El debate tecnológico

No es un debate nuevo, ni mucho menos, pero la abrupta irrupción en 2020 (año mágico) de un virus invisible en la vida cotidiana, tranquila para muchos y ya imposible para otros, nos ha planteado de pronto unos desafíos extraordinarios que nos han obligado, prácticamente sin alternativa, a recurrir a las tecnologías disponibles en la actualidad para poder cubrir las áreas de ministerio que las iglesias habíamos desarrollado y hemos de seguir desarrollando en el medio en el que vivimos.

La situación, por lo dramática y general que ha sido y aún es, ha levantado el viejo debate de si el uso de determinadas tecnologías es bueno o malo y si además debemos rendirnos a ellas y alterar la estructura y el funcionamiento de nuestras iglesias, etc. No se trata, pues, de “tecnología, SÍ” o “tecnología, NO”, sino de cómo nos adaptamos y nos servimos de ellas de la manera más provechosa posible.

Surge la pregunta fácil que tantas veces nos hacemos los muy “bíblicos”: ¿dicen algo las Escrituras sobre las tecnologías? ¿nos ayudará la Biblia a resolver la cuestión? Todavía me acuerdo del debate sobre si “tele, SÍ” o “tele, NO”, y cuando la norma para muchos —no estoy exagerando ni inventando nada— era romper las teles con un martillo, acción, por cierto, peligrosa para la integridad física de quienes optaran por llevarla a efecto. Ahora, los “teleclastas” (gr. klestos—el que rompe), o están ya con el Señor, o tienen todos pantalla plana mega-pulgadas en casa.

Siguiendo con las preguntas, si echamos manos de la regla hermenéutica de la primera mención, la primera referencia que se hace en las Escrituras a la tecnología es la siguiente:

“Jabal, el cual fue padre de los que habitan en tiendas y crían ganados… Jubal, el cual fue padre de todos los que tocan arpa y flauta… Tubal-caín, artífice de toda obra de bronce y de hierro” (Gé. 4:20-22). Como en tantos otros asuntos el texto bíblico es solo descriptivo, sin connotación moral alguna.

El diccionario de la Real Academia de la lengua española define la palabra tecnología como “conjunto de los instrumentos y procedimientos industriales de un determinado sector o producto”. Las tiendas de campaña, los instrumentos musicales y “toda obra de bronce y hierro” constituían la tecnología artesanal básica propia de aquellos tiempos. Se trata del producto del desarrollo de la inteligencia humana para mejorar las condiciones de vida de los habitantes del planeta, y partiendo de allí ha llegado a hasta nuestros días.

Siguiendo en las Escrituras, en el Nuevo Testamento, vemos que Jesús utilizó los medios tecnológicos a su disposición, por muy básicos que podamos considerarlos. Él mismo era un profesional de las tecnologías de la construcción, porque su oficio, traducido como carpintero (gr. tekton), era el del constructor que hace estructuras de madera para las casas. Usaba sandalias, vasijas de barro o cerámica y las herramientas propias del carpintero—constructor: sierras, escoplos, gubias y formones, plomada, etc.; incluso se servía de la barca de sus discípulos para, desde ella, hacerse oír. Seguramente, si su ministerio hubiera ocurrido en nuestros tiempos habría utilizado la megafonía, la radio, la televisión y cualquier medio a su alcance para proclamar su mensaje. Seguramente, para que se cumpla la profecía de que “todo ojo le verá” en su segunda venida hará uso de la televisión y las redes sociales o de cualquier otro medio que lo permita cuando llegue el caso.

El pasado siglo XX ha sido testigo del pleno desarrollo de la industria automovilística, de la aeronáutica, la radio, la televisión, la telefonía y las comunicaciones, de las energías y sus diversas fuentes, de la medicina y de los transportes, incluida la llegada del hombre a la luna—regresando después a la tierra, que no es poco. Ya se está proyectando su llegada a Marte. Dicen que muchos de los avances tecnológicos de los que disfrutamos hoy tienen su origen en la industria militar que, en su búsqueda acelerada por encontrar medios de destrucción más potentes y eficaces, ha ido descubriendo efectos “colaterales” más beneficiosos que se han trasladado a la sociedad civil para su aprovechamiento pacífico y constructivo —a la vez que remunerativo— de modo que compense los gastos. También la carrera espacial ha contribuido a ello. Si dispones de unos cuantos milloncitos puedes incluso hacer turismo estratosférico.

