abundante.» Y asomando la cabeza, resplandeciente como el oro, aquel hombre te mira a los ojos, ahora ya le has reconocido, y te dice (también a ti, querido lector):

«No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.

 He aquí que todos los que se enojan contra ti serán avergonzados y confundidos; serán como nada y perecerán los que contienden contigo.

 Buscarás a los que tienen contienda contigo, y no los hallarás; serán como nada, y como cosa que no es, aquellos que te hacen la guerra.

Porque yo Jehová soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo». (Isaías 41:10-13)

Sin vacilar, le respondes: gracias por el escudo.

«Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego de maligno». (Efesios 6:16)


Belén Lechuga

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