Tiempo de Compensación

Iniciando el año 2022, la cuesta de enero se prevé bien escarpada y vertiginosa. Todas las previsiones apuntan a que nos queda un largo camino por recorrer durante los próximos años para recuperar el innumerable reguero de pérdidas de toda índole tras casi dos años de pandemia.

Para poder abordar un futuro con esperanza, debemos asumir que este tiempo de pandemia, además de hacernos sufrir una crisis de consecuencias múltiples, ha manifestado la realidad de una seria profunda crisis espiritual. Por tanto, como paso inicial para una recuperación sostenible y saludable, es imprescindible el arrepentimiento; volvernos a Dios y dejar atrás nuestras motivaciones egoístas y toda conducta corrupta, ajena a la justicia divina y a la equidad. Por más difícil que resulte entenderlo y, al mismo tiempo, al margen de toda interpretación “condenatoria” de la Escritura, en última instancia, no podemos ignorar que la pandemia es una maldición y, por consiguiente, propia del pecado que ha ocasionado la quiebra del orden cósmico y biológico, así como la propia alteración de la naturaleza (comp. Proverbios 26:2). 

Pero, considerando la realidad descrita, podemos y debemos echar mano de la esperanza que nos abre la perspectiva de un nuevo tiempo propiciado por la misericordia y el perdón del Señor. Esta esperanza se sustenta por la promesa que Dios nos anuncia: “yo os restituiré los años” (Joel 2:25). 

Es interesante que, en este texto tan pentecostal del profeta Joel y reiterado por el apóstol Pedro, el derramamiento del Espíritu Santo se relaciona directamente con la compensación de los años perdidos. Dios no está prometiendo que se nos devolverá todo lo que hemos perdido, pero sí nos compensará el tiempo de cosechas perdidas. Es decir, que todo lo que se perdió en vidas humanas, en bienes materiales, en la salud y en lo referido a sueños frustrados es parte del pasado y, en gran medida, no podremos recuperarlo. Sin embargo, la esperanza de la restitución nos ubica en la expectativa de que viene un nuevo tiempo de oportunidad en el que el Espíritu se derramará sobre nuestra tierra la lluvia otoñal y primaveral para hacerla fructificar profusamente. Sin duda, lo que Dios nos está anunciando es la llegada de una temporada en la que la bendición de Dios impactará nuestra vida y nuestra tierra para llevarnos a superar el pasado y a disfrutar la compensación de los años perdidos por la crisis. 

Toca, por tanto, en este invierno que estamos atravesando, y basados en la promesa de Joel, dejando atrás la añoranza por los años perdidos, echar mano de la fe que nos llevará a escoger la mejor semilla, la que determinará nuestra cosecha, nuestro destino predilecto… porque ha llegado el tiempo de plantar lo que se quiere (Eclesiastés 3:2). Determinemos, por tanto, a dónde queremos llegar y no desfallezcamos en hacer lo correcto, de trabajar para el Espíritu (Gálatas 6:8,9), de sembrar con generosidad (2ª Corintios 9:6) porque, sin duda, Dios volverá a hacerlo de nuevo, como al principio, los cielos se abrirán y su bendición será tan bendecida que la nueva temporada de Dios compensará con creces los años perdidos. Recuerda que con Dios nunca se pierde, que no prevalecerá la burla y la vergüenza porque siempre lo mejor está por delante y que, sobre todo, la pérdida temporal jamás invalidará la esperanza eterna.

Así que, si bien es verdad que enero pone muy cuesta arriba muchos de nuestros proyectos, entre lo cuales está nuestro XVII Congreso ADE ¡Hazlo de Nuevo!, también es cierto que nuestra esperanza propia de los hijos de Dios, nos llevará superar cualquier crisis presente y futura, transitaremos un camino sin retorno convencidos de que volveremos a cruzar un nuevo “mar rojo”, cualquier “Jordán” que se precie y todo “desierto” inhóspito que se interponga hacia nuestro destino convencidos de que, para este momento de la historia que nos toca vivir, Dios responderá a nuestro anhelo y clamor: Espíritu Santo, ¡Hazlo de Nuevo! (Isaías 43:19).

El mayor Regalo

Quizás muchos de nosotros aún estemos con los últimos preparativos para la noche de hoy y el día de mañana. Quizás estemos ultimando las compras de comida e incluso alguno ha dejado la compra de los regalos para el último momento.

Muchos estaremos viajando para reunirnos con los familiares que tengamos más cerca para poder estar juntos en estos días. Y, quizás nuestras horas, llenas de preparativos, estén también llenas de estrés y de correr de un lado para otro; sin evitar que también estén llenas de ganas de volvernos a ver.

Este año, continúa siendo diferente, la pandemia sigue en auge, y aunque muchos sí tendremos la oportunidad de ver a algunos de nuestros familiares en persona—el resto a través de la pantalla, otros estaremos lejos. Muchos de nosotros hemos perdido seres queridos a lo largo del año, incluso muy recientemente, y el hueco que han dejado en la mesa y en nuestros corazones, será más latente durante las celebraciones.

La ilusión, aunque precavida se respira en el ambiente, un optimismo moderado con la expectativa de lo que traerán estos días y en especial el nuevo año.

Sin embargo, entre tanto preparativo, viaje, familiar, comida y regalo, ¿cuántos de nosotros nos hemos parado a pensar realmente en lo que nos trae la Navidad? Muchos nos conocemos la retahíla, la teoría del significado de estas fechas, lo que celebramos, es decir, el nacimiento de Jesús, pero ¿cuántos de nosotros realmente apartamos un tiempo para comprender, estudiar y agradecer a Dios su inmenso regalo?

Todos hemos hecho nuestra lista, todos tenemos nuestros deseos—incluso aquellos que se exceden de los precios acordados para los regalos. En nuestra familia, somos muy particulares, cada uno es tan distinto, que hace años que hacemos el amigo invisible con una lista exacta de regalos, y de ahí elegimos lo que queremos regalar, de ese modo, estamos seguros de que siempre acertaremos y nuestro amigo invisible estará feliz con su regalo.

¿Pero y qué del regalo más grande que recibimos hace más de dos mil años y seguimos recibiendo cada día? ¿Realmente lo valoramos?  ¿O, es algo en lo que pensamos momentáneamente, quizás incluso damos las gracias y luego continuamos como si nada? Es tan fácil caer en ello, creo que nadie se libra de haberlo hecho alguna vez… 

Imaginad conmigo este breve repaso de lo que sucedió hace varios miles de años, mucho antes de que incluso naciera Jesús.

Adán y Eva estaban en el Edén, todo era bueno y perfecto, sin embargo, se dejaron engañar y acabaron siendo echados del paraíso (Génesis 3). Sin embargo, Dios amaba profundamente a la humanidad y no los abandonó, les dio jueces, sacerdotes, y profetas, diferentes maneras de poder acercarse a él y conocerlo. Pero nada era igual, él quería restaurar su relación con el ser humano, y desde el momento que Adán y Eva fueron echados, él decidió que, en el momento justo, bajaría a la Tierra, se haría como uno de nosotros para darnos a conocer al Padre de una manera más personal, y que finalmente moriría por nosotros para restaurar esa relación y darnos acceso directo a él.

Vemos muchas profecías que hablan de su venida siglos antes de que ocurriera, las más conocidas se encuentran en Isaías capítulo 7 y versículo 14 “’Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.”, y en el capítulo 9, versículos 6: “’Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.”. 

Promesas que podemos ver cumplidas en Lucas capítulos 1 y 2, y en Mateo capítulos 1 y 2.

Jesús no simplemente nació, si no que nació para darnos libertad, sanidad, salvación y vida en abundancia y eterna, a través de su muerte y resurrección.

El mayor regalo de Dios fue por su amor infinito hacia nosotros, como podemos comprobar en Juan 3:16 “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su hijo unigénito para que todo aquel que en el cree no se pierda más tenga vida eterna”.

Por lo que el mayor regalo que Dios nos dio no es sólo de un día, que celebramos en Navidad, aunque sabemos que la fecha no es exacta, si no que para la eternidad. ¿Cómo no estar agradecidos por él? ¿Cómo no apartar un tiempo para celebrar al Dios que nos dio vida y nos salvó?

La “navidad” no debe quedarse sólo en estas fechas. Por supuesto que es maravilloso poder ver a la familia, compartir tiempo juntos y mostrarnos nuestro amor con regalos, canciones y juegos. Sin embargo, cuando todo se queda en algo superficial, en estrés porque hay que gastar dinero, correr de un lado para otro y sólo tenemos obligaciones, y sólo recordamos que Jesús nació porque ponemos el Belén en casa como decoración, algo claramente está fallando.

Deseo que este año podemos todos pasar un tiempo dando gracias a Dios por su infinito amor y misericordia, que podamos recordar lo que realmente significan estos días, y que Dios nos permita poder compartir el evangelio con nuestros familiares que aún no le conocen. Al fin y al cabo, ¿qué mayor regalo podemos compartir con nuestros familiares?


Betsabé Pulido Casla

Y los sueños, sueños son.

¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

“La vida es sueño” Calderón de la Barca

Así acababa su monólogo Segismundo. Pensando que toda la vida es sueño y que todo es una quimera, una ilusión. 

A lo largo de la historia, muchos han hablado de sueños. Personajes, libros e historias nos recuerdan que anhelamos proyectos y metas para nuestra vida. 

Martín L. King comenzó su gran discurso diciendo “yo tengo un sueño”.

Partiendo de la base de que no es lo mismo tener “un sueño” que “tener sueño”, digamos que todos los seres humanos tenemos sueños que queremos cumplir.

Pero cuando me pregunto cuáles son mis sueños, me doy cuenta cada vez más, que quiero que estén alineados con los de Dios para mi vida.

Segismundo tiene una lucha entre lo que estaba predestinado para él—ser un malvado rey—o poder vivir en la libertad de ser un rey bueno. ¡Difícil dilema para el pobre muchacho! Así vivimos, en esa lucha dualista hasta que conocemos a Dios. 

El Señor ya puso obras de antemano para que anduviésemos en ellas. (Efesios 2:10). Somos hechura suya, la palabra en griego es poema, así que pensemos que somos la obra de arte de Dios. Él puso esmero en crearnos, porque éramos su sueño. Y nos creó con un propósito, para buenas obras, obras que El ya preparó para que camináramos hacia y por ellas.

Si leemos la Biblia de principio a fin veremos qué, doctrinas aparte, es un compendio de historias de hombres, mujeres y pueblos que mientras lucharon por sus sueños egoístas todo les fue mal, pero cuando decidieron luchar por los sueños de Dios la cosa cambió totalmente. Se hicieron reyes, conquistaron tierras, vencieron gigantes, abrieron mares, anduvieron por encima del mar, sanaron enfermos y echaron fuera demonios.

Leí estos días que los japoneses hacen una siesta llamada “enemuri”, que significa ‘presente mientras duermes,’ reforzando la idea de que trabajas tantas horas que necesitas descansar unos minutos. Pero tan sólo reposando tu cabeza en tu mesa de trabajo. Es un símbolo de ser buen trabajador y responsable. Pero esto no es sano ni para la mente ni para el cuerpo. No puedes trabajar sin parar y descansar unos breves minutos. ¡Eso no es vida!

Pero en la vorágine de consumismo, nos metemos en vidas que no paran y en las que sólo nos tomamos un leve respiro para seguir. Es por eso por lo que se consumen miles de libros de autoayuda y mindfulness, porque queremos que algo alivie la presión de no poder conseguir nuestros sueños. Algo que nos dé un poco de paz mental y al/a nuestra alma.

Sin embargo, Dios nos está diciendo todo el tiempo: respira, tienes mi aliento, fue con el que te di vida, fue lo que soplé sobre ti. Y es ahí donde está el milagro diario del creyente. El milagro de que aun estando en un mundo hostil, muy hostil a nosotros, podemos vivir en paz. Porque nuestros sueños son los de Dios y en Él todo es posible, todo es cambiable, todo está lleno de esperanza. No que entremos en un nirvana de no sentir y no desear, sino en una vida con propósito.

El sueño de Ester no fue casarse con un rey sanguinario, pero con ello salvó a su pueblo; ni el de José ser vendido por sus hermanos, pero eso le llevó a ser segundo después de faraón, y así podríamos seguir indefinidamente.

Ahora nos toca a nosotros decidir, o vivir en un enemuri constante para conseguir algo que jamás disfrutaremos o dejarnos llevar por los sueños que Dios tiene para nosotros.

El Señor ya nos ha prometido (salmo 126), que seremos como los que sueñan. Él nos saca del cautiverio llenándonos de risa y alabanza. Y sólo entonces el mundo dirá, “grandes cosas ha hecho Dios con estos” y nosotros diremos “grandes cosas ha hecho Dios con nosotros” y por todo ello estaremos alegres y le daremos una alabanza perpetua al único dador de hermosos sueños.

Cuestión de Diseño

Mi formación profesional tiene que ver con el diseño. Estudié en un Escuela de Artes Aplicadas, y mi profesor de la asignatura de “diseño de interiores” solía repetirnos una frase: “el diseño está condicionado por la función, y la función estará condicionada por vuestro diseño”. Quería transmitirnos una idea importante: nuestro trabajo como diseñadores debía servir a aquellos para quienes trabajábamos. Intentando adaptar nuestro diseño a sus necesidades, pero también deberíamos se claramente conscientes de que nuestros diseños determinarían en buena medida el uso y el disfrute de los espacios.

Recuerdo la primera vez que me encargaron un trabajo profesional, como me devané los sesos durante mucho tiempo, pensando cómo debería ser cada espacio, cómo se usaría, si seria o no útil, si satisfaría las necesidades de mis clientes. Le dediqué mucho esfuerzo, mucho trabajo; pensé muchísimo en ello, intentando desarrollar una distribución y unas utilidades que se acercaran, según mis conocimientos, a la perfección. Cuando terminé el proyecto y lo entregué al cliente estaba muy satisfecho, y el también estaba muy contento.

Hicimos la obra de acuerdo a todo lo que había diseñado, y el día de la inauguración del local no entraba en mí de gozo; todo funcionaba a la perfección, tal y como lo había imaginado y diseñado.

Unos meses después volví a visitar el negocio. Habían destrozado lo que yo consideraba un diseño perfecto, las cajas invadían ciertas zonas de paso entre la cocina y la sala, los baños se habían convertido en almacenes por acumulación de productos, habían modificado la ubicación de las mesas dificultando el flujo de entrada y salida del local, y los camareros tenían verdaderas dificultades para atender a los clientes. Habían destrozado lo que era un buen diseño funcional al modificarlo sin pensar en cómo había sido diseñado originalmente. Y los resultados eran terribles.

En el campo de la sexualidad humana ha ocurrido algo similar, y los seres humanos ni nos hemos dado cuenta de ello. Es momento de que recordemos la importancia del diseño original de Dios respecto a este área.

En primer lugar, debemos reconocer que el sexo, las relaciones sexuales entre los seres humanos, son parte del diseño de la humanidad realizado por Dios. Dios mismo determinó como debe ser la vida sexual, las relaciones sexuales de la humanidad. ¡El sexo es un invento divino! Dios mismo nos creó con deseo sexual, y no solo eso, también pensó en la forma en la que ese deseo podía ser cubierto de forma plena y totalmente satisfactoria.

En segundo lugar, también es bueno que sepamos que, no hay nada malo, ni sucio dentro del diseño de Dios de la sexualidad. Debemos sacar de nuestra mente la idea de que la sexualidad encierra en si misma algo oscuro, pecaminoso, desagradable a Dios o incorrecto; siempre que nos ajustemos a la forma original en la que fue diseñado, y en la que nos fue entregada por Dios.

El tercer asunto que debemos tener claro, es que no conviene en absoluto que nosotros, que no somos los creadores de la sexualidad, solo los destinados a disfrutarla, hagamos modificaciones en el diseño que nos ha sido entregado para nuestro uso y solaz. No somos los diseñadores, y lo más probable es que terminemos estropeando algo que ha sido creado perfecto y excelente; de hecho, así ha sucedido siempre en la historia de la sexualidad humana, cada vez que el ser humano ha decidido “innovar”, “mejorar” o “evolucionar” en este campo, el resultado ha sido siempre, cuando menos, cuestionable. 

Y por último, aunque seguro sería fácil añadir mucho más sobre el asunto, tener claro que la sexualidad humana es algo que, usada según su diseño original, agrada a Dios, y le agrada muchísimo; no en vano, tras crear al hombre y a la mujer, y después de pedirles que se multiplicasen, viendo lo que había creado, y que incluía la sexualidad, medio por el que el ser humano podía multiplicarse, no solo dijo que era bueno, como había dicho hasta ese momento del resto de la creación,  sino dijo que era “bueno en gran manera” (Gn. 1:31).

Recuerdo lo triste que me sentí al ver mi trabajo, en el que había puesto mi alma, deformado, estropeado, dañado y echado a perder por haberse salido de su diseño original; así que creo que, en alguna manera, puedo entender lo que Dios piensa cuando ve como los seres humanos estamos usando muy a menudo nuestra sexualidad. 

Dios ha diseñado nuestra sexualidad humana de una forma perfecta, disfrutémosla de forma perfecta, agradando también con ello a nuestro Dios, manteniendo el diseño que él nos ha dado, y que es más que suficiente para que podamos disfrutar de esa área de nuestro ser de forma plena, completa y satisfactoria. No hay nada malo en ello, al contrario, usada según su diseño original, no solo es bueno, es bueno en gran manera.


Xesús M. Vilas

Derecho de Libertad Religiosa

Justo acabamos de celebrar el día de la Constitución Española.

Me pregunto cuántos en España somos conscientes de que el derecho a la libertad religiosa, recogido en el artículo 16 de la CE, se encuentra dentro del Título Primero, en concreto en la Sección Primera del Capítulo Segundo, y creedme que no se trata de una frase sacada de la película Un día en la Ópera en boca de Groucho Marx.

No, esa específica ubicación del derecho de libertad religiosa dentro de nuestra Constitución garantiza que estamos hablando de un Derecho Fundamental de la persona, y que por lo tanto va a ser especialmente protegido por la ley; tanto que existe un procedimiento especial para proteger a las personas y confesiones religiosas si se sienten atacadas en el ejercicio de ese derecho fundamental.

Es lo que recientemente, y con motivo de las diferentes normativas de las comunidades autónomas en materia de desescalada por la pandemia de Covid, ha ocurrido con el Gobierno de Aragón, que en una de sus disposiciones normativas atacó el ejercicio del derecho a la libertad religiosa en los lugares de culto, llevando a FEREDE[1] a interponer la correspondiente reclamación judicial por vía del procedimiento especial para la protección de los derechos fundamentales del Título Primero, Capítulo Segundo, Sección Primera de la Constitución.

Por resumir la polémica, indicar que el Gobierno de Aragón prohibió el canto en los lugares de culto, siendo dicha prohibición contraria al ejercicio de la libertad religiosa, respondiendo el Tribunal Superior de Justicia de Aragón que: “A pesar de que tanto la demandada (el Gobierno de Aragón), como el Ministerio Fiscal, consideran que el canto es una parte accesoria del culto y su limitación por tanto no afecta a éste, este Tribunal no puede dudar de lo alegado por la Federación de entidades religiosas, pues son ellas las que precisamente en el ejercicio de su libertad religiosa, determinan cómo se desarrolla el culto y en qué medida es parte importante del mismo el canto de la congregación, de los fieles que se reúnen para el culto. De igual manera que no cuestionaríamos la eucaristía para los católicos, el ayuno para el islam o la fiesta del sábado para el judaísmo.

Celebro pues, este día de la Constitución Española reconociendo que los derechos y libertades fundamentales de la persona son dignos de protección y respeto por los poderes públicos, y si alguno así no lo hace, peleemos la buena batalla por ellos y, en concreto y por los que a quien escribe afecta, el derecho a la libertad religiosa.

Desde el centro de Andalucía, “salga el sol por Antequera y brote el agua por Fuente de Piedra”


Jesús Pedrosa

[1] Puedes consultar la noticia en el siguiente enlace: https://www.actualidadevangelica.es/index.php?option=com_content&view=article&id=13748:2021-11-24-16-49-19&catid=42:ferede

 

El Escudo

Todos sabemos que la familia perfecta no existe ¿verdad? Entonces, ¿por qué nos esforzamos tanto para que por lo menos lo parezca?

Posiblemente queremos ser un referente para los demás, queremos ser un ejemplo que influya de manera positiva a todos aquellos a los que servimos desde nuestra posición ministerial, y probablemente porque queremos agradar a Dios, y que su Reino se manifieste de lleno, según su plan, en nuestro hogar. Esto es bueno.

Pero a veces, la preocupación de ser (o parecer) esa familia ejemplar aumenta, hasta tal punto que lo que puedan pensar los demás opaca muchas veces las necesidades reales de tu familia.

Por un tiempo todo parece estar bajo control. Estás sembrando cristianamente lo correcto y recibiendo el fruto de todo ello. Das y recibes lo que esperas recibir. Todo va bien. Dios te está bendiciendo, lo estás haciendo genial. Hasta que, de repente, empiezan a pasar cosas raras e inesperadas que no puedes controlar.

La prueba llega, también las tentaciones, la enfermedad o el burn out. Siempre lo supiste, que algún día pasaría, incluso oraste para que cuando esas tempestades arrecieran sobre el tejado de tu hogar supieras cómo obrar correctamente. «No pasará nada, me mantendré firme porque Dios estará conmigo», te decías, pero ahora, en mitad de la tormenta de la confusión y el dolor, te preguntas: ¿Dónde está Dios en todo esto? ¿Por qué me siento tan solo y desamparado? No soy digno.

Y tal como temías, el peso del juicio, el propio y el ajeno, cae pesadamente sobre tu espalda como cabeza del hogar y del ministerio.

Tu familia está ahora frente a un pelotón de fusilamiento. ¿Quién caerá primero?   Sientes que mereces esos disparos, porque realmente erraste, lo has hecho fatal, es tu culpa, pero también los culpas a ellos, a tu esposa y a tus hijos, por no haber sabido dar la talla, por haber sido tan débiles, por haberse dejado engañar, porque no te hicieron caso, por ser tan imperfectos…

Los fusiles están cargados, en cualquier momento esperas escuchar la palabra ¡fuego!  y todo habrá terminado. Inesperadamente alguien grita: «¡Corred si queréis vivir!»

Decides que sí, que quieres vivir, y, además, toda la vida, con ellos, con tu familia, porque te importan, porque los amas, porque son tu vida entera, porque todo lo demás ya te da igual.

Os tomáis de las manos y empezáis a correr. Las balas silban en el aire, rozando vuestras cabezas. Tu esposa cae de repente, le han dado, está herida, la coges en brazos y seguís corriendo. Tu hijo mayor carga al más pequeño, «¡Papá, no puedo más, me rindo!» «¡Sigue, no te pares cariño!» Pero es tarde, ya se ha rendido, y cae llorando sobre sus rodillas junto con su hermano al suelo. Una bala se dirige directamente a su cabeza, pero su trayectoria es interrumpida al chocar contra metal, contra un escudo, que no sabes cómo ni de dónde ha salido, pero allí está, en tu mano, y tú, no eres el capitán América.

Todo está en silencio, solo se escucha el viento arrastrando a su antojo las hojas caídas de los árboles. No hay pelotón de fusilamiento, y solo los casquillos de las balas sobre la tierra dan testimonio de que todo ha sido real. Levantas la cabeza y observas a tu familia, tendida en el suelo. Tu esposa se tapa la herida de la pierna con las manos, tus dos hijos han pasado del llanto a un profundo sollozo. Dejas el escudo a un lado, te acercas a ellos, los abrazas y lloras.

A lo lejos se escucha el ruido de unas hélices. Se acerca un helicóptero de salvamento. Antes de que aterrice del todo, se abre una puerta y un brazo asoma, extendiéndose hacia vosotros, con la mano abierta.  «He venido para daros vida, y vida abundante.» Y asomando la cabeza, resplandeciente como el oro, aquel hombre te mira a los ojos, ahora ya le has reconocido, y te dice (también a ti, querido lector):

«No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.

 He aquí que todos los que se enojan contra ti serán avergonzados y confundidos; serán como nada y perecerán los que contienden contigo.

 Buscarás a los que tienen contienda contigo, y no los hallarás; serán como nada, y como cosa que no es, aquellos que te hacen la guerra.

Porque yo Jehová soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo». (Isaías 41:10-13)

Sin vacilar, le respondes: gracias por el escudo.

«Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego de maligno». (Efesios 6:16)


Belén Lechuga

Verdad exclusiva

El teólogo R.C. Sproul afirma con rotundidad: “Moisés podría mediar en la ley; Mahoma podría blandir una espada; Buda podría dar consejo personal; Confucio podría ofrecer dichos inteligentes; pero ninguno de estos hombres estaba calificado para ofrecer una expiación por los pecados del mundo… Solo Cristo es digno de devoción y servicio sin límite.” (R. C, 1991)

Por otro lado, Charles Templeton quien, tristemente, llegó a rechazar su fe cristiana consideraba una «suposición inaguantable» (Templeton, 1996), la exclusividad de la salvación del hombre por medio únicamente de Jesús. Templeton escribió:

Los cristianos son una pequeña minoría en el mundo. Aproximadamente cuatro de cada cinco personas en la faz de la tierra creen en otros dioses antes que en el Dios cristiano. Los más de cinco mil millones que viven en la tierra veneran o reverencian a más de trescientos dioses. Si uno incluye religiones animistas o tribuales, el número aumenta a más de tres mil. ¿Debemos creer que solo los cristianos están en lo cierto? (Templeton, 1996)

En el mundo actual del todo vale, de la modernidad líquida, de la autopercepción, de ser tolerantes con todos e inclusivos al hablar, vemos que el cristianismo levanta la bandera de la exclusividad frente al resto de religiones.

Lo cierto es que el cristianismo es inclusivo en su propuesta y oferta. Esto es una parte fundamental del evangelio. Pedro lo entendió al presentar el evangelio a un hombre gentil (no judío) y centurión (opresor). Afirmó que Dios no hacía acepción de personas (Hechos 10:44). En ese momento, el mensaje del evangelio rompió las barreras de lo digno e indigno, de lo puro e impuro a los ojos de las tradiciones culturales y religiosas.

Pablo apunta que en Cristo ya no hay diferencias de razas (judíos o gentiles), géneros (hombres o mujeres) o clases sociales (esclavos o libres), pues todos son uno en Cristo Jesús. Las separaciones racistas, sexistas y clasistas desaparecen ante la oferta y propuesta inclusiva del evangelio.

La cruz, piedra angular del mensaje cristiano, es la mayor expresión de la obra de Dios a favor de todos los hombres. Fue ahí, en la cruz, que Dios entregó a su Único Hijo para que todo aquel en él crea no se pierda mas tenga vida eterna. Todos sin acepción, distinción o excepción, pueden venir bajo la sombra de la cruz y encontrar salvación.

La iglesia, que nació en el día de Pentecostés, lo hizo como magistralmente expresó Moltmann, en las lenguas de todas las naciones (Moltmann, 1999). Las naciones que, por causa de la festividad, estaban presentes en Jerusalén. Dios no desaprovechó la oportunidad para alcanzarlas y hacerles llegar su propuesta de salvación. El resultado fue que la gran comisión se completó, al menos de manera representativa. Fue un ejemplo a la iglesia de lo que se debía y podía hacer en cuanto a la extensión e inclusión del reino de Dios por medio de la predicación del evangelio.

No obstante, esta inclusión no es a cualquier precio ni se realiza de manera inmediata o automática. Como cualquier propuesta, la oferta divina contiene ciertos términos y condiciones que deben ser aceptados por la otra parte involucrada, los seres humanos.

Debe realizarse un acuerdo de aceptación entre Dios y cada individuo si se quiere formar parte de ese grupo exclusivo de personas que tienen la verdad. La Biblia, en su original griego, usa los términos synthéké y diathéké para referirse a las palabras pacto o acuerdo. En su comentario bíblico W. Barclay del cap. 8 de la carta a los Hebreos expone:

La palabra griega para los usos normales de acuerdo es synthéké; por ejemplo, para un contrato o lazo matrimonial, o un acuerdo entre dos estados. Synthéké siempre se refiere a un acuerdo en términos iguales entre dos partes que están en un mismo nivel; pero entre Dios y el hombre no puede haber igualdad de condiciones. En el sentido bíblico del pacto, la iniciativa es por entera de Dios. El hombre no puede discutirle a Dios los términos del pacto; sólo puede aceptar o rechazar el ofrecimiento que Dios le hace. El ejemplo supremo de esta clase de acuerdo es el testamento. Las condiciones de una última voluntad o testamento no se acuerdan entre las dos partes, sino son decisión única del testador, y la otra parte no puede alterar las condiciones, sino solamente aceptar o rechazar la herencia que se le ofrece. Por eso se usa la palabra diathéké para describir nuestra relación con Dios, porque es la clase de pacto en el que sólo una de las partes es responsable de los términos. Esta relación se nos ofrece solamente por la iniciativa y la gracia de Dios. Los términos del pacto los ha fijado Él, y el hombre no puede modificarlos en lo más mínimo. (Barclay, 1994)

Justo esto es lo que hace que la verdad del evangelio sea exclusiva. No todo vale. Ni todas las ideas son iguales en importancia. El evangelio y la oferta divina no dejan lugar para otras opiniones o alternativas de salvación por más que el hombre las haya querido fabricar usando la religión, razón o tradición.

Para que la verdad sea verdad debe ser exclusiva, es decir, debe excluir el engaño, la mentira y todo aquello que sea falso. La lógica, filosofía y sentido común nos dicen que no es posible que todo sea verdad. De ser todo verdad, incluso la afirmación todo es mentira también sería verdadera y nos llevaría a una paradoja sin salida. La realidad es que los que afirman creer en todo o no creer en nada, son idénticos en su sistema de creencias en términos absolutos.

Para que exista la verdad debe entonces, de manera indefectible, existir la mentira. La verdad, por definición, es exclusiva y no es tolerante con el error. Que existan muchas religiones y verdades lo único que demuestra es que no todas pueden ser verdaderas. Josué Ferrer en su libro Por qué dejé de ser ateo nos ofrece un símil muy útil para entender esto:

El escritor ateísta Sebastian Faure defendió un argumento curioso. Él decía que hay muchas religiones. Y puesto que todas ellas (o la mayoría) presumen de tener al Dios auténtico y acusan de falsas a las divinidades de las demás religiones, se deduce que ninguno de sus dioses es real. Todo es un invento, una mera tomadura de pelo.

Este argumento es una falacia y con un simple símil futbolístico demostraré por qué. Hay periodistas, hay expertos en el deporte, entendidos en la materia, que afirman con rotundidad que el mejor futbolista de todos los tiempos es Pelé. Pero otros muchos dicen que es Diego Maradona. Y otros apuestan por Johann Cruyff, Alfredo Di Stéfano, Marco Van Basten, etc. ¿Significa esto que ninguno de ellos (o cualquier otro) es el mejor? ¿Que el mejor futbolista del mundo se llame como se llame, no existe sólo porque hay una disparidad de criterios? No, significa que el mejor futbolista sí existe, lo que no existe es consenso para dictaminar quién es. (Ferrer, 2009)

Que haya diferentes opiniones sobre la verdad no impide, en lo más mínimo que haya una sola verdad para todos, aunque no sea compartida por todos. Bajo el paraguas del relativismo, el hombre ha hecho de su verdad personal y subjetiva, las gafas con las contempla el mundo y la realidad. Pretendiendo ser tolerantes se han vueltos tiranos e intolerantes con los que no creen, como ellos, que no hay una verdad exclusiva y absoluta. Irónicamente, la afirmación todo es relativo y no hay verdades absolutas se fundamenta sobre el absoluto de que no hay verdades absolutas. Su propio razonamiento es contradictorio en su definición y se autodestruye desde la base. Nada sólido ni significativo se puede construir sobre ello.

Aunque no se quiera, es inevitable. Hay que escoger. Se tiene que tomar una decisión. Se debe elegir qué creer. Y solo hay dos opciones que se excluyen mutuamente, la verdad de Dios o la verdad de los hombres. Es triste observar como el hombre sin Dios se contempla a sí mismo como el producto de la materia, el tiempo y la casualidad, sin ningún tipo de significado presente o destino futuro. Este tipo de hombre se debe construir a sí mismo. Ya no hay referencia externa ni esencia previa ni verdad absoluta que lo guie. Por ende, el hombre es para sí mismo, como diría Jean Paul Sartre, figura principal del existencialismo tras la II Guerra Mundial; y esta construcción se hace como bien le parece a cada uno. (Sartre, 2009). Por otro lado, el hombre sensato, aunque le sea doloroso para su ego, optará por abandonar su propia construcción y verdad finita para abrazar la verdad eterna, pura y absoluta de Dios.

Cabe remarcar, que el cristianismo, expresado a través de la Palabra de Dios, no solo se enfrenta a los sistemas de creencias ateos y humanistas sino también a las otras religiones. El cristianismo excluye tanto la posibilidad de que Dios no exista como también el hecho de que las otras religiones sean verdaderas. En definitiva, el mensaje de Dios en la Biblia proclama con claridad que él existe y que existe como único y verdadero Dios. Y este mensaje es tanto inclusivo (un Dios para todos) como exclusivo (todos deben aceptarlo).

Hay ciertos aspectos que confieren al cristianismo su naturaleza diferencial con respecto a otras religiones. Estas distinciones tienen que ver con la encarnación del Hijo de Dios, su revelación y la salvación alcanzada para los hombres.

Josué Ferrer lo resume de esta manera:

Así, se dan tres grandes hechos diferenciales que hacen que el cristianismo sea una fe única: Jesús no se presentó a sí mismo como un hombre sino como Dios mismo encarnado; mientras en el resto de religiones han sido los humanos los que han tratado de buscar al Creador, en el cristianismo es Él quien busca y se muestra a sus criaturas a través de las revelaciones; y lo más importante de todo: al ser incapaces de salvar nuestro espíritu por méritos propios (insuficientes a los ojos de Dios), hemos de entregarnos a Jesús para que nos salve Él. (Ferrer, 2009)

En suma, hay muchas religiones y sectas aparentemente positivas pero que no lo son. «Hay camino que al hombre le parece derecho, pero su fin es camino de muerte» (Proverbios 14:12). No todos los caminos llevan a Dios. El único camino que lleva a Dios es Jesucristo porque por Él y para Él son todas las cosas. El único camino hacia el Señor es Cristo. «Jesús dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto» (Juan 14: 6-7). Por más insoportable que le sea a Templeton, la verdad siempre ha sido exclusiva y se halla en la persona y en el evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Lo fatalmente insoportable sería que no fuera así.


Fernando Ramirez De Arellano

 

Bibliografía

Barclay, W. (1994). Comentario al Nuevo Testamento, volumen 13-Hebreos. Terrasa: CLIE.
Ferrer, J. (2009). Por qué dejé de ser ateo. Pembroke Pines: Editorial Dinámica.
Moltmann, J. (1999). Spirit of Life: a universal affirmation. London: SCM.
C, S. (1991). Reason to Believe [Razón para creer]. Grand Rapids, MI.: Lamplighter Books.
Sartre, J. (2009). El existencialismo es un humanismo. Barcelona,: Edhasa.
Templeton, C. (1996). Farewell to God [Despedida a Dios],. Toronto: McClelland & Stewart.

Basura Matrimonial

Mi esposa y yo solemos trabajar mucho en nuestra congregación con los matrimonios. La formación conyugal que realizamos en la iglesia queda trabajada desde los cursos prematrimoniales, Cenas de Matrimonios, Retiros Matrimoniales y artículos mensuales insertados en nuestro Boletín mensual impreso. Y si hay algo que se repite en las problemáticas matrimoniales y que llega a ser objeto de crisis destructivas, es la ausencia de comunicación matrimonial o, podríamos decir, la incomunicación matrimonial.

La actuación de estos matrimonios está basada desde un punto de vista del “ego”, el “yo” más profundo que no deja salir el “nosotros”, aquel que se expresa bíblicamente desde la expresión “una sola carne” y que, precisamente favorece la incomunicación con nuestro “alter ego”, nuestro cónyuge. Todo ello provoca también nuestra frustración con la falta de comunicación.

En el último retiro de matrimonios, antes de la Pandemia, realizamos una dinámica denominada LA BASURA MATRIMONIAL como ejercicio personal e individual acerca de esas pequeñas, o no tan pequeñas, cosas que nos molestan de nuestro cónyuge. De manera anónima, y sin que este o esta pudiera visualizar lo que estaba escribiendo el uno del otro, ya que en estos casos es necesaria la libertad si queremos realmente expresar como nos sentimos. Se trataba de echar dichas molestias a la ‘basura’, para luego recogerlas nosotros, leerlas y de manera visual, como un ejercicio de aliento mental, animarles a deshacerse de esa BASURA que llega a ser maloliente dentro de un matrimonio, pues acaba pudriéndose y estropeando toda relación personal.

Con anterioridad a este ejercicio y de manera intencional, habíamos preparado otra dinámica llamada el ESCUDO FAMILIAR. En esta dinámica el matrimonio en una hoja con el típico escudo de armas familiar dividido en cuatro secciones debía dibujar lo que caracterizaba a cada familia como si de un blasón familiar se tratara. Sorprende el contraste entre ambas dinámicas pues mientras en esta primera del ESCUDO FAMILIAR, todas las parejas eran perfectas, con aspectos en común y “super” espirituales, en la dinámica de LA BASURA nos encontramos todo lo contrario. Nuestro matrimonio huele mal y nos esforzamos demasiado por demostrar al mundo el olor fragante a rosas, pero, sin embargo, la basura matrimonial es ciertamente terriblemente maloliente.

Es lógico ¿no?, ¿Quién cuando invita a alguien a su casa le muestra la basura?

Pero sin embargo es a través de la basura por la cual sabemos de qué se alimenta una familia, que facturas pagan, en general, una visión de que hay dentro… y esto lo expreso en analogía hacia el interior de los matrimonios.

Veamos pues que nos encontramos al analizar los datos de las familias asistentes:

Sorprendentemente los aspectos negativos de los matrimonios, las acusaciones que se hacían los unos a los otros, estaban basadas en estas cuatro áreas que debilitan al matrimonio y las cuales están ligadas entre sí, y si no se trabajan estas áreas de manera particular y las usamos de manera integral, frenaremos el avance de nuestros matrimonios generando que la basura aumente más y más sin que nadie se esfuerce por sacarla de la casa.

Hablamos de: La falta y/o la mala comunicación, el carácter, el tiempo, y los problemas; los cuales los podríamos dividir entre externos e internos.

Ahora bien, la mayoría de los problemas internos, externos, el mal carácter o la falta de tiempo, no puedes ser resueltos fácilmente porque no se ha llegado a ejercer una correcta comunicación en ninguno de estos aspectos. Y aunque de manera sistemática vamos a ir tratando cada aspecto general, vamos a tener que esforzarnos en trabajar primeramente nuestra comunicación. No podemos seguir acumulando y acumulando basura… esta se desbordará generando desavenencias, disputas, malas palabras, y crisis. Si no atajamos estas cosas desde la base, el edificio se derrumbará. Un matrimonio se construye desde el noviazgo y se deja de construir cuando uno de los dos, deja de existir, da igual la situación o la circunstancia, se requiere un trabajo continuo. Pablo compara la vida de un cristiano en su primera epístola a Timoteo con atletas, soldados, labradores… todos tienen una meta y para alcanzarla se requiere un esfuerzo y un trabajo por parte de cada uno. Si como pareja, cada uno de nosotros no ponemos de nuestra parte, lo único que estamos haciendo es dejar que sean otros aspectos los que lleguen a la meta y que nosotros, como una sola carne, no trabajamos para alcanzar las metas.

Antes de trabajar de manera más concreta vamos a poner una base conductual a nivel matrimonial para que después podamos terminar de construir o reconstruir nuestro matrimonio de manera más efectiva tratando los aspectos más específicos.

La mala y falta de comunicación. Muchos matrimonios no se sientan nunca hablar de sus problemas, pero la realidad comienza en su diario vivir cuando no son capaces de poder llevar una simple conversación o hablar y entenderse en los puntos más básicos de un matrimonio, como pueden ser gastos, decisiones o la educación y corrección de nuestros hijos. Sin una buena comunicación no puede llegar a tener un buen entendimiento y conocimiento de la pareja. El zoólogo Desmond Morris en su obra ‘Intimate Behavior’ sobre el establecimiento del vínculo íntimo o el trabajo del Dr. Donald Joy sobre lo que une a una pareja nos enseñan la importancia de uno de los pasos que se establece en la relación entre personas, y esto es el entablar conversación con nuestra pareja. Desde el momento que entablamos conversación básica con alguien, somos capaces de observarnos y analizarnos los unos a los otros. Esto provoca un mayor conocimiento mutuo y una mayor facilidad para el respeto entre ambos. Aunque el mayor conocimiento mutuo es usado usualmente como “arma arrojadiza” contra el otro, siendo esta actitud un factor exponencial de acritud y falta de confianza por parte del agredido. Ciertamente el corazón de la unión marital es el sistema de comunicación, por lo que la habilidad de comunicarse es una de las claves más fundamentales y esenciales para el crecimiento saludable de una relación matrimonial. Tanto si no nos comunicamos como si nos mal comunicamos, estamos comunicándonos de manera verbas y no verbal. Nos olvidamos de que usamos los cinco sentidos en la comunicación y que el hecho de no decir nada ya es comunicarse con el otro. Proverbios 15 nos muestra la necesidad de que la comunicación sea apacible, blanda, sabia y en su justa medida, al igual que en Efesios 4 de forma implícita, se nos habla de las actitudes que debemos tomar como cristianos con los demás y esto incluye también cuando nos comunicamos. Ciertamente sabemos que la lengua es un instrumento con el cual ofendemos muchas veces como expresa Santiago en su capítulo 3 y es necesario refrenarla, pero también es necesario aprender a usarla con una comunicación efectiva. Sentimientos, información de metas, desacuerdos, apoyo, ánimo, puede salir de nuestra comunicación, pero también debe salir silencio, aprendiendo a escuchar a nuestro o nuestra compañera de viaje. La comunicación no puede ser efectiva sino hay un receptor. Por lo que debemos aprender a ser emisores y también receptores en la ecuación de la comunicación, sin olvidar que hay muchos canales abiertos de comunicación entre los matrimonios y no sólo a través de las palabras, sino también de actitudes, gestos mientras escuchamos y atendemos.

El carácter. ¡Oh!, cuantas veces escucharé la expresión: “Es mi carácter”, como excusa ante la mala actitud personal. Muchos, mal aprenden y generan un carácter difícil, pero esto no es excusa para ningún tipo de comportamiento que provoque el no crecimiento y la no buena relación matrimonial. Me encanta Proverbios 6 desde el 16 al 19 y sobre todo cuando expresa que Dios aborrece la lengua mentirosa, la siembra de discordia y el corazón que maquina pensamientos inicuos pues revela el tipo de mal carácter que demostramos a nuestro cónyuge. Primero es librarnos y no reconocer nuestros errores antes que aplacar nuestro “ego”, “yo”, “carácter” … llámalo como desees, pero ciertamente las excusas “soy así” se verá desvelada pues acaba siendo descubierta la realidad, no hay un esfuerzo en amoldar y dominar nuestro carácter. Hay una tendencia matrimonial a querer cambiar a nuestros cónyuges y su carácter cuando lo que debemos hacer de manera personal e individual es amoldar nuestro carácter, dominarlo y aprovecharlo en positivo.

El tiempo. Esa expresión de Eclesiastes de “Todo tiene su tiempo”, parece que no sea una realidad en los tiempos que vivimos, pero si te analizas, ¿Cuánto tiempo dedicas a cosas insustanciales y cuanto a tu pareja y familia? Comunicarse correctamente, resolver problemas, aprender a dominar nuestro carácter, ciertamente requiere tiempo y dedicación, pero todo lo que sembramos requiere riego, preparación, poda y cuidados si queremos que crezca sano y saludable; y así ocurre con nuestro matrimonio. El tiempo que dedicamos también pude llegar a convertirse en rutina y la rutina puede ser de las pocas cosas que hagan desquebrajar de manera sutil la comunión matrimonial por lo que dedicar tiempo a salir de la rutina es un factor clave de felicidad conyugal.

Y nos queda por concretar:

Los problemas. La gran mayoría de las veces achacamos nuestras crisis, modos o maneras conyugales a los problemas internos (en la familia directa, espirituales, salud, hijos…) o en los problemas externos (problemas a nivel del resto de la familia, laboral, económicos…), si me dieran un euro cada vez que he oído expresiones tal cuales como “cuando tenga un mejor trabajo”, “cuando tenga un mejor horario”, “cuando tengamos más dinero”, “cuando pase esta o tal situación, problema, circunstancia”, “cuando…”  y ese “cuando” cuando llega es irremediablemente demasiado tarde para modificar actitudes, formas, maneras… y al final hemos generado un mayor problema. Recuerda que las circunstancias las confrontamos, las peleamos, pero debemos procurar que no se cuelen dentro de la familia. Estas se vuelven como esa piedrecita en el zapato que a pesar de ser pequeña parece gigante de la molestia que nos causa. Somos nosotros los que agrandamos y empequeñecemos a los problemas, y en gran medida dependerá de la relación espiritual que tengas con Dios. Eso no significa que no haya circunstancias terribles y dolorosas que pueden sobrevenir a las familias, como la muerte de un ser querido, enfermedades graves… ciertamente son como un terremoto o un volcán que parece arrasar con cuanto hay en medio, pero también es cierto que la actitud y la aptitud ante las circunstancias cambian mucho el panorama. “Todo lo puedo en Cristo, que me fortalece”, “venid a mi todos los que estáis cargados, cansados…” o cualquier otro versículo a aplicar a nuestra vida, se hace necesario, al igual que para tratar con la familia una correcta actitud (maneras correctas de obrar al respecto) y aptitud (capacidad y habilidad para realizarlo correctamente) y para ello requiere voluntad.

¿Tienes voluntad para cambiar la situación familiar?

Quiero hacerte un par de preguntas para que te auto respondas y comiences a poner buenas bases conyugales.

¿Cómo te comunicas con tu cónyuge? ¿Tienes que mejorar en algo tu comunicación?

¿Tu carácter influencia la comunicación? ¿Tu carácter necesita ser moldeado en algún aspecto?

¿Dedicas el tiempo necesario a comunicarte y trabajar a favor del crecimiento familiar? ¿La falta de tiempo es algo rutinario en la familia?

¿Tan fuertes son los problemas que le das más importancia que a la misma familia? ¿Tus problemas son excusas para no cambiar tu actitud y no emplearte en una mejor aptitud?

Creo sinceramente que al responder estas preguntas cada uno de nosotros se da cuenta que aún hay mucho que trabajar ¿verdad?, y espero que me acompañes en cada artículo para solventar los problemas de base matrimonial y afianzar a la familia mientras analizamos más profundamente cada uno de estos aspectos. Vamos a empezar a tirar a la basura todos estos aspectos negativos que influencian nuestra relación marital.

El matrimonio y la familia es la base de la sociedad, cuídalos.

Más buenos que Dios

‘Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos. La edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero nada teníamos, íbamos directamente al cielo y nos extraviábamos en el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, solo es aceptable la comparación en grado superlativo’.

“Historia de dos ciudades” (Charles Dickens)

Así comienza el libro de Dickens “Historia de dos ciudades” (1859). Un texto que podría usarse para los tiempos que nos ha tocado vivir. Son tiempos confusos y difíciles. Tiempos de creer y de incredulidad, de luz y tinieblas.

Lo poseemos todo, pero al final no tenemos nada. El mundo vive en una insatisfacción constante. En definitiva, como decía el comienzo de su libro, “el peor y el mejor de los tiempos”. Él supo describir muy bien el momento que le tocó vivir, su época. Para entender lo que en ese periodo regía en su sociedad.

A nosotros, los cristianos, nos toca poder descubrir la situación de nuestro tiempo, si queremos salir airosos y avanzar con propósito firme hacia dónde Dios nos lleve.

Porque no todo vale. No todo es factible y adecuado.

Lo políticamente correcto impregna nuestro diario vivir, y no es otra cosa que una serie de ideas dogmáticas que quieren controlarlo todo y cercar nuestra vida.

Creo que los creyentes en cierta medida estamos siendo amedrentados por aquellos que se llaman tolerantes. Porque unos tenemos que tolerar todo, y otros, “los tolerantes”, atacan y amordazan al que no piense como ellos.

Siempre me gusto el calificativo “bueno” porque para mí ser bueno es una persona que da, ama, es humilde y no le gusta lo malo. En el primer salmo de la Biblia, Dios habla de quien es bueno: “El que no anda con malos que se deleita en Dios y su Palabra. Más tarde sigue diciendo: no así los malos…porque malos haberlos, haylos. Y lo peor es que ahora hay malos vestidos de buenos.

Lo “buenísimo”, según el diccionario es: “la actitud política y social que consiste en defender los mejores valores de las relaciones humanas, como la tolerancia y la solidaridad, e ignorar sus aspectos negativos de forma poco pragmática”. Y yo aquí añadiría la actitud espiritual.

Porque no se puede hacer cualquier cosa bajo el paraguas de la tolerancia y la solidaridad. Tolerar es aceptar la idea del otro, respetarla. Como dice la frase atribuida a Voltaire pero que parece que no escribió él sino su biógrafa.No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tú derecho a decirlo”, esa es la idea.

Pero este tipo de “buenísimo” que la sociedad de hoy proyecta es solo un falso reflejo y una moralina sin sentido. Porque si de algo adolece es de autocrítica y reflexión seria. Se envuelve de tolerancia, igualdad y progreso, pero en realidad es hacernos comulgar con ruedas de molinos. Se les llena la boca de solidaridad con el pobre hasta que ellos dejan de serlo y se levantan banderas con las que todos debemos alinearnos porque si no, esos mismos tolerantes no dudarán en lincharnos si no nos alineamos a sus ideas.

Podríamos hablar mucho de este tema, pero lo que realmente en estos tiempos me asusta es que el “buenísimo” ha llegado a la iglesia y ha llegado, parece ser, para quedarse. Porque últimamente todo llega para quedarse en esta amalgama del todo vale.

Alejándome de todo legalista que se cierne como baluarte de la verdad y que juzga sin propósito y con crueldad, he de decir que estoy un poco asustada con todo esto. Además, pareciera que si no eres de este tipo de nuevo cristianismo estas desfasado y en seguida te cuelgan el “sambenito” de legalista y falto de amor. Este evangelio del Dios es amor y por ende todo vale. Este legalismo liberal que sustituye doctrinas bíblicas y que arrasa la misma Palabra. Ideas como la de que todos somos salvos por el hecho de ser humanos y que Dios siendo tan bueno no puede permitir que la gente se pierda y mucho menos se vaya al infierno. Idea errada, ya que es bueno quien te avisa de que si sigues allí te irás al precipicio. ¿Malo quien avisó? No, tu caíste por tu propia negligencia.

Claro, que Dios es amor, evidentemente Él es bueno y un Dios de oportunidades. De tal manera amó Dios al mundo que dio a su Hijo para morir por nosotros. Esta es la bondad de Dios, este es su amor. Y si nos salimos de eso es querer ser más buenos que Él. Jamás podremos alcanzar su bondad infinita. Y lo peor de todo, desvirtuaremos su gracia. ¡Cuidado! Nunca debemos de olvidar que su gracia es gratis pero no barata. Y eso amigos es altamente peligroso. Porque no olvidemos que lo contrario de la bondad es la maldad, no la justicia.


Reyes Escobar

Omertá

En los años duros en los que las diferentes mafias extendían sus tentáculos por todo el mundo, la rama siciliana, la Cosa Nostra, impulsó e impuso entre sus miembros, y en buena parte de la sociedad italiana de la época, la omertá; una terrible “ley del silencio”, que obligaba a un sepulcral mutismo sobre todo lo relacionado con los negocios de la organización, fuese uno protagonista en los mismos, o la víctima que los sufría.

Fue en los años 80 del pasado siglo cuando Tommasso Buscetta decidió romper con la omertá, colaborando con el malogrado juez Giovanni Falcone. Ellos fueron quienes pusieron de manifiesto todos los tejemanejes sociales y políticos, los negocios ilegales, los supuestamente legales y ocultos, las estrategias de ocultación, los crímenes y el organigrama de la organización: solo entonces la ley comenzó una efectiva lucha contra la organización mafiosa que aspiraba a controlar, desde las sombras, a gobiernos y países.

Desde entonces otros muchos han seguido el camino abierto por Buscetta, y a pesar de los golpes dados por la organización, asesinando a Falcone, por ejemplo, fue imposible cerrar el camino abierto hacia el descubrimiento de las actividades e influencia de las diferentes familias mafiosas.

Romper el silencio fue el principio del camino hacia solucionar el problema. Aún quedaba mucho que andar, pero el camino había comenzado.

En ocasiones la iglesia vive bajo una especie de omertá en relación algunos temas considerados sensibles. Un silencio autoimpuesto, una negativa a tratar de forma clara y abierta algunos asuntos, por considerarlos complicados, oscuros o sucios en su misma esencia. Este silencio, en la mayor parte de las ocasiones, provoca un enquistamiento de ciertas situaciones que son o pueden ser problemáticas si no se tratan. Si no se habla de ellas, se mantienen, de forma general, en un perfil bajo, en el umbral de las sombras, de lo oculto, de aquello de lo que no se puede, o se debe hablar; entonces, quedan sin el necesario trato y aclaración, y en ocasiones se “infectan” generando una enfermedad que puede llegar a ser mortal.

Uno de los asuntos en los que debemos aceptar que hemos vivido, en ocasiones, bajo la ley de la omertá, es el de la sexualidad. Desgraciadamente casi todas las referencias al sexo se han dado bajo el estigma de la condena del pecado, lo que sin duda puede ser necesario, pero no es el único aspecto del asunto. Esto ha llevado a muchos a considerar que, si no se habla de ello mas que para referir el pecado que puede llevar aparejado, se debe a que se trata de un área de la vida humana que tiene poco que ver con la espiritualidad; que es oscura y peligrosa, o directa e inevitablemente pecaminosa. La culpa, el desconocimiento, y el miedo, son partes consustanciales del silencio y ocultación.

En ocasiones hemos esgrimido el argumento de que se trata de algo que tiene ver con la intimidad de la persona, y que debe mantenerse dentro de ese ámbito reservado de la intimidad. Mantener esta posición desde un punto de vista bíblico es, cuando menos, difícil; Dios no tiene reparos en tratar con toda claridad y naturalidad este aspecto de la vida del ser humano, tanto para ordenarlo dentro de su voluntad, como para corregir lo incorrecto.

Como creyentes debemos ser conscientes de que lo que nosotros callamos, aquello de lo que no hablamos por miedo, pudor o ignorancia, será tratado, posiblemente de la forma más torcida y perversa y bajo influjo del propio Satanás, por la sociedad, la cultura, el gobierno o la educación. Lo que callemos, otros lo gritarán, y posiblemente lo harán de una forma contraria al consejo divino.

1ª Tesalonicenses 5 nos define como “hijos de luz” y nos anima a no limitarnos a dormir viviendo en la oscuridad o en la noche, sino que nos impulsa a velar, a estar despiertos. Por mucho tiempo la iglesia ha estado dormida, o cuando menos a transitado por el límite de la sombra en aquello relacionado con uno de los aspectos fundamentales de la vida humana: su sexualidad.

¡¡Rompamos con la tradición de sombra, de sueño, de ocultación o disimulo!!

¡Traigamos a la luz, tratemos en la claridad, sin tapujos ni miedos, aquello que como seres humanos todos vivimos de alguna manera!

La sexualidad y como vivirla acorde con la voluntad divina, es parte de todo el consejo de Dios que necesitamos conocer y proclamar. Lo contrario sería hurtar parte de lo que Dios ha dado para desarrollo y disfrute de la humanidad.

Puede que en ocasiones no sea del todo cómodo, pueda que debamos buscar la forma y el momento de traerlo a la luz, ¡pero es necesario hacerlo!

En este, y en lo que esperamos sea una serie de artículos sobre diferentes aspectos de este asunto, intentaremos ayudar a traer a la luz, a tratar con claridad, diferentes caras de este asunto muchas veces omitido u ocultado. ¡Fin a la omertá!

Que Dios nos ayude con su sabiduría a tratar a la luz del día, lo que a la luz del día fue creado por Dios.


Xesús M. Vilas

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