Dicho todo esto, no cabe duda de que muchos de los logros tecnológicos acumulados, y sobre todo tras su desarrollo exponencial desde principios de este siglo XXI en el que estamos, suscitan y plantean problemas de índole ética y moral, quizá no tanto por el propio producto o logro tecnológico en sí, sino por su utilización tanto individualizada como masiva, y por las repercusiones que su uso pueda tener en la vida de las personas. No se nos escapa a nadie que, cuanto más tecnificados estamos, más dependientes somos, más inútiles y más manipulables, a la vez que nuestra alienación (idiotización) también crece.

El problema, por tanto, no está en la tecnología misma, sino en cómo la usamos y el lugar que ocupa en nuestra cosmovisión, porque el peligro está en que nuestra confianza y seguridad, nuestra fe, dependa de los medios tecnológicos de los que disponemos —o carecemos— y no del Espíritu Santo. Esto, aunque suene imposible a oídos cristianos, no es tan difícil que suceda. La gente no se va a convertir por la potencia y calidad de nuestro sistema de megafonía, o la versatilidad de nuestra iluminación efectista, o porque estemos a la última en todo nuestro instrumental. Todo eso está muy bien, pero nada puede sustituir al Espíritu Santo que es quien da testimonio de la verdad, de Cristo, y el que convierte y transforma los corazones y las vidas. ¿Es esa nuestra fe real, aplicada?

Como pastor veo la frustración que a veces muestran algunos colaboradores porque no tenemos “lo mejor de lo mejor” ni “la última G” en muchas de estas áreas. Los medios tecnológicos dependen de cada época y lugar, y son valiosos, pero nunca han sido determinantes para la conversión de las personas. Evidentemente, desde la invención de la imprenta, avance de valor incalculable para la humanidad y cuyo papel fue importantísimo para la difusión de las ideas reformadas y de las propias Escrituras, mucho han contribuido todos estos avances a la difusión del evangelio. Pero Jesús y los apóstoles carecieron de todos ellos y su labor y servicio fueron eficaces. No estoy propiciando el regreso a aquellos tiempos, desde el punto de vista tecnológico, cuidado; hemos de ser gente de nuestro tiempo.

Las redes sociales, por ejemplo, son hoy un medio valiosísimo para este fin. Gracias a las tecnologías, el cierre de nuestras iglesias durante la pandemia y sus efectos que todavía duran, no han sido fatales y nos han permitido y siguen permitiendo mantener a nuestras iglesias unidas, aunque no sin ciertos ajustes, claro. Pero no podemos dejar de considerar también los peligros que ello comporta, pues algunos se acomodarán a un modelo menos comprometido, más impersonal, más abstracto, y ciertamente muy cómodo, escondido y resguardado en la privacidad del propio hogar. Otros, como he sugerido antes, creerán que todo depende de las tecnologías y no tanto de Dios, con el consiguiente debilitamiento de su fe; y otros, por desgracia, se servirán inadecuadamente de esos medios que ofrece la tecnología para sus fines equivocados.

Nuestro papel es el de equilibrar las cosas, de modo que, haciendo una utilización racional, equilibrada y espiritual de la tecnología y sus logros, seamos capaces de ponerla al servicio de la obra que el Señor nos ha encomendado, del ministerio en su más amplia manifestación, es decir, la evangelización, la pastoral, la adoración —el culto—, la enseñanza, la acción social, etc. y nunca al revés. En otras palabras, sometiendo toda esa actividad propia de la iglesia al servicio de las tecnologías; no debe de haber servidumbre en ese sentido.

Seamos además conscientes de que mucha de esa tecnología será utilizada por el maligno para el control de las conciencias y las vidas de las personas. No caigamos en sus trampas, seamos precavidos con nuestra intimidad y nuestra libertad personal, no nos creamos todo lo que circula por ahí, ni contribuyamos a difundir sus mentiras. El sistema del anticristo se fundamentará en el control absoluto de las personas por medios tecnológicos ya disponibles al día de hoy y que se irán perfeccionando, generalizando e implantando a medida que el tiempo avance.

Que el Señor nos dé sabiduría para ser hombres, mujeres e iglesias de nuestro tiempo, pero prudentes y entendidos precisamente de cuáles son estos tiempos. Usemos las tecnologías, pero no olvidemos que nuestra guía es el Espíritu Santo y no un GPS cualquiera que nos indique lo que debemos o no debemos hacer. Más de una vez me he visto perdido y atascado en algún lugar inhóspito por dejarme llevar por la guía por satélite de mi automóvil, sistema que uso habitualmente para no despistarme, pero al que no concedo la virtud de la infalibilidad. Sólo la palabra de Dios es infalible.

Amén.


Jose Mª Baena

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