Dios y la eutanasia.

Una noticia que no solamente nos entristece como cristianos, pues entendemos la vida como algo sagrado, sino que, indudablemente, nos preocupa al avanzar drásticamente en la actual cultura de la muerte que nos preside

El 18 de marzo de 2021 se aprobó en el congreso de los disputados de España por mayoría absoluta la ley de la eutanasia. De esta forma, España se une a Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Canadá como el quinto país del mundo que regula esta práctica. Iremos por partes:

Primero, definición del término eutanasia:

  • Eutanasia originalmente viene del prefijo griego eu que significa buena y thanatos que significa muerte en su conjunto significaría buena muerte o el buen morir.

Otra definición extraída del libro Bioética Cristiana del autor Antonio Cruz dice:

  • “Muerte indolora infligida a una persona humana consciente o no, que sufre abundantemente a causa de enfermedades graves e incurables o por su condición de disminuido, sean estas dolencias congénitas o adquiridas, llevadas a cabo de manera deliberada por el personal sanitario, o al menos con su ayuda mediante fármacos o con la suspensión de curas vitales por que se considera irracional que prosiga una vida que, en tales condiciones, se valora como ya no digna de ser vivida”

En suma, es dar muerte a una persona que está sufriendo física o psicológicamente de manera extrema por parte de un tercero. Antes de abordar las implicaciones éticas, morales, sociales, espirituales y otras que la práctica de la eutanasia pueda tener es conveniente ver los  diferentes tipos de eutanasia.

Segundo, clasificaciones de eutanasia en función de las distintas clasificaciones que existen:

Según el tipo de motivación por el que se practica:

  • Piadosa: aquella que tiene por objeto evitar el sufrimiento de un enfermo terminal principalmente cuando es exigida en forma seria y consciente.
  • Eugenésica: aquella que se dirige al mejoramiento de la raza humana.
  • Económica: aquella dirigida a eliminar a las personas cuyas vidas se consideran inútiles, exentas de valor vital y de costoso mantenimiento

Para estas dos últimas formas de motivación (eugenésica y económica) existe la práctica unanimidad en que no pueden ser consideradas como eutanasia sino que se trataría claramente de homicidios.

Según el punto de vista del paciente:

  • Eutanasia Voluntaria: en la que el paciente toma la decisión de acabar con su vida o terceras personas cumpliendo la voluntad del paciente expresado con anterioridad
  • Eutanasia No voluntaria: la decisión la toma un tercero, porque el paciente no tenga la capacidad de decidir si morir o vivir, es decir no se conoce ni se puede conocer si el paciente desea morir, ejemplo paciente en estado vegetativo.
  • Eutanasia Involuntaria: provocar la muerte de un paciente competente en contra de su voluntad explícita o sin su consentimiento

Según la actitud y manera de ejecutarla.

  • Eutanasia activa o directa: es aquella en la que el personal sanitario (médico o enfermera) administra un fármaco o medicamento al paciente para terminar con la vida del enfermo, dentro de esta también podemos diferenciar el suicidio asistido que hace referencia a que es el paciente el que se toma la medicación prescrita previamente por un médico, el acto se lleva a cabo en un lugar de su elección por ejemplo en su casa.

 

  • Eutanasia pasiva e indirecta (tiene dos actuaciones): Por un lado, consiste en la inhibición de actuar o en el abandono en el tratamiento iniciado, evitando intervenir en el proceso hacia la muerte lo cual es lícito. Por otro lado, consiste en eliminar o disminuir el sufrimiento, mediante la administración de fármacos como la morfina o midazolam que llevan a disminución del dolor o dependiendo de la dosis a una sedación total, lo cual puede derivar indirectamente el acortamiento de la vida. Esto último es lo que entendemos como cuidados paliativos.

Muchos autores no consideran la eutanasia pasiva o indirecta como eutanasia en sí misma, ya que su fin último no es acabar con la vida del paciente si no mitigar su dolor, aunque ello conlleve, como hemos dicho antes, un acortamiento de la vida, y usan otro tipo de terminología para no crear más confusión, a saber, ortotanasia.

Cabe destacar que los cristianos no deberíamos tener ningún problema con la eutanasia pasiva, mejor llamada, ortotanasia o cuidados paliativos a veces llamada, eutanasia activa indirecta, con la que se asegura que el enfermo no sufra en el natural proceso de la enfermedad hacia la muerte. El problema radica en la eutanasia activa (directa) cuyo único objetivo es acabar, de manera artificial y antinatural, con la vida de la persona que sufre física y/o psicológicamente a través de ciertos medicamentos o procedimientos.

Este es el punto que toca la eutanasia activa, obviamente nadie quiere sufrir, nadie quiere vivir con dolor, todo el mundo quiere tener una muerte digna pero una buena muerte no significa que podemos decidir acabar con la vida de alguien, que está sufriendo, por el mero hecho que lo está pidiendo. Esto permite introducirnos intelectualmente para valorar cuales son  las razones o argumentos que los grupos pro-eutanasia sostienen en defensa de esta práctica.

Tercero, tres grandes argumentos por los cuales parte de la sociedad justifica y proclama la eutanasia:

  • Derecho o libertad de la persona a elegir cómo quiere morir. Postula que las personas somos libres y ostentamos el derecho a elegir cómo morir. El hombre desea controlar toda su vida pero la muerte (el hecho de no morir) es algo sobre lo cual el hombre no tiene dominio. La única manera de poder controlar algo es eligiendo el cómo y el cuándo se muere. Esta postura es una declaración de independencia y autonomía que proclama mi vida es mía y yo decido cómo vivir y/o morir.

 

  • El llamado encarnizamiento terapéutico o muerte mala (distanasia). Hace referencia a la obstinación clínica innecesaria por prolongar la vida de una persona que no tiene posibilidad de cura retrasando la muerte del individuo a costa muchas veces del dolor y sufrimiento de esta persona de manera cruel e innecesaria.

 

  • El concepto de muerte digna. Está basado en el hecho de que existen vidas que no merecen ser vividas, por lo que se concluye con el concepto lapidario que es mejor buena muerte que una mala vida. Imaginemos, una persona que tras un accidente de tráfico queda confinada a una silla de ruedas con paraplejia o un anciano de 80 años al que se le detecta un cáncer terminal. En estos casos, la sociedad actual considera que tienen vidas que no merecen la pena ser vividas a causa de las condiciones de dolor y sufrimiento físico o psicológico en las que se encuentran.

Ante estos argumentos, ¿Qué podemos decir desde nuestra cosmovisión cristiana a nosotros mismos y al mundo que nos rodea?, ¿Cómo contestar al interrogante que cuestiona si el sufrimiento de una persona justifica acabar con su vida siempre y cuando nos lo pida? Avanzamos a la siguiente parte de este escrito.

Cuarto, la contra-argumentación y propuestas desde una cosmovisión cristiana:

Sin ánimo de ser exhaustivos podemos señalar algunos aspectos de nuestra posición.

  • Dios nos ha dado su revelación. La Biblia defiende claramente la vida. La Biblia no habla de la eutanasia ni del suicidio de manera explícita porque contempla el hecho de dar o quitar la vida como una de las prerrogativas divinas. Hechos 17:28 declara porque por él tenemos vida, nos movemos y existimos. 1ª de corintios 6:18 establece que somos templo del Espíritu Santo y tenemos que cuidar ese templo Probablemente la historia que más se puede asemejar en la biblia es la de Job, perdió todo, estaba enfermo y sufrió de manera extrema. Job podría haber terminado con su sufrimiento quitándose la vida (suicidio) o pidiéndole a uno de sus amigos que acabara con él (eutanasia). Sin embargo, no lo hizo sino que se aferró a su dependencia de Dios, aun cuando deseó la muerte en Job 3:11.
  • Dios nos ha dado la moral. La eutanasia conlleva unos problemas morales muy grandes ¿quiénes somos nosotros para decidir que una persona incapacitada o enferma o inconsciente no merece vivir?, ¿Quién decide las enfermedades que hacen que las vidas no merezcan ser vividas? , ¿En qué grado del desarrollo de la enfermedad podemos acabar con la vida?, ¿Acaso estamos diciendo a esas madres con hijos con Síndrome de Down que no debieron haber nacido o que son existencias no dignas de vivir? Esta manera de pensar no nos diferencia demasiado del exterminio nazi de Hitler en 1939 y su mandato con fines eugenésicos en el que era de obligatorio declarar cualquier enfermedad psíquica o física invalidante.

 

  • Dios  nos ha dado la capacidad científica y médica. Tenemos la medicina paliativa  en la que no hace falta acabar con la vida del paciente. Podemos administrar fármacos al paciente para que disminuya su dolor, y espere la muerte en las mejores condiciones posibles. La mala práctica del encarnizamiento terapéutico no justifica quitar la vida de una persona porque un mal no puede justificar la práctica de otro mal para solucionarlo. Con los avances en medicina el 95% de los dolores crónicos se pueden paliar. No, no es verdad que todos aquellos que experimentan dolor deseen morir, lo que realmente quiere la práctica totalidad de las personas es que alivies su dolor. Muchas veces, por no decir que todas, cuando una persona en ese estado dice que quiere morir, solo quiere que le quites el dolor.

 

  • Dios nos ha dado una responsabilidad relacional. El mensaje de Jesucristo es llorar con los que lloran, acompañar a los desvalidos, y no aniquilar al más débil. Por razones obvias, no podemos deshumanizar el sufrimiento de una persona pero la solución no pasa por acabar con la vida (que es un acto sin retorno) sino en acompañarla. ¿No es lógico pensar que lo que verdaderamente necesitan esas personas es apoyo y no, una legislación que los dé por perdidos? Todo esto muchas veces tiene una raíz de interés político y económico, maquillado como piadoso y misericordioso. La realidad es que no es rentable ni viable económicamente para los estados un anciano o un enfermo  crónico que debe ser cuidado dignamente hasta que muera.

 

  • Dios nos ha dado valor intrínseco. Dios creó al hombre a su imagen con lo cual cualquier ser humano tiene dignidad desde el momento que nace hasta que muere. El sufrimiento no nos hace menos dignos, sufrir es parte de la vida. Todos en algún momento hemos sentido que nuestra vida no merece la pena, todos alguna vez hemos perdido el sentido de la vida pero la salida no es la muerte, sino la vida, aprendiendo a gestionar el sufrimiento. No podemos hacer la igualdad que establece que el dolor o el sufrimiento significa una existencia indigna que no merece la pena continuar.

 

  • Dios nos ha dado limitaciones. Por otro lado, no podemos jugar a ser Dios y decidir cuales vidas y cuales no merecen ser vividas. 1 Samuel 2:6-8 “El señor quita la vida y la da nos hace bajar al sepulcro y de él nos hace subir”.

 

  • Dios nos ha dado ejemplo. Jesucristo sufrió en la cruz de manera muy digna por todos nosotros. No se bajó de la cruz sino que en su sufrimiento dignificó nuestras vidas; las sanas y las enfermas. Jesús, en la cruz y por medio de ella, no nos dio por perdidos. Cristo no nos abandonó en nuestro sufrimiento ni nos entregó a la muerte sino sufrió y murió por nosotros. Por lo tanto, Jesús es nuestro máximo ejemplo de cómo amar a las personas dándoles el valor que Dios les otorga.

Por último y para concluir, debemos decir que desgraciadamente en la sociedad actual prima el egoísmo y la irresponsabilidad. Se cometen atrocidades que son maquilladas con eufemismos. Es más aceptable y digerible decir muerte dulce o digna o derecho a morir que hablar directamente de suicidio, homicidio o asesinato.  Hoy la sociedad no está dispuesta a mirarse al espejo de la honestidad sin maquillaje.

Es probable que juzgaríamos todo de manera muy diferente si fuésemos nosotros los que estuvieran en el lugar de las personas enfermas. Seguro que querríamos que nos alentaran a vivir y no a morir; que nos acompañaran y no, que nos abandonaran; que nos cuidaran y no, que nos desecharan simplemente por no servir o no estar conscientes.

Es triste y preocupante, como expones John Wyatt en su libro Asuntos de vida y muerte, que cierta ética y política pro-eutanasia postule que aquellos con una enfermedad incapacitante psicológica o física, y que les impide tener consciencia de su propia existencia o  ser autónomos desde el punto de vista funcional, no merecen vivir. Van más allá al afirmar que si les permitimos vivir es moralmente más indigno que si acabáramos con sus vidas.

Lo anterior choca directamente, no solamente con la cosmovisión cristiana sino con el juramento más fundamental de la medicina. Al respecto, Antonio Cruz en su libro Bioética Cristiana afirma: “La filosofía de la eutanasia tal como es concebida actualmente no sólo va contra el juramento hipocrático en cuanto defensa de la vida, sino que choca directamente con los principios básicos de la medicina. Mediante su aplicación no se pretende promover la salud y el bienestar del individuo sino su aniquilación prematura. Por tanto, la eutanasia no puede ser una forma de medicina, más bien se trata de una forma de homicidio, incluso aunque se lleve a cabo por compasión.”

También va en contra del sentido (común) cristiano que establece que a aquellos que por causa de su edad o alguna incapacidad no pueden valerse por sí mismos; o que no son conscientes de su propia existencia, nosotros, como su verdadero prójimo, debemos cuidarlos, atenderlos y revestirlos de toda dignidad. Justamente porque ellos no pueden hacerlo o no son conscientes de su situación, es que nosotros estamos obligados a hacerlo responsablemente y a no ser unos inconscientes.

En suma, la visión y posición cristiana son incompatibles e irreconciliables con la posición y visión atea en cuanto a los asuntos de la vida y la muerte. Pertenecen a dos grupos y mundos diferentes. Oro que España salga del grupo de los cinco y regrese al mundo de la cordura, sensatez y vida que nos debe presidir.


Fernando Ramirez De Arellano

No complique las cosas

“Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia”

Me encontraba en Lisboa para dictar unas conferencias sobre liderazgo en el
Seminario Bíblico Monte Esperanza. Al llegar a la habitación donde me hospedaría los
cinco días que duraría mi estancia y disponerme a tomar una merecida ducha,
encontré que el mecanismo era diferente a aquellos que yo conocía. Había un par de
grifos, una ducha movible y otra fija encima. Así que moví los grifos para ver si me
enteraba de cómo funcionaban estas duchas, pero no salió agua. Entonces supuse que
no había agua en la habitación, sin embargo, al accionar el grifo del lavamanos, un
caudaloso chorro salió para mi total desconcierto. Supuse entonces que había algún
tipo de llave de paso escondida por alguna parte que sería el elemento que le
proporcionaría agua a la ducha. Busqué como un forense consagrado la pista que me
faltaba para descifrar el asunto de la ducha seca, pero para mi pesar, no había ninguna
llave más a la que recurrir. Así que hablé por teléfono con mi esposa que estaba en
España y le conté el asunto. Ella me pidió que le sacara fotos a la ducha y se las enviara
para buscar por Internet la solución al entuerto en que me encontraba. Un rato
después… nada. Mi mujer no logró encontrar una solución conveniente (entendí que
Internet no es tan genial como dicen). Aquel día que quedará para siempre en el más
ignominioso recuerdo me quedé sin duchar. A la mañana siguiente debía estar para
predicar en una iglesia y oré con todas mis fuerzas para que el perfume y el
desodorante fueran lo suficientemente eficientes para disimular la ausencia de un
necesario baño el día anterior.

Cuando regresé de la reunión, cansado y con miedo a no poder vencer a mi oponente,
una ducha inerte y estéril, me senté en el sofá de la habitación y como una ráfaga, vino
a mi una brillante idea, tan esplendorosa que de enterarse la academia de los Nobel de
seguro me asignarían el Nobel del sentido común, aunque fuese solamente de forma
honoraria. ¿Qué tal si llamaba a mi anfitrión y le pregunta cómo funcionaba la ducha?
Así lo hice y cinco minutos después, uno de los estudiantes que vivía en la residencia
del Seminario me explicaría en un ininteligible portugués para mi cerebro en
castellano, la forma de hacer lluvia con dos grifos inconexos a la vista. Aprendí que no
solo debía girar los grifos (uno para la temperatura del agua y otro para canalizar el
agua por una ducha o la otra) sino que después de hacerlo, debía oprimir el grifo de
abajo para que el cause del agua comenzara a fluir. Me sentí como Arquímedes
cuando comprendió que el volumen del agua que asciende es igual al volumen del
cuerpo que se sumerge en ella y gritó “eureka” (lo he descubierto).

En mis peripecias con aquella ducha en Lisboa, supe que puedo ser muy bueno
complicando las cosas. Lo que se podía solucionar con una simple llamada, se convirtió
en una crisis en la que tuvieron que intervenir ciudadanos de dos naciones. La
anécdota en sí es inocente y ya forma parte de las situaciones humorísticas familiares
por la que el Señor nos ha permitido pasar para nuestra educación espiritual.

Lo que es más relevante en todo esto, es lo que esta situación en sí trasluce. La ducha es una
mera metáfora de la vida misma. A veces no entiendo una situación, se me hace
enrevesado un asunto y no sé qué hacer para solucionarlo. Así que empiezo a
improvisar porque tengo la enraizada tendencia de creer que yo puedo solo y que no
debo molestar a otros con mis problemas.

Voy cambiando poco a poco este tipo de actitudes para mi bien. Las cosas no siempre
son tan complicadas como parecen. Suele ser más una cuestión de perspectiva que de
realidad; hay que ser más sensatos, o la vida se te puede convertir en un laberinto que
ni el mismo Teseo sabría sortear. No solemos ver las cosas como son, sino que las
vemos tal como somos. Tiendo a complicar las cosas porque soy complicado y no
pregunté a mi anfitrión, no por no molestar, sino por orgullo, no quería que supiera
que una indiferente ducha venció mi inteligencia.

Así que el asunto no va de cambiar las cosas primeramente, sino de cambiarnos a
nosotros. Mejorar y ser sencillos, dejar de sabotearnos la vida con tonterías y prestar
más atención a las motivaciones equivocadas que nos privan de un día a día lleno de
contentamiento. Tengo la impresión que seguiré luchando con un viejo hombre
obstinado y cascarrabias, pero cada verdad de fe, cada principio espiritual develado,
me ayuda a errar menos y a acertar con más frecuencia. Debo depender más de Dios,
ser más como un niño, desprejuiciado y sin malicia, para que entonces ya no sea el que
lo complica todo, sino alguien que evalúa la vida desde la fe, cimentado en las
promesas de Dios.


Osmany Cruz Ferrer

Monolitos

Una familia de monos duerme plácidamente cuando uno de ellos se despierta y  descubre asombrado que, en medio de su zona de descanso, ha aparecido un alto  monolito negro. Sus gritos despiertan al resto del grupo. Poco a poco los alborotados  simios se van acercando y tocan el monolito. El sol brilla sobre la escena en aquel  mundo primigenio. 

Stanley Kubrick, basándose en el relato «El centinela» de Arthur C. Clarke,  impresionó la retina de todos los que, en aquel ya lejano 1968, entraron a los cines a ver  una película titulada «2001, una odisea en el espacio». Desde entonces ha corrido litros  de tinta sobre diferentes interpretaciones acerca lo que Kubrick quiso expresar a través  de ese monolito, y que el propio autor nunca se dignó a revelar. Aún recuerdo, en  aquellas lejanas noches de «Polvo de estrellas», a Carlos Pumares gritando, en pleno  paroxismo: «¡¡¡Dios, el monolito es Dios!!!. A pesar de las muchas teorías diferentes,  muchas coinciden en que el director quiso expresar la intervención externa, alienígena,  en la aparición del ser humano. 

La polémica se ha reavivado desde la aparición, hace ya unas semanas  en medio del desierto de Utah,  EEUU, de un monolito metálico y brillante, de unos tres metros y medio de altura, y del  que se desconoce intención y autor. Tan misteriosamente como apareció, el monolito  hizo «mutis por el foro» diez días después de su descubrimiento, dejando tras de si mas  preguntas que respuestas. Desde entonces han aparecido monolitos similares por todo el  mundo, incluso uno en Segovia, aunque este, de construcción muy burda e inestable,  semeja ser una mala imitación. 

No ha faltado en toda esta «monolítica» historia, quien ha afirmado que se trata de  una manifestación de los extraterrestres, anunciando que pronto se presentarán ante  nosotros; quieren ver en los monolitos un aviso del advenimiento de una nueva era para  la humanidad, de un nuevo amanecer, en el que los seres humanos daremos un salto  hacia delante, quizás hacia las estrellas de donde, según ellos, provenimos. 

Hace 2000 años se levantó un verdadero «monolito», una genuina muestra de la  intervención divina en el destino de la humanidad; se irguió el símbolo de un nuevo  amanecer para la raza humana; la posibilidad real de un nuevo comienzo que nos  convierte en nuevas criaturas. Hace 2000 años se alzó la cruz de Cristo; el «monolito  divino» en el que el hombre encuentra la posibilidad de un salto real hacia delante,  escapando de la barbarie del pecado, hacia una vida real y abundante. 

Cuando muchos siguen mirando monolitos metálicos, señalando a las estrellas, se  hace más necesario que nunca el descubrimiento de la cruz, en la que esta sociedad  pueda ser de verdad renovada, cambiada, rescatada, proyectada más allá de las  estrellas. 

Desgraciadamente parece confirmarse Lucas 17:8, «…los hijos de este siglo son  más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz»; y una vez más son  aquellos que no tienen nada bueno que dar, los que son capaces de ganarse la atención  del mundo entero. ¿Aprenderemos algún día,los creyentes, a ser lo suficientemente  sagaces para llamar la atención de este mundo, y que descubran el «monolito» de  Cristo?.  

Oremos que entre nosotros, los hijos de luz, se levante gente que sepa asombrar,  desconcertar, mostrar la Cruz de Cristo, con la misma eficacia e imaginación que otros  levantan monolitos a la nada.


Xesús M. Vilas Brandón

Moscas, zorras, asnos y demás fauna

Puede, estimado lector o lectora, que el título de este artículo te suscite extrañeza o perplejidad, pero no es mi intención disertar sobre zoología.

Siendo que me dedico a la utilización del lenguaje como medio de comunicación, pues soy predicador, enseñante, y además me permito la licencia y el atrevimiento de escribir alguna cosilla, me sirvo del derecho a utilizar sus recursos –del lenguaje, se entiende– para lograr un efecto en la mente y el corazón de quien me lee. No hago sino utilizar los que ya utilizaron con singular maestría los escritores bíblicos, a quienes inspiró, como creemos, el Espíritu Santo. Algunos de ellos hablaron de “moscas, zorras, asnos y demás fauna”, y por eso lo hago yo. Como dice Isaías, si sabemos entenderla, la Naturaleza nos enseña muchas cosas.

El escritor bíblico conocido como “el predicador” (eclesiastés, es decir, la persona que dirige su discurso a una asamblea, en este caso muy probablemente, Salomón), escribe algo que desde que lo leí quedó grabado en mi corazón y que me ha sido útil a lo largo de toda mi vida:

Las moscas muertas hacen heder y echan a perder el mejor perfume; así es una pequeña locura al que es estimado como sabio y honorable

Eclesiastés 10:1, RVR2020

Es evidente que las moscas muertas son una metáfora que ilustra con una imagen de gran plasticidad los pequeños fallos que creemos que podemos permitirnos porque pensamos que son pequeños y que no se notan. Son pequeñas, las moscas, pero putrefactas, ya sabe el lector o lectora dónde se posan y de qué se alimentan, y encima, muertas. Pensamos que son simples pecadillos que Dios perdona sin problemas y que no tienen trascendencia en nuestra vida, al fin y al cabo, Dios sabe que somos humanos. David hizo cosas peores y mira…

El fondo del texto no es el perdón, sino sus efectos, sus indeseables consecuencias. Si nuestra vida ha de ser “como un perfume para Dios” –eso cantamos– estos “pecadillos sin importancia” que nos permitimos, no solo anulan el perfume que nuestra vida ha de producir, sino que lo vuelven hediondo, apestoso, metáfora del mal testimonio, de la pérdida de credibilidad y de la buena conciencia, lo cual lleva, según dice el apóstol Pablo, a la mera palabrería, es decir, a una vida espiritual vacía y aparente, es decir, puede que muy religiosa pero no espiritual.

El mismo autor bíblico, escribiendo el hermoso canto al amor del Cantar de Cantares, típica expresión hebraica para designar el más sublime de todos los cantos, el shir hashirim, dice:

“¡Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas que arruinan las viñas, pues nuestras viñas están en flor! Cantares 2:15, LBLA

La estrofa está situada en un diálogo entre el esposo y su amada y expresa un clamor que ambos entonan, que parece un tanto extemporáneo en su contexto, pero que sin duda tiene su porqué. En su conversación todo es bello y hermoso, sublime, cargado de bucólico erotismo, propio de una pareja que se ama intensamente. Diría que se trata de una firme solicitud: ¡Por favor, ayudadnos, que no haya nada que vaya a echar a perder esta felicidad nuestra!

Las zorras o raposas –y se hace hincapié en su tamaño, “pequeñas”– son otra metáfora para esos agentes dañinos que pueden echar a perder el fruto de nuestra vida y nuestra relación con el Señor. La mayoría de las versiones en español traducen “arruinan”, aunque las varias Reina-Valera dicen, “destruyen” o “echan a perder” las viñas, porque están en flor, y si el trastear de esos animalillos entre ellas hace que se pierda la flor, no habrá uva y, por tanto, tampoco cosecha.

¿Qué agentes destructivos rondan nuestra vida y la hacen estéril? Es curioso, el esposo y su amada están pidiendo ayuda. “¡Ayúdennos a atraparlas!”, dice la Traducción en Lenguaje Actual (LTA), y es que varios pares de ojos ven más que solo dos o cuatro. ¿Hemos descubierto ya esas zorrillas destructivas en nuestra propia vida? Son algo más que pecadillos; las moscas son moscas y las zorras, aunque sean pequeñas, son zorras, de bastante más calibre y potencial destructivo. Además, son agentes activos, no meramente pasivos como las moscas muertas. Se mueven al acecho, se esconden, son astutas, tortuosas y taimadas, y difíciles de cazar. ¿Has pensado en pedir ayuda? ¡Qué bueno es tener a quien recurrir, amigos de verdad, mentores, consejeros, capaces de entendernos sin juzgarnos ni condenarnos pero sí de ayudarnos a eliminar esas esquivas raposas destructivas!

Cualquiera que sea nuestra situación, ese tipo de agentes, si los dejamos actuar libremente, acabarán causando nuestra ruina espiritual. Hagamos caso al aviso que nos dedica el apóstol Pedro en su Primera Carta:

Sed sobrios y velad, porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar. Resistidlo firmes en la fe1 Pedro 5:8-9

¿Y qué dice la Biblia del asno? ¿de qué es representativo?

De todos es sabido que en la antigüedad era un animal común, muy útil y productivo. Pero el asno tiene un problema, es terco y cabezón, es burro. No todos los burros se llaman Platero ni son como un peluche, suaves al tacto y cariñosos. Eso sí, es un animal muy bíblico a quien le correspondió el honor de llevar en sus lomos a Jesús, cuando entró en Jerusalén camino de su destino, la cruz. Era un burrito joven y sin domar, lo que nuestras Biblias llaman un “pollino”. Nadie lo había montado antes, pero, en este caso, no cabe duda que supo reconocer al Señor del universo y prestarse sin reparo alguno para ser la típica cabalgadura del profeta, del que viene en nombre de Yahveh.

Pero la figura a la que me voy a referir aquí es otra, evidenciada por el texto de Isaías:

El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento Isaías 1:3

Se trata de un reproche en toda regla que Yahveh hace a su propio pueblo, Israel. Contrasta su comportamiento con el del asno y el buey, los animales típicos necesarios para cualquier actividad agrícola, básica como medio de vida de la comunidad hebrea coetánea del profeta. Aun siendo el asno un animal cerril, terco y difícil de gobernar, tenía el suficiente conocimiento como para saber dónde estaba su bien –su pesebre, el lugar donde saciaba su hambre y en el que se alimentaba. Pero no era así con Israel, como les echa en cara por boca de otro profeta, en este caso, Jeremías:

Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen el agua Jeremías 2:13.

Es algo estúpido, ¿no? En una tierra árida como era Israel, abandonar las fuentes inagotables de la bendición del Señor por aguas estancadas que perdían su contenido, era ridículo y absurdo. Pero era la realidad. Por eso dice Dios “Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento”.

Lo triste es que muchos cristianos hoy también contrastan con el asno o burro: carecen de entendimiento espiritual y por eso viven vidas espiritualmente pobres y, en algunos casos, hasta miserables. ¿Por qué no son capaces de reconocer dónde está su “pesebre”? ¿por qué abandonan la fuente de la vida, el Espíritu, y recurren yendo de acá para allá a aguas estancadas y corrompidas que jamás saciarán su sed?

En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: «Si alguien tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior brotarán ríos de agua viva». Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él Juan 7:37-39

Buen mensaje para quienes nos llamamos y nos tenemos por pentecostales. Si queremos, hasta de las moscas podemos aprender algo.

Amén.


Jose Mª Baena

Juan 3:16 es la Biblia en miniatura.

El evangelio no se trata de los sacrificios que el hombre hace para Dios sino del sacrifico que Dios hizo por nosotros

Charles H. Spurgeon dijo que este versículo encabezaba todos los volúmenes de sus sermones, como el único tema de su ministerio. William Barclay lo llamo “el versículo para todo el mundo”, Juan Calvino lo llamó “la gran recomendación de la fe”. Martin Lutero lo resumió muy bien cuando dijo que Juan 3:16 era “la Biblia en miniatura”.

Al leerlo destaco por lo menos 6 cosas:

Primero, lo inigualable de su amor: En el griego original la frase “de tal manera” dice jouto gár (οὕτω γάρ), y es una expresión que denota la extensión e intensidad con la cual ocurre una acción. La perfección y la infinitud de Dios hacen que su amor se exprese de manera inigualable. Lo primero apunta a la calidad del amor divino, por cuanto es perfecto, mientras que lo segundo remarca la cantidad ilimitada de su amor, por cuanto es infinito. Solo Dios puede amarnos de tal manera. El resto de amores que el hombre pueda conocer en su existencia siempre serán limitados e imperfectos.

 

Segundo, la esencia de su amor radica en él mismo y su voluntad. El apóstol usa la palabra agapáo (ἀγαπάω) cuando escribe “amó”. El término usado aquí se refiere a un amor completamente diferente a filéo, que está basado en los sentimientos o afectos. Este tipo de amor surge del ejercicio de la libertad divina. Es el acto de su voluntad y la decisión firme de mostrarle a alguien su bondad y misericordia. Dios nos ama, por tanto, no por obligación o necesidad sino por el puro afecto de su voluntad. El amor divino no depende de nuestra condición o situación sino de su fiel y libre decisión a favor nuestro. El amor no es solo una característica de Dios, sino es su misma esencia: Dios es amor.

 

Tercero, el objeto de su amor: El griego del Nuevo Testamento kósmos (mundo) se utiliza para referirse tanto al mundo físico que Dios ha creado, como a la raza humana. El amor no puede entenderse ni concebirse, a no ser que se confiera a otros traspasando así las barreras la propia existencia. En cuanto a esto último, Dios no hace acepción, distinción o excepción alguna en cuanto a los hombres a la hora de ser amados por Él. Dios nos amó a todos en la creación del Edén (poniendo su imagen en el hombre), en la encarnación de Belén (tomando nuestra imagen) y crucifixión de Jerusalén (tomando nuestro lugar). Nadie está privado de ser objeto del amor divino.

 

Cuarto, el regalo de su amor: La expresión  “su Hijo unigénito”  dice en griego coiné  joste ton juiós autos ton monogenés edoken (ὥστε τον υἱός αὐτός τον μονογενής εδωκεν). Para entender correctamente la dimensión del regalo divino a los hombres debemos comprender primeramente la magnitud del amor que el Padre le tiene al Hijo.  Monogenés es una palabra griega compuesta de dos partes. Mono que significa  solo (no en términos de soledad sino de particularidad) traduciéndose como único o sin igual, y genes está relacionado con la palabra griega genos que significa descendencia. La palabra significa en realidad “el amado de una forma única”. Comunica la idea de alguien que es amado singularmente, o alguien amado como ningún otro. Esto ayuda a tener una mayor compresión de lo que significó para el Padre entregar la vida de su propio Hijo en rescate de la nuestra. Yo, como padre, no podría hacerlo, de hecho, no lo haría. Por eso, solo Dios es Dios y su regalo único.

 

Quinto, la condición de su amor: Solo hay una sola condición: ¡creer! El texto original usa jína pas jo pisteúo (ἵνα πᾶς ὁ πιστεύω) para referirse “a todo aquel que cree”. Si bien es cierto, Dios ha mostrado su amor por todo el mundo, este amor no es experimentado por todo el mundo; sino solamente por aquellos que deciden creer en el unigénito Hijo de Dios. La voluntad afectiva de Dios, que ninguno se pierda, se hace efectiva mediante la fe en el Hijo. Entendiendo la fe, no como algo bueno que hace el hombre para ser salvo, sino el reconocimiento de que no existe nada lo suficientemente bueno en él para ser salvo por sí mismo. El hombre necesita ayuda. El agente causal es Dios y el modal es la fe. Creer, no es otra cosa sino reconocer la insuficiencia propia (pecado) frente a la suficiencia divina (gracia) para nuestra salvación.

 

Sexto, el resultado de su amor: Mas tengan vida eterna en griego dice dice eís autós mé apólumi alá éjo dsoé aiónios (εἰς αὐτός μή ἀπόλλυμι ἀλλά ἔχω ζωή αἰώνιος). En el aspecto negativo, ninguno de los que creen en el Hijo se perderá y en el positivo, todos los que creen se salvarán. Estos son dos milagros extraordinarios o uno doble: liberación y preservación. Dios, en su amor hacia nosotros en Cristo Jesús, nos libera de la condenación y, de manera simultánea también, nos preserva para salvación y vida eterna. Dios en su amor nos libró del castigo del pecado (pasada justificación); del poder del pecado (presente santificación); y de la presencia del pecado (futura glorificación). Su amor es completo, perfecto y eterno.

En suma, recordemos y anunciemos siempre que el evangelio no se trata de los sacrificios que el hombre hace para Dios sino del sacrifico que Dios hizo por nosotros. No, no se equivocó Lutero, cuando afirmó que Juan 3:16 es la Biblia en miniatura.


Fernando Ramirez De Arellano

El valor de hablar en positivo

—He comprado el libro de Manning —me dijo uno de mis alumnos con emotiva cadencia fonética. 

—¿Cuál de ellos? —pregunté.

—El qué usted mencionó en la clase pasada, el de los andrajosos —espetó.

—Ah —dije yo, cayendo en cuenta—. El evangelio de los andrajosos.

—Sí, ese mismo.

—Pues espero que lo leas y que me digas qué te pareció una vez concluyas su lectura —le animé con satisfacción—. Luego comencé la clase, feliz por mi alumno, y agradecido de que apreciara una de mis fugaces sugerencias literarias.

Es asombroso el efecto que puede tener un comentario. Ya sea el elogio a un autor, la mención de un buen libro leído, la referencia nostálgica a un restaurante que hemos visitado, o la entusiasta crónica de un viaje. Los comentarios, negativos o positivos, son como un bumerán, que regresan a nosotros en la misma forma que fueron arrojados. Así que conviene asegurarnos lanzar el bumerán correcto, para que nos traiga en su retroceso, ese mismo bienestar que hemos soltado antes. 

El día a día puede ser muy convulso y azaroso. No podemos predecir lo que nos acaecerá en la jornada por vivir, ni vaticinar las curvas traicioneras del camino. No obstante, podemos vivir con más intencionalidad si elegimos qué actitudes y enfoques nos van a caracterizar. La casualidad no puede dominar nuestro día a día, ni las reacciones viscerales. La vida no debe ser un baile donde nos dejemos llevar, más bien ha de ser un juego de estrategia.

Más comentarios positivos, más elogios, más bien decir, más palabras que endulcen, más persuasión bondadosa, más reflexiones pías. El arte de vivir es el más descuidado de todos, y por el que se paga el más alto precio debido a la pereza o a la ignorancia. La negatividad le cobra peaje a todo el que se cruce con ella. Primero a la familia, luego a los amigos, a los compañeros de trabajo, a la comunidad de fe donde servimos, y hasta a la inocente mascota. Mejor negocio es la positividad, eso seguro. John Stott decía que la iglesia se va a tener que arrepentir por su falta de optimismo. Dramáticas pero ciertísimas palabras. 

Para llegar hay que salir. El primer paso es elegir, luego persistir, perfeccionar y no cambiar nunca en el empeño de hacerlo mejor. Hablar en positivo es un ejercicio, y como toda disciplina se mejora con el tiempo, máxime cuando es una elección que Dios favorece y promueve en su Palabra. Pablo exhortó a la iglesia, inspirado por el Espíritu Santo: “Que sus conversaciones sean cordiales y agradables, a fin de que ustedes tengan la respuesta adecuada para cada persona” (Colosenses 4:6 NTV). Cordiales y agradables… que buen tamiz a través del cual filtrar nuestras charlas. 

A mis cuarenta y dos años, y casi treinta en la iglesia, he visto cómo los cristianos, entre los que me incluyo, claro está, si nos descuidamos, podemos estar tan avinagrados como cualquier otro ser humano sin Dios. Solo una férrea vigilancia sobre nosotros mismos, una vivificante devoción y un profundo compromiso con la obediencia a Cristo, nos puede mantener lejos de actuar a menudo con la ambigüedad de un fariseo. De nada vale culpar al otro, al que no se porta a la altura ética, al que con sus actitudes me predispone a dejar que el viejo hombre dé una pataleta. Ser dueño de uno mismo para evitar, entre otras cosas, la provocación, puede que sea uno de los signos más evidentes de madurez cristiana que se puede evidenciar.  

Es importante tener palabras positivas, entiéndase, un dialogar envuelto en virtud, capaz de producir bienestar en ambas direcciones. Esto traerá dividendos para nuestros interlocutores y para nosotros. Sin embargo, Todo esto, no desde un egoísmo inteligente, muy en boga en círculos de autoayuda, donde el enfoque es que consigamos que la gente a nuestro alrededor esté bien, para nosotros estar un poco mejor. Creo que el egoísmo inteligente tiene un origen demasiado falible para poder mantenernos practicándolo sin claudicar. Esta forma de relacionarnos se basa en lo que queremos y en aquellas cosas que consideramos mejor para nosotros, por lo que es un prisma limitado y falible. Pero si nuestro hablar es objetivamente bíblico, y obedece a principios de interrelación que están en función de nosotros, pero a la vez más allá de nosotros, ya que pretenden glorificar a Dios como máxima finalidad; entonces la praxis de toda convivencia tendrá una base sólida, y un alcance mayor. Solo así es que podremos tener buenas palabras ,no solo para mis familiares, amigos, compañeros de trabajos o hermanos de la iglesia, cuya relación me beneficia directamente, sino que podremos tener buenas palabras incluso para nuestros enemigos, para nuestros detractores, para aquellos a los que no les simpatizamos en sentido general. 

Desde una fugaz recomendación en positivo sobre un libro, hasta una palabra de bendición para un enconado adversario, toda palabra que salga de nuestra boca debe ser “buena para la necesaria edificación” (Efesios 4:29) y por tanto, siempre será en positivo, no podría ser de otra manera. Finalmente, esas palabras en positivo, siempre han de ser en coherencia con una actitud semejante, con un deseo puro y desde un alma afable. Palabras auténticas, nacidas desde un corazón que palpita en redención, que recibe cada impulso puro de las palabras del Maestro. 


Osmany Cruz

Naufragio

Hacía 50 días que el barco en el que Sonia viajaba rumbo a Irlanda había naufragado. Solamente ella y dos tripulantes más, el señor Bauer y Cristine, habían conseguido llegar a tierra y salvarse tras la tormenta.

Sonia era de origen alemán, era maestra en una escuela infantil y hacía cinco años que había acabado sus estudios teológicos en Berlín. Era hija de misioneros residentes en Lagos, Nigeria, donde había regresado después de acabar sus estudios para ayudar a sus padres con la obra. Mantenía el contacto con su prometido irlandés, al cual se disponía a ir a visitar y celebrar el nuevo año en compañía de sus futuros suegros, pero la tormenta se lo había impedido; acababan de sobrevivir milagrosamente a un naufragio.

 Estaba en una diminuta isla en medio del Atlántico y había llorado cada uno de aquellos días. ¿Quién les iba a encontrar? Muy pronto les darían por muertos. Todos los esfuerzos que había  hecho en su vida para llegar a ser quien era  ahora no valían para nada. Frente a ella, solo agua infinita. Entonces tomó lo único que había podido rescatar, una Biblia que había aparecido en la arena arrastrada por las olas hacía pocos días. Empezó a pasar algunas de las hojas arrugadas, tiesas e ilesas que quedaban y de repente fijó sus ojos en el  pasaje que relataba la conquista de Canaán, de cómo Josué y el pueblo de Israel cruzaron el río Jordán. Le llamó la atención el primer versículo del capítulo tres, y también el cinco.

«Josué se levantó de mañana y él y todos los hijos de Israel partieron de Sitim y vinieron hasta el Jordán, y reposaron allí antes de pasarlo» y «Santificaos, porque Jehová hará mañana maravillas entre vosotros»

-¡Qué cosas!- se dijo Sonia- yo aquí víctima de un naufragio y leyendo sobre esto…es ridículo. Sus dedos siguieron posándose al azar en otros pasajes.

Leyó cómo Moisés se enfrentó ante el peligro de tener a los egipcios persiguiéndole por la retaguardia y el Mar Rojo frente al pueblo, y todo ello por sorpresa. El peligro era inminente, todos iban a morir atravesados por  espadas o ahogados en el mar.

 Sonia recordaba las palabras de su madre, antes de partir para Europa, que la instaban a que pasara unos días más con ellos, que el tiempo iba a cambiar y que podría ser peligroso viajar. Si le hubiera hecho caso…pero era demasiado tarde. Siguió leyendo.

 «Y Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad firmes, y ved la salvación que  Jehová hará hoy con vosotros…»

 Todo aquello era un sin sentido, una broma de mal gusto ¿Qué quería decirle Dios? ¿Acaso iba también a abrir el mar?

 – Tengo que salir de esta isla como sea- se dijo- , eso es lo que tengo que hacer.

 Los días se fueron sucediendo, cada día era más duro permanecer en aquel pedazo de tierra, la búsqueda de alimentos se hacía cada vez más difícil. El Señor Bauer, un hombre de delicada salud, había muerto la semana anterior y ya solo contaba con la ayuda de Cristine, una  chica inglesa que siempre se quejaba por todo.

 Sonia la llamó  desde la orilla y las dos jóvenes se reunieron en la playa. Frente a ellas una balsa de madera.

 – ¿Crees que aguantará? Es una estructura demasiado endeble. Sigo creyendo que es una imprudencia, dijo Cristine. Yo no pienso subirme ahí.

 – Si no lo intentamos nunca lo sabremos, desde luego la hoguera que cada día enciendes no ha servido de mucho ¿No crees?

 Las dos subieron a la barca después de haber  subido algunos víveres. Al cabo de dos horas las olas empezaron a enfurecerse y a romper contra la embarcación. La balsa había desaparecido y ellas luchaban de nuevo por sobrevivir agarradas a uno de los  troncos sueltos. Al fin lograron   llegar de nuevo a la costa. El plan de Sonia había fracasado.

 Empezaron a hacerse a la idea de que  nada de lo que hicieran serviría para salir de allí…entonces se acordó de aquellos pasajes que había leído sobre Josué y Moisés, que en lugar de animarla la habían decepcionado. Buscó la Biblia, que desde entonces no había vuelto a abrir.

«Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos» (Ex. 14: 14)

«…y reposaron allí antes de pasarlo» (Jos. 3:1)

Tanto en el caso de Josué, que ya tenía la promesa de que pasaría el Jordán, