Lo que aprendí del Otoño

Hoy es el comienzo del otoño 🍂🌰

Hay quién siente nostalgia, incluso tristeza cuando llega el otoño. Piensan en que el verano terminó, como van bajando las temperaturas y los días se acortan. Comienza la rutina y las vacaciones quedan en un simple recuerdo. La lluvia llega, las hojas cambian de color y caen, dejando desnudos a los árboles anteriormente frondosos. Lo cierto es, que si está es nuestra perspectiva ante este cambio de estación, es bastante deprimente.

Hasta hace unos años, desgraciadamente, esta era también la mía, se acababan las vacaciones, mi estación hasta aquel momento favorita, la primavera, quedaba ya demasiado lejos y tocaban de nuevo un sinfín de cambios bajo la guisa de la “vuelta a la rutina o al cole” como era por aquel entonces, en mis años de estudiante y primeros años de maestra.

Sin embargo, un día, no os puedo asegurar cuál fue el detonante, de hecho, probablemente fueron una mezcolanza de ellos, comencé a ver la belleza del otoño. Sus colores, olores y sabores únicos y especiales, y las oportunidades que traía consigo. Tan sólo tienes que mirar a tu alrededor para ver cómo todo está cambiando, y ¿no representa eso nuestra vida?

En Eclesiastés 3:1 dice: “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.”  En el resto del pasaje hasta el versículo 8, que os invito a leer, nos habla de que hay un tiempo para todo, y que nuestra vida está compuesta por una serie de cambios, nada es siempre igual, ni lo bueno, ni lo malo.

¿Cuántos pueden decir que no han vivido algún cambio ya sea grande o pequeño? Salir de casa, estudiar en la universidad, aprender a cocinar, cambiar de compañero de piso, comprarse un perro, casarse, tener hijos, cambiar de trabajo, mudarse, y un largo etc. Los cambios nos aportan muchas cosas nuevas, y en la mayoría de los casos, son buenas, a veces, incluso mejores.

Sin embargo, creo que podemos decir, que no siempre son fáciles, muchas veces en el proceso tenemos que aprender y crecer, dejar cosas atrás. El problema viene cuando no somos capaces de soltar el pasado y lo que teníamos, algo que muchas veces es ya ni siquiera es provechoso ni beneficioso para nosotros. En este caso, nos será imposible ver lo bueno de lo que está por llegar e incluso podemos llegar a perderlo.

Si conseguimos soltar aquello a lo que nos aferramos, lo que nos estorba y muchas veces nos hace que arrastremos nuestra vida; respiramos hondo y nos paramos a mirar a nuestro alrededor podremos ver que incluso “el otoño” es hermoso.

Fijaos en las hojas de los árboles, cuando llega el momento, y tras haber pasado por varios colores preciosos, ellas simplemente caen del árbol, a veces una pequeña brisa les ayuda y otras caen por su propio peso. Yo no sé vosotros, pero yo nunca he visto a un árbol intentar retener o recuperar sus hojas, ni a las hojas aferrarse al árbol o volverse a subir. Era su tiempo de caer, habían cumplido su misión, y ahora debían dejar espacio para la recuperación del árbol y, sobre todo, para las nuevas hojas que vendrán.

Y así como las hojas, cuando llegue el momento del cambio, debemos de ser capaces de dejar atrás las cosas que nos estorban y nos retienen en el pasado, para poder disfrutar de todo de todo lo nuevo que está por llegar. En la vida siempre pasaremos por etapas y fases, momentos de crecimiento y fruto, y momentos de soltar lo que ya no sirve de descansar para prepararnos para nuevas etapas. No te pierdas la vida por aferrarte a lo que ya pasó, llegarán cosas nuevas en el momento adecuado.


Betsabé Pulido

Ellas

En nuestros años jóvenes aprendimos que el pronombre era aquella parte de la oración –unidad básica de expresión lingüística– que sustituía al nombre, y que éste, designaba cosas, personas, entidades, etc. En consecuencia, ELLAS, pronombre (femenino y plural), en este caso, para quien escribe, designa a personas, un determinado grupo de personas: ELLAS EXISTEN, son, están ahí.

Ahora bien: ¿quiénes son ELLAS?

Desharé el acertijo: ELLAS son las esposas de nuestros pastores; la mía, por ejemplo, entre otras. Afortunadamente, ya podemos llamarlas pastoras también, juntamente con sus maridos o por sí solas, superada aquella etapa –eso espero–cuando tenían vetado el acceso a credenciales ministeriales, y si alguna de ellas osaba tomar la palabra en la plataforma de algún encuentro alguien daba la espantada y abandonaba notoria y ostentosamente la sala (en mi tierra a este tipo de reacción espontanea se la llama “espantá”, del espanto producido en la persona que la padece ante una situación para él o ella insoportable como la mencionada aquí). Digo esto “sin acritud”, como decía mi paisano Felipe.

ELLAS forman parte, por maravilloso designio divino, de media humanidad, declarada enfáticamente junto a la otra mitad, la de los varones, imagen de Dios, quien no es ni varón ni hembra ni ambas cosas a la vez, como bien sabemos, porque es Espíritu, aunque tenga atributos asignables a alguno de ellos o de ambos. Eso de que cada uno/a escoja por decisión unipersonal queda bonito para muchos, pero nada cambia, las cosas son las que son, aunque uno pueda decidir ser Napoleón, que todo el mundo es libre y tiene sus derechos, no cabe duda.

Pero he decidido hablar de ELLAS porque por mucho tiempo, aun estando siempre ahí, muchas han estado un poco a la sombra; no ocultas, pero sí en cierta manera obviadas. Por años, como es natural, en nuestra familia denominacional, las Asambleas de Dios de España, se nos han estado yendo algunas, como se van ellos y nos iremos todos; el relevo generacional es imparable para todos, e implacable. Este año, según mis conocimientos y hasta este momento, ya se nos han ido por lo menos dos: Kati y Amelia. Sentimos su partida, así se lo hemos hecho llegar a sus maridos. ELLAS ya no están; pero han estado. Durante años han formado parte del ministerio pastoral en sus iglesias, al lado de sus maridos, discretas pero activas y, sin duda, enriquecedoras; no se podrá entender el ministerio de ellos sin la parte que les ha correspondido a ELLAS. Han hecho historia; son parte de nuestra historia. Creo que es de justicia que lo reconozcamos entre nosotros, que resaltemos el papel que juegan en nuestras congregaciones, y sin esperar a que se nos vayan para hacerlo.

Es cierto que en todo el espectro pastoral y ministerial de nuestra gran familia las hay de todos los tipos: predicadoras y no predicadoras, notorias y discretas, más involucradas y menos involucradas, pero todas ELLAS han sido, son y serán piezas clave en la marcha de nuestras iglesias. ¡Gracias, Señor por nuestras esposas! Cada una con su personalidad y ministerio particular, con su labor eficiente, unas veces notoria y reconocida; otras, discreta y quizás, poco reconocida, pero siempre ahí, sin la cual la labor de sus maridos no habría sido la misma. No se trata de recurrir a la muy desgastada frase de la “gran mujer” detrás del “gran hombre”, porque ella misma –la frase– denota estar viciada de origen desde el momento que la sitúa “detrás”. ¿Y por qué no al lado, en igualdad de condiciones, o incluso delante? Esa frase aparentemente halagadora solo perpetúa una posición subordinada de las “grandes mujeres”, aunque ha servido para aplacar en cierta medida la frustración de muchas de ELLAS, y hacerles creer a ellos, que ya habían hecho su parte.

No pretendo, en ninguna manera, convertirme en adalid de la defensa del ministerio de la mujer, solo animar a cambiar o seguir cambiando nuestra manera de ver las cosas, en las iglesias y en nuestra propia institución que goza ya de más de medio siglo de recorrido, para lo que habrá que empezar por cambiar en nuestro propio interior, cambiar nuestras rutinas y protocolos. Ciertamente, mucho hemos avanzado en este campo, nuestras iglesias se ven enriquecidas con ministerios femeninos muy productivos y enriquecedores incluyendo el pastorado, nuestros departamentos participados e incluso dirigidos por hermanas bendecidas por el Señor con ministerios exitosos, etc. pero aun podemos avanzar en muchos otros aspectos sensibles que muchas veces pasamos fácilmente por alto. Gracias a Dios, ya no hay trabas; solo nos quedan inercias.

Reconozcamos a las que se nos han ido, a las que se nos van, como lo hacemos con nuestros varones. Reafirmemos su papel en general en los avances de la obra de Dios. Lo que escribo no es un reproche a nadie ni a nada, solo una voz que suena. Todos conocemos casos de esposas de pastores nuestros que sufren la enfermedad en silencio, situaciones duras difíciles de llevar, pero ahí están, como se suele decir, “al pie del cañón”, en la dura batalla de la fe, mayormente al lado de sus maridos, y algunas veces detrás, aunque espero que este estar detrás no sea por imposición de nadie sino por libre elección y convicción, una manera de estar al lado. Pero no las obviemos, prestémosles la atención debida y reconozcamos su valor e importancia mientras se cuentan entre nosotros.

Gracias te damos, Señor, por ELLAS. Ayúdanos a ser justos con ELLAS


Jose Mª Baena

Las aves no toman ansiolíticos

“Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?” (Mateo 6:26).

Vivo junto a mi familia en un pintoresco pueblo Andaluz. Mi casa está en las afueras y colinda con un campo de olivos donde, a cualquier hora del día, oigo de gratis la sinfonía de las aves del lugar. Se posan en el granado que tengo en el patio y desde su follaje me hipnotizan con su algarabía, revolotean en mi terraza y en mi balcón, se asoman por mis ventanas fisgoneando a los extraños seres que vivimos en este nido de piedra. Mi esposa les ha colocado un comedero y un bebedero de agua para que se sirvan al gusto y cada día tenemos comensales multicolores que se deleitan en semillas por las cuales no han trabajado y en un agua fresca que no tienen que bombear desde un profundo pozo.

No soy ornitólogo, pero puedo afirmar por simple observación que las aves que me frecuentan no tienen pinta de estar preocupadas por lo que va a ocurrir al día siguiente. No toman ansiolíticos para el estrés, ni antiácidos debido a la ansiedad. Revolotean con maestría aeronáutica, comen y beben, van de un lado al otro dando saltitos graciosos y cantan sin desafinar una nota sencillamente porque Dios les sostiene, les cuida y vela por ellas. ¿No es asombroso? El Dios dueño de todas las galaxias se preocupa por unos pajarillos cordobeses. Tal es el corazón del Señor.

Jesús usó la figura de los pájaros del campo para ilustrarle a sus discípulos una forma de vida diferente a la que vivían la mayoría de sus conciudadanos. Un estilo de vida caracterizado por la confianza en Dios. La lógica del Maestro era muy sencilla: si Dios alimenta a las aves del cielo, cómo no va a hacerlo con sus hijos. Por una cuestión de estima y prioridades Dios tienen en primer lugar a los que son suyos, así que proveerá para ellos con absoluta seguridad. La diferencia está en que distintamente de las aves, nosotros tenemos un exceso de futuro que nos priva de la serenidad de descansar en el Señor. Nos afanamos por el día siguiente que no existe aún, vivimos en constante preocupación por lo que no podemos controlar y tal conducta nos aprisiona en cárceles de desasosiego y desesperación.

En el Sermón del Monte, de donde hemos extraído este versículo, Jesús insiste en el valor que tenemos para Dios. Es justo ahí donde debe afincarse nuestra confianza. Dios nos ama, somos importantes para él: “¿No valéis vosotros mucho más…?”, dijo el Cristo. Haremos bien si aceptamos que en sus manos nuestra vida está segura, nuestras necesidades están cubiertas y nuestro futuro está asegurado. Si el cuida del gorrión, de la paloma y la codorniz lo hará mucho más con nosotros.

No escribo desde la seguridad de una engordada cuenta bancaria, o desde la confianza de un trabajo fijo y copiosamente remunerado. No creas que por vivir en Europa tengo mis gastos cubiertos, sino quizás más cuentas que pagar en esta región del mundo donde todo tiene precio. Como marido y padre de cuatro hijos enfrento desafíos en los que Dios debe intervenir, o de otra manera me perdería en el agobio del afán. Soy misionero, vivo por fe, Dios provee de muchas maneras y lo ha hecho así desde hace más de dos décadas. Con demasiada frecuencia las necesidades de una familia grande como la mía, superan mi pericia para hacer resolutos presupuestos. Hay zapatos que comprar, ropa que proveer para niños que al mes siguiente han cambiado de estatura. Debo cerciorarme de calentar mi hogar en invierno e intentar tener una temperatura soportable en verano. Debo asegurarme que en cada jornada haya comida en la mesa para los míos y a la par nunca olvidarme de la hospitalidad y de compartir con otros aquello que de Dios recibo. Los economistas no dan buenos augurios y los políticos parecen tomarse las cosas con calma echándose la culpa unos a o otros de su desaciertos administrativos.

Mientras todo eso y mucho más ocurre a mi alrededor e intenta dominarme, yo encuentro fe mirando a esas aves desenfadadas en mi terraza. Allí están serenas aunque la bolsa de valores de Londres se haya desplomado, o la de Nueva York, o la de Tokio. Dios les cuida, les alimenta, les protege desde su infinita bondad. Si lo hace con ellas, lo hará conmigo y con todos aquellos que le aman. Debo de mirar menos hacia fuera, o hacia mí mismo y mirarlo a él porque: “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8:32).


Osmany Cruz

Volvamos a la rutina

Tras el tiempo estival o de vacaciones, toca volver a la rutina. Para muchos la rutina resulta algo tediosa, sin embargo, lejos de que sea fastidiosa, la rutina es vital para sacar jugo tanto a nuestro potencial como al tiempo; además es indispensable para forjar nuestro futuro.

Es importante que al hablar de rutina nos ciñamos a su significado original que está vinculado a un camino, ruta o trayectoria que resulta conocida porque se repite. Si bien, es cierto que la rutina es imprescindible y vital para el progreso, a veces, a muchos acaba afectando negativamente a su rendimiento personal y corporativo.

Es verdad que cuando algunos toman vacaciones, abandonan con gran alegría actividades rutinarias por considerarlas aburridas o carentes de motivación. Así que suplen ese tiempo con actividades que les desconectan o distraen de lo que están hartos o cansados. De hecho, con las vacaciones o escapismos muchos buscan huir de ese ritmo de vida denominado carrera de ratas, referido a la actividad desenfrenada de estar siempre ocupados, estresados o angustiados por razón de la presión que exige resultados o por la sencilla necesidad de tener que salir adelante en la vida. Desde luego, este panorama, evidencia la necesidad de muchos de poder vacacionar de algún modo para descansar de la persecución de ese tipo rutina nociva que acaba agobiando y enfermando a mucha gente.

Un aspecto positivo que aporta el descanso de ciertas rutinas de nuestra vida es para para poder oxigenar la mente y dar lugar a la meditación o evaluación de nuestro ritmo de vida o compromiso con el trabajo en cuento a motivaciones, formas, metas y resultados. Espero que este aspecto haya sido aplicado en el tiempo de vacaciones que algunos hayan podido tomar porque, de lo contrario, siempre sabrá a poco el descanso y volverán a lo rutinario y no tardarán mucho en volver a sentirse cansados de su día a día, incluso en lo referido a la fe personal, a la vida de iglesia y hasta en el servicio propio del ministerio.

Pero, dejando a un lado esas rutinas que son propias de la actividad de cada cual, hay rutinas de las que no podemos escapar y que, incluso, nunca deberían acabar siendo rutinarias. Me refiero a lo que nos resulta saludable para la salud física, emocional y espiritual, aunque, en este artículo me referiré a la rutina espiritual que jamás deberíamos abandonar y que, de haberlo hecho, es tiempo de que la incorporemos a nuestro día a día.

Cuando analizamos la Biblia, descubrimos a Dios que por medio de la Ley establece rutinas imprescindibles para que su pueblo pueda desempeñar una vida de servicio y devoción a Él en plenitud y bendición. Ciertas rutinas que Él exige que sean tenidas en cuenta en lo referido al cumplimiento del Sabbat, las fiestas solemnes, los sacrificios, el cuidado del altar, etc. El caso es que cada vez que el pueblo abandonaba esta rutina, se manifiesta en el pueblo de Dios el descuido de la fe, la justicia, la misericordia y el amor. Cada vez que el pueblo de Dios abandona la rutina establecida por el Señor, acaba desviado y traspasando los linderos de la obediencia a Dios. Por eso, son varios los ejemplos que manifiestan la reforma impuesta por reyes y profetas que dirigen al pueblo a volverse a Dios basado en el cumplimiento de ciertas rutinas sagradas.

Cuando vemos la vida de Jesús, observamos una agenda intensa, casi extenuante, pero jamás el Señor abandonó su rutina de oración. Incluso, mientras pudo, mantuvo la rutina de asistir a la sinagoga e ir al monte de los olivos (Lucas 4:16; 22:39) que, muy probablemente, sostuvo desde muy joven. Así que, no me cabe la menor duda, de que el secreto de la fortaleza de Jesús y el éxito de su ministerio se basó en que jamás abandonó la rutina de comunión con su Padre por medio de ciertos instantes con el culto, la lectura de la Palabra, la oración, la meditación y los actos de compasión expresados en su compromiso con la gente.

Quiero atreverme a plantear en este inicio de septiembre que nos volvamos a la rutina. A esa rutina en la que Dios está presente y hace que cada día sea un disfrute. Como decía Jeremías, en su rutina de cada mañana, él descubría que la misericordia de Dios es nueva (Lam. 3:22). Otro ejemplo tiene que ver con el cuidado rutinario que el sacerdote debe prestar al fuego del altar que cada mañana debe ser atendido con esmero porque nunca deberá apagarse (Lev. 6:12, 13). Qué tremendo simbolismo, cuando contemplas el fuego, nunca verás la misma llama, de igual manera, cuando oyes al viento, nunca es igual, o cuando miras el río, siempre es nuevo, o si contemplas las olas del mar, jamás percibirás ninguna ola idéntica. Jamás te cansas de ciertas rutinas porque percibes vida y, de ahí, que nuestra rutina con Dios jamás debiera aburrirnos dado que su Presencia, su Palabra, su Unción, su Amor… nunca nos resultará rancio, jamás la rutina de buscar a Dios podrá ser tediosa o aburrida. Es más, si alguna vez esto ocurre, es porque probablemente decayó nuestra relación con Dios y nos hemos quedado con la estructura, la forma, el dogma, o sea, una mera religiosidad.

Volvámonos a la rutina que nos conduzca a un avivamiento. Meditemos en la necesidad de que, en nuestra fe alimentada por el fuego pentecostal, nuestras asambleas de Dios recobren o incorporen ciertas rutinas que en absoluto estén reñidas con la frescura del Espíritu. Nuestro mover tiene la necesidad imperiosa de mantener ciertas costumbres o rutinas que no pueden ser sustituidas con nuestra improvisación o creatividad que nace de nuestra imaginación y carece de revelación.

 

Volvámonos a la rutina de buscar a Dios cada día, de todo corazón (Jr. 29:13). Disfruta la presencia del Espíritu Santo y verás crecer tu potencial, tu creatividad, recibirás fuerzas renovadas, percibirás sabiduría de lo alto y vivirás cada día en la frescura propia de una experiencia totalmente nueva en Dios.


Juan Carlos Escobar

Triunfantes sobre el tedio

“Y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad” (Colosenses 2:10).

El tedio es una enfermedad, no de esas que se pueden curar con fármacos, sino de las peligrosas que carcomen el alma. Hablo con propiedad ya que yo alguna vez la he padecido, y aunque tiene cura, no se sale fácil de una condición como esa. Hay que primero saber lo que se padece, para luego ser radical y extirpar a sangre fría el mal emocional que aqueja. No se debe escatimar esfuerzos en librarse de este huésped indeseable, este okupa transgresor que violenta voluntades valiéndose de una coalición emocional engañosa y perturbadora.

Don Manuel Bueno, un gentil párroco creado por Unamuno en su libro San Manuel Bueno, Mártir, le dice en un momento de vulnerabilidad a Lázaro, su reciente amigo, progresista e incrédulo: “He mirado la negrura de la cima del tedio de vivir, mil veces peor que el hambre”. El religioso también le diría que ya no cree en Dios, que lucha constantemente con un seductor pensamiento suicida, que no espera que haya una resurrección y que si no niega todo públicamente es por no robar a otros el descanso que les da la religión.

El cura confesándose con el hombre de mundo, un juego literario de Unamuno, una especie de fe a la inversa que quizá retrata la pérdida de la confianza en Dios, de la esperanza y de la alegría de vivir. Para todos los habitantes de Valverde de Lucerna su párroco era un santo, de una vigorosa fe que le conducía al servicio más abnegado, pero ignoraban el hastío que le perseguía, la atroz fuerza que le tiraba hacia la horrenda oscuridad de creerse desamparado.

Pensar que vivir es un accidente solo remediable con la muerte es existir respirando despropósito. Es sabotearse la vida en una conspiración homicida contra sí mismo. ¿Puede perder la fe un hombre de fe? ¿Puede el hastío convertirse en una deidad opresora que nos arrebate la ilusión, la esperanza, y la felicidad?

En uno de mis pastorados sustituí a un brillante ministro del evangelio cuyo magisterio y virtud estaban en boca de todos. Siempre oí de él comentarios elogiosos, su congregación le amaba, y era alguien que con solo aparecer en algún sitio despertaba admiración. Tiempo después de relevarle en el pastoreado y siendo en aquel entonces yo muy joven, abocado por tantos desafíos y lleno de preguntas, me reuní con este pastor para escuchar algún consejo beneficioso. La conversación terminó siendo una charla fraterna, donde me relató sus frustraciones, y hasta de cómo acarició la idea de quitarse la vida mientras pastoreaba la iglesia, asunto que sólo por la gracia de Dios pudo solucionar.

El tedio no tiene predilectos, va a por todos. Elías quiso morirse porque le amenazaban y le perseguían, Jonás estaba fastidiado de que Dios fuera tan bueno, Job deseó no haber nacido porque el dolor le nublaba el juicio. Lo mismo ha pasado con otros grandes hombres de la estatura espiritual de George Mattesson, o Hudson Taylor. Ahí está el hastío, agazapado, esperando el momento justo para abalanzarse sobre su presa. La muerte de un amigo, la traición, la pobreza, la tragedia en alguna de sus múltiples formas… la vida no es fácil. Jesús dijo: “En el mundo tendréis aflicción” (Juan 16:33). Los percances de la cotidianidad pueden ser dardos que agujereen nuestra espiritualidad hasta no querer ni ser cristianos, créame, no hay intocables. La apostasía de la virtud y la verdad suelen comenzar con una inocente semilla de tedio, cuando te aburres de lo que tienes, pensando que puede haber algo mejor.

“Con que Dios os ha dicho”… así siseó la serpiente a Eva su engaño. Antes de de morder la fruta, Adán y Eva sucumbieron al hastío de ser hombres, se cansaron por un momento de su condición y pensaron que podían alcanzar algo más. Su deseo los condujo a menos, el pecado les traspasó, les empujó a la mortalidad y la enemistad con Dios. Tal espiral degradante produce este sentimiento que se convierte rápidamente en una actitud y hasta en una pandemia capaz de transmitirse con celeridad y contaminar a muchos.

Pero ¿cómo combatir a tan deplorable enemigo? No hay más antídoto que la obstinación sacra de vivir por fe, sin desviaciones emocionales, sin reparar demasiado en las cosas de esta vida, mirando hacia Aquél que, aunque fue varón de dolores, experimentado en quebrantos (Isaías 53:3), el escritor de los hebreos dice de Él que “por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra de Dios” (Hebreos 12:2). Es poner el gozo delante porque Jesucristo así lo hizo y fue exaltado a los cielos.

Si la frustración asesta un golpe traidor, no hagamos demasiado caso. Si el demoledor hastío nos convida a recibirle, con firmeza digamos ¡no! Si el Tentador te dice que hay mucho más, dile que ya lo tienes todo.


Osmany Cruz

«Doctor, Doctor»

-Doctor, doctor, tengo una hemorragia interna.

-¡No me diga! ¿Cómo se ha dado cuenta usted?

– Me sangra el alma…

-Disculpe, creo que ha venido usted al lugar equivocado. Pida cita con su psiquiatra, él podrá ayudarle.

En el psiquiatra…

-Doctor, doctor, tengo una hemorragia interna.

– ¡Vaya! ¿Seguro que ha venido al lugar más indicado?

-Mi médico de cabecera me lo recomendó.

-¿Y qué síntomas tiene exactamente?

-Me sangra el alma cada día, desde que me levanto hasta que me acuesto, estoy muy débil, temo por mi vida.

-Mire, le voy a recetar unas pastillas que le van a venir muy bien.

-¿Me curarán?

– La harán sentir mucho mejor, y si quiere podría pedir cita privada a un psicoanalista.

-No tengo dinero… y yo lo que quiero es curarme.

-No puedo ofrecerle más, lo siento.

Desesperada, la mujer vaga varios días por las calles de la ciudad. Un día se para frente a un edificio algo viejo, culminado por una cruz forjada.

-Un hospital mental, tal vez debieran ingresarme-pensó- y decidió entrar.

Al fondo, de espaldas sentado, se encontraba un hombre con una bata blanca.

– Doctor…

-¿Sí?

El hombre era de mediana edad, tenía barba y lucía un peinado algo desaliñado.

– Me sangra el alma.

-Lo sé, la estaba esperando, doña Paquita. Acérquese y cuénteme lo que le pasa. ¿Cuándo comenzó la hemorragia?

-Hace unos doce años, después de la muerte de mi esposo. Busqué refugio y consuelo en el alcohol y en compañeros eventuales. Mis hijos me abandonaron y yo empecé a maldecirlos, a ellos y a mis nietos. Cada vez que pasaba más el tiempo, la hemorragia empeoraba. ¡Me arrepiento tanto de todo ello! ¡Soy un monstruo! ¡Merezco esto y mucho más! Pero ya no aguanto.

– Estoy de acuerdo, yo puedo curarle.

– ¿En serio? Y dígame, ¿cuánto tendré que pagarle?

-Nada, es gratis, yo pagué el precio. “Porque por gracia sois salvos; por medio de la fe” (Ef. 2:8)

-¿Y por qué usted haría algo así por mí? Si no me conoce de nada.

-Claro que sí. “Porque tú formaste mis entrañas; me hiciste en el seno de mi madre.” (Sal. 139:13 )

Y te amo como un Padre ama a su hija. “Con amor eterno te he amado, por tanto, prolongué sobre ti mi misericordia.”(Jer. 31:3)

Doña Paquita rompe en un profundo sollozo y cae arrodillada al suelo. Después de unos segundos pregunta clamando:

-¿Pero quién es usted?

– Me llamo Jesús, su salvador.

 


Belén Lechuga

Requiem por nuestros hijos

El Requiem es una oración fúnebre que sirvió de inspiración a muchos de los grandes músicos barrocos y clásicos. Uno de los más conocidos es el de Wolfgang Amadeus Mozart, escrito en re menor y que no pudo concluir por sobrevenirle la muerte. Requiem, en latín, significa descanso. El texto de Mozart comienza así: “Requiem aeternam dona eis, Domine et lux perpetua luceat eis” (Dales descanso eterno, Señor, y que luz perpetua les resplandezca).

¿A qué me refiero cuando planteo la pregunta enunciada en el título?

Muy sencillo: si no cambiamos de rumbo, estamos a punto de perder a muchos de nuestros hijos como cristianos y tendremos que asistir a su funeral como tales.

¿Te suena fuerte, extremista, fatalista, derrotista? Lo comprendo.

Los niños, los adolescentes y los jóvenes siempre han estado expuestos a las tentaciones, como lo estamos los mayores. El problema es que ellos están en formación, son materia moldeable, y quien sepa trabajar en ellos les dará la forma que tendrán más adelante.

Nuestra responsabilidad como padres, madres, y como iglesias es muy grande, y de ella tendremos que dar cuentas un día, porque ellos no nos pertenecen, sino que son del Señor. Los tenemos prestados por un tiempo.

Conozco casos reales: chicos y chicas criados en la iglesia y que de pronto no saben cuál es su “género” (ese constructo filosófico-político nuevo, tan de moda hoy, porque el sexo es inequívoco), y se declaran directamente homosexuales, lesbianas, bisexuales, o “líquidos” (¡qué palabra!); o que teniendo cuerpo de hombre se sienten mujer, o a la inversa; o simplemente, que son promiscuos, como sus compañeros de clase, y en caso de necesidad incluso son partidarios del aborto como solución a sus deslices. Todo eso constituye hoy la verdad única y absoluta, indiscutible, válida para todos, con exclusión social de quienes pensamos de otra manera (la libertad de conciencia ya no está en vigor). En muchos casos, no es más que una demostración de rebeldía, de vindicar su personalidad, recurriendo a algo que saben nos conmoverá en nuestros fundamentos. Podemos escandalizarnos, culpar a la sociedad, a los colegios, a sus profesores y maestros, a los partidos políticos y a sus leyes. Son dramas que vivimos los cristianos, porque sabemos de qué va la cosa y nuestros hijos sí nos importan, y sabemos que todo eso que les ofrece el mundo no les acarreará felicidad, sino todo lo contrario. Pero escandalizarnos e indignarnos no nos servirá de nada.

Debo recordar que la sociedad en los tiempos cuando el evangelio empezaba a extenderse por Asia y Europa no era mejor que la actual, solo que entonces, como lo define el Nuevo Testamento, eran tiempos de ignorancia, y hoy la sociedad se cree y se proclama sapiente.

A nosotros, seguidores de Jesús, lo que nos importa es que nuestros hijos también lo sigan a él. ¿Dejaremos que todo siga igual para que dentro de poco tengamos que entonar el réquiem por alguno de ellos? ¿Organizaremos un movimiento de oposición para derrotar a los malvados? La respuesta no está fuera, sino que la tenemos dentro.

¿Qué tal si nos miramos al espejo? Quizás descubramos que la clave del problema está en nosotros mismos. No quiero con esto decir que cada vez que uno de nuestros hijos nos plantee una situación así sea nuestra culpa, pero revisar nuestra manera de vivir nuestra fe, puede ayudarnos a comprender la situación y buscar soluciones más espirituales. No olvidemos que, como escribe el apóstol Pablo, las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Diospara la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Co 10:4-5).

Aunque alguien me pueda objetar a esto que escribo, el objetivo de la Gran Comisión no era ni es cambiar las sociedades humanas, sino cambiar los corazones de los hombres y mujeres que las componen: hacer “discípulos”, que crean al mensaje de Jesús y se dejen transformar en sus pensamientos y manera de vivir, gente nacida de nuevo.

¿Y eso no cambia las sociedades humanas? Me temo que no; ejemplo Roma. En los libros de historia se estudia la cristianización del Imperio Romano. Muchos súbditos del Imperio se convirtieron a Cristo, es cierto. En Roma se constituyó una potente e influyente iglesia que dio grandes mártires y hombres y mujeres de Dios, pero lo que sucedió en realidad es que el cristianismo se romanizó. La sociedad romana cambió el cristianismo, no al revés. A las pruebas me remito: una buena parte del cristianismo mundial se autodenomina sin pudor, “romano”. Desde entonces, dos grandes rupturas han delineado el cristianismo actual: el llamado Cisma de Oriente y la Reforma protestante. La romanización del cristianismo lo fraccionó y lo debilitó.

¿Cuál es nuestra responsabilidad, entonces? ¿Cómo responder a la situación que vivimos?

No tengo y, por tanto, no propondré soluciones mágicas, solo mi reflexión personal como pastor:

La batalla tenemos que ganarla en casa y en la iglesia.

¿Qué ofrecemos en la iglesia para nuestros niños, adolescentes y jóvenes? Ciertamente tenemos programas exclusivos para ellos: escuela dominical, grupos de jóvenes, etc. Pero, ¿qué les damos? Si la escuela dominical es simplemente un cuentacuentos de historias bíblicas (importantes, por cierto), y nuestros grupos de jóvenes un lugar de meras relaciones sociales (necesarias, sin duda), pero no les llevamos a la conversión, a un encuentro personal con Dios que transforme sus vidas, ambos recursos de nuestras iglesias habrán fracasado. Nuestros niños y adolescentes no estarán preparados para sobrevivir ahí afuera. Si, además, son solo elementos molestos, gente pequeña que no merece nuestra atención, se sentirán marginados, como que no forman parte de aquello que se llama iglesia.

Por otro lado, ¿qué parte tomamos los padres en la conversión de nuestros hijos? Cuando no vemos la importancia de que lean por sí mismo las Escrituras, que oren, que participen de la vida de iglesia, y los abandonamos a los videojuegos, las redes sociales, y a lo que les enseñen otros “por ahí”, estaremos fallando como padres y madres. Si además, ellos mismos ven nuestro cristianismo sin compromiso, que no valoramos las cosas de Dios, la oración y el estudio bíblico brillan por su ausencia en nuestras vidas, y que el acudir a adorar a Dios con la familia cristiana no es importante, si lo que escuchan de nuestros labios son críticas a los hermanos, nuestro mensaje que les estaremos transmitiendo será que, bueno, está bien ser cristiano, pero que no es tan importante como las otras cosas en las que nos ocupamos y que quizás la iglesia no sea un buen sitio a donde ir. Nuestras preferencias determinarán las suyas.

¿Queremos preservar a nuestros hijos de esas influencias externas tan negativas? La solución pasa por un compromiso de fe firme por nuestra parte, los mayores. Jesús es el ancla de nuestra fe, para nosotros y nuestros hijos, pero ha de ser una realidad vivida en nuestra propia vida y en el hogar, no algo meramente teórico.

Nuestra debilidad espiritual indefectiblemente nos llevará a entonar un réquiem por nuestros hijos, aunque puede que igualmente haya que entonarlo por nosotros mismos. ¡Que nunca esto suceda!

En Cristo hay victoria. Amén.


Jose Mª Baena

Serendipias Divinas

“Fui buscado por los que no preguntaban por mí; fui hallado por los que no me buscaban. Dije a gente que no invocaba mi nombre: Heme aquí, heme aquí” (Isaías 65:1).

Mis hijos son formidables comedores de patatas chips; esas patatas laminadas tan finamente que casi se puede ver a través de ellas. No conozco supermercado que no las comercialice. Yo, sin embargo, soy más de la patata de toda la vida; ese corte grueso y sin geometría que mamá, al más refinado estilo samuray, preparaba con donaire raudo. Pero la generación de ahora va por otro lado en esto de las patatas y del arte culinario en general y me parece interesante que sea así. Es por eso que me sumo a degustar patatas chips con mi familia, sobre todo días de piscina o de campo, donde cocinar no es algo que va incluido en la programación. ¡Y pensar que estas anoréxicas patatas vinieron a existir sin intención de que se perpetuaran! Fue George Crum, un chef neoyorquino, el que introdujo esta guarnición en el verano de 1853, para mostrar su enfado a un comensal que siempre criticaba inconforme el grueso de las patatas que servía su restaurante. Para la sorpresa de Crum, las patatas fueron un éxito y las incluyó inmediatamente en el menú habitual de su restaurante. Desde entonces se comercializan en todo el mundo y, que arroje la primera piedra quien se ha resistido con éxito a probarlas. Serendipias de la historia, sucesos que llegaron a ser algo distinto a lo que se imaginó, o se quiso conseguir.

Hablando de serendipias… hace 26 años estaba convencido que la vida había que vivirla, sin reglas, sin pensar demasiado, que el placer era lo único que me llevaría a la tumba y que en el ver y el saber, estaba aquello que podía llenarme. Nada más lejos de la realidad, vivía estafado por una ideología prefabricada por aquellos dioses del ateísmo de la Cuba de aquellos días. Me engañaron y yo no sabía que pudiera existir una verdad absoluta y concluyente que serenara mi alma desolada y me supliera tantas ausencias omnipresentes. Sin buscar tal verdad, sin pretender ser feliz, sin querer otra cosa que sobrevivir, me hallé escuchando a un flacucho e improvisado predicador, asistiendo a una pequeña iglesia y recibiendo a Jesús como mi salvador personal ante una treintena de carismáticos redimidos. Serendipias dispuestas desde la eternidad, contingencias divinas que te cambian para siempre, eventos que te seducen a una vida plena de la que no desearás retornar.

Desde entonces creo en esos planes divinos que se nos atraviesan en el camino para captar nuestra atención. No son imposiciones de un Dios que se quiere salir con la suya, más bien oportunidades de gracia, actos de misericordia para reconducirnos a lo mejor. Desde entonces he estado alerta a esos encausamientos de Dios, a eso que él hace magistralmente para mi bien, pero que yo debo comprender para no perderme su trazo de gracia.

Era el año 2000, una rara alianza entre vaticinios mayas y prensa amarillista anunciaban que el mundo se terminaría; destrucción y caos, las profecías debían cumplirse, pero si estás leyendo esto sabrás que no ocurrió nada de esto. Yo me preparaba por aquel entonces para un viaje a Guatemala, era un evangelista soltero con muchas ganas de servir al Señor y tenía delante la oportunidad de un recorrido ministerial por este hermoso país de América Central. Por aquel entonces, una iglesia de la ciudad se había quedado sin pastor y me pedían para atenderlos por un tiempo, hasta tener a un nuevo pastor. Me excusé sobre la base de que viajaba por seis meses fuera del país y que me sería imposible, que de otra manera lo haría con gusto. Sin embargo, el cónsul me dijo que no podía viajar a su país y no me concedió el visado. Así que acepté pastorear aquella iglesia donde conocí a la maravillosa mujer que por 16 años y cuatro hijos después, es mi esposa. Serendipias divinas, puertas que se cierran con una finalidad más elevada. Así es Dios.

He aprendido a no preocuparme cuando sucede algo con lo que no contaba, reflexiono y doy por sentado que Dios está detrás de ese incidente en alguna forma. No me atemorizan los cambios de sentido, ni me frustra no conseguir lo que quiero porque estoy abandonado a la voluntad de un Dios, cuyo control de las situaciones, los incidentes y las circunstancias es absoluto. Detrás de un obstáculo, lo más probable es que llegue una bendición. Pasando anchurosos ríos me esperan riberas deseables y tierras por conquistar.

Mientras como patatas chips, concluyo estas líneas y pienso emocionado en qué será lo próximo con lo que Dios me va a sorprender. ¡Qué novedosas serendipias está preparando mi todopoderoso salvador!


Osmany Cruz

Euros a cincuenta céntimos

Seguro que todos hemos visto algún anuncio en el que se oferta, a un increíble precio, un novedoso utensilio; habitualmente innecesario, regularmente inútil, y siempre prescindible. Suele suceder que además del increíble precio de oferta se añada, “solo” para los primeros compradores, un producto exactamente igual de regalo; y por si eso fuese poco, sin coste adicional, se incluirá un set de manicura, unos cuchillos que nunca perderán el filo, una cómoda bolsa de transporte, y el envío totalmente gratuito en apenas unos días, todo ello con un “valor de mercado” que incluso puede ser superior al producto que se estaría vendiendo.

Todos presumimos de ser demasiado inteligentes para caer en la evidente trampa, nadie puede vender Euros a 50 céntimos; pero la realidad es que todos esos negocios televisivos, no solo sobreviven, sino que ¡proliferan! Esto es así, posiblemente, por la necesidad de nuestra sociedad de convencerse de que es posible obtenerlo todo, sin que tenga un coste real adecuado al valor de lo adquirido. La realidad suele encargarse de desmontar esa idea a aquellos que pican en el anzuelo.

El problema realmente importante surge cuando esto sucede a nivel espiritual, con la “venta” de un evangelio de oferta, barato; un evangelio que no solo no exige un compromiso vital oneroso, sino que incluye todas las “bendiciones” posibles: prosperidad, sanidad, continua victoria, felicidad, éxito, el cielo y la gloria en la tierra.

El problema se acrecienta porque cada día son más los seducidos por esos “evangelios” que son, finalmente, totalmente opuesto al genuino evangelio de Gracia de Jesús. Cada día aparecen más gurús vendedores de “evangelios” adaptados a los deseos del consumidor. Son “evangelios” que desdibujan el pecado, el arrepentimiento, la conversión y la transformación del “comprador”. Grandes ofertas en salvación.

Resulta terrible porque, tarde o temprano, los ansiosos “clientes” descubrirán la calidad de lo adquirido, y esta no se corresponde con sus necesidades reales. Si el descubrimiento se retrasa, hasta el encuentro con el Juez Eterno, darse cuenta de que han caído en las redes del engañador ya no tendrá remedio.

Pero es también doloroso que algunos ministros sientan la tentación de sumarse a esa panoplia de vendedores de humo; seducidos, sin duda, por el éxito evidente de sus locales llenos y sus arcas bien nutridas; y terminen parte del ejército de vendedores del evangelio más barato.

Recordemos la advertencia del apóstol en 1ª Timoteo 4:1 “Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios”. Cuidémonos de ser seducidos por la oferta del euro a 50 céntimos; no rebajemos el evangelio que costó precio de sangre para convertirlo en una oferta inútil que, prometiéndolo todo, no da nada. No compremos, ni prediquemos barato humo, donde solo hubo una costosísima cruz.

Si no tuviéramos cuidado, el Señor lo demandará de nuestra mano.


Xesús M. Vilas Brandón

Sal, levadura y mostaza

“Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres” (Mateo 5:13).

“Y dijo: ¿A qué es semejante el reino de Dios, y con qué lo compararé? Es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su huerto; y creció, y se hizo árbol grande, y las aves del cielo anidaron en sus ramas. Y volvió a decir: ¿A qué compararé el reino de Dios? Es semejante a la levadura, que una mujer tomó y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo hubo fermentado” (Lucas 13:18-21)

El título pudiera parecer el encabezado de una receta de cocina, pero no pude encontrar una mejor manera de presentar lo que quiero decirles que usando las mismas palabras de Jesús. Cuando él se refirió al reino de Dios y a los participantes de este reino, no echó mano de metáforas grandilocuentes, ni usó pomposas palabras. El Maestro se refirió a su reino y a los suyos con un lenguaje tan sencillo que cualquiera podría entenderlo.

A la mayoría de nosotros nos resulta muy funcional utilizar en nuestra cotidianidad la asociación de ideas y los parecidos, es un recurso mental para guardar información de una manera más cómoda, con menos esfuerzos y más resultados. El Señor quería precisamente esto, que pudiéramos recordar fácilmente quiénes somos y nuestra capacidad de trascendencia como pueblo de Dios. El comunicador más grande de todos los tiempos sabe cómo dejar su didáctica enseñanza en el corazón de sus oyentes.

Las figuras que usó Jesús están vinculadas con la cotidianidad, lo que evidencia el valor y la importancia que estas revisten. Sal, mostaza y levadura, ingredientes encontrados en cualquier parte de aquel mundo lleno de tantas carencias y desigualdades nos recuerda que el reino de Dios está presente en cualquier época, en cualquier estrato social y en todas partes. Figuras que hablan de cuánto hacemos falta aquí y ahora. Como escribió Lutero: “Dios no necesita tus buenas obras, pero tu vecino sí”. Somos elementales para nuestra sociedad, aunque en ocasiones esta ha llegado a desear prescindir de nosotros, o nos ha considerado un incordio para sí misma. A pesar de todo ello, seguimos aquí y vamos adelante esparciendo bondad y todo aquello que de gracia hemos recibido.

La sal, así como la mostaza y la levadura, a la vista no resultan demasiado atractivas. En sí mismas no poseen una belleza deslumbrante, su valor reside no en algo superficial como la apariencia, sino en lo que es capaz de llegar a hacer. La sal, unos granitos blancos, pequeños y fáciles de almacenar en cualquier recipiente hogareño, es capaz de conservar cientos de tipos de alimentos y de dar sabor a la comida lo que estimula el apetito y la ingesta de los mismos. La sal es imprescindible en la mayoría de los hogares del mundo. La levadura, por su parte, es un hongo unicelular capaz de producir fermentación en bebidas y alimentos. Es tan falto de gracia que no creo que nos hiciéramos fotografías con él, pero su utilidad es de enorme valía para la creación de diferentes bebidas, alimentos y para la repostería en general. Finalmente, la mostaza, una semilla tan ordinaria y pequeña (tengo una, pegada a una cartulina en mi escritorio, regalo de un buen amigo), puede convertirse en una planta frondosa, capaz de alcanzar los dos metros y medio de altura y en cuyo follaje habita todo un pintoresco ecosistema. La vida encuentra refugio y abrigo en algo que fue antes apenas del tamaño de la cabeza de un alfiler.

Así es el reino de Dios, puede parecer inofensivo y ordinario, pero su potencial puede asombrar a naciones y a reyes. Lo sé muy bien porque nací y crecí en Cuba, un país en donde se intentó erradicar la fe desde sus raíces. Un sistema totalitario que odiaba a los cristianos encarceló en sus primeros años de apogeo a pastores, durante cinco décadas ha vejado a los cristianos, les ha privado de oportunidades y les ha falseado el derecho. La iglesia no parecía una amenaza, más bien un grupúsculo fácil de reducir. Hoy, después de miles de intento por hacer desaparecer a la iglesia, se levantan miles de congregaciones y en casi ningún templo hay sillas vacías, sino que hay personas de pie, en los pasillos y por las ventanas. Lo que no parecía, lo que resultaba ordinario y poco relevante permanece y se acrecienta, así funciona el reino de Dios, contradictoriamente, deslumbrando a escépticos y ateos.

Somos ese pueblo y pertenecemos a ese reino. No al reino de los palacios, el poder militar y las arcas llenas de dinero. Sino al reino donde la sal, la levadura y la mostaza son el patrimonio que Dios usa para dispensar su gracia a un mundo insípido, empequeñecido en sus pecados y falto de refugio y abrigo. Eso aportamos desde nuestra ordinaria sencillez. En nuestra pequeñez nos hacemos grandes para Dios, en nuestra simplicidad asombramos al mundo. Sal, levadura y mostaza, eso es lo que somos.

 


Osmany Cruz

DONACIONES