La cucharilla que estremeció al mundo

Que el coronavirus es un «bicho» extremadamente pequeño es algo que todos hemos asumido hace tiempo, pero ahora nos es posible adquirir una conciencia más clara de lo pequeño que es; Matt Parker, un matemático, ha realizado un estudio, publicado en el Daily Mail, en el que ha calculado que hay, en el planeta, 3,3 millones de billones de células de este coronavirus; una inmensa cantidad que, sin embargo, reunida en un solo lugar, apenas si ocuparía el equivalente a 8 ml, ¡una cucharilla y media de café!

Casi 55 millones de contagiados, mas de 1,3 millones de muertos en el mundo; en nuestro país cerca de 1,5 millones de contagiados y más de 40.000 fallecidos; la economía mundial al borde de la ruina, de la española mejor ni hablemos; hemos tenido que renunciar a movernos libremente, incluso al café con amigos; los sistemas sanitarios están sobrecargados y al borde del colapso. Todo por algo que solo abulta ¡¡una cucharilla y media de café!!

Resulta paradójico que para eliminar ese volumen de virus, será necesario movilizar a miles de personas, producir toneladas de una vacuna que ayudará a protegernos de tan minúsculo agresor.

Realmente somos muy frágiles, cuando algo tan pequeño ha logrado ponernos de rodillas.

El caso es que creo que nosotros, los cristianos, ya deberíamos ser conscientes de ello, a fin de cuentas el pecado es muy similar al COVID-19. No hace falta una gran cantidad para echar a perder nuestras vidas.

Pablo nos advierte en Gálatas 5:9 «un poco de levadura leuda toda la masa». El pecado no es un coronavirus, pero la Palabra nos deja claro que su tasa letal es inmensamente mayor, termina con la muerte del 100% de los «infectados»; y desgraciadamente, el indice de infección es del 100% de los seres humanos.

En volumen físico, el pecado no ocupa espacio, pero sus efectos sobre la humanidad no han cesado ni un momento desde el Edén. Resulta imposible calcular la cantidad de víctimas que ha dejado hasta ahora, y estremece pensar en las que aún puede causar entre los casi 8.000 millones de seres humanos sobre el planeta.

La vacuna está ya disponible para aquellos que la necesitan, se trata de un remedio mono dosis que elimina la infección y salva al enfermo: creer en Jesús.

Nos preocupa mucho que llegue cuanto antes la vacuna contra el COVID, entonces todos los sistemas de salud del mundo se aplicarán a la vacunación.

Entretanto, millones seguirán muriendo sin usar la única vacuna que les garantiza una vida que de verdad no termina nunca.

Debemos recordar que nosotros, la iglesia, somos el sistema de salud que Dios dispuso para vacunar a este mundo contra la peor pandemia que ha sufrido y sufrirá jamás.

¿Comprendemos de verdad la urgencia de nuestra misión?

Quizás toda esta situación debamos considerarla también una llamada de atención a ocupar el lugar que nos corresponde como medio de sanidad para este mundo.


Xesús M. Vilas Brandón

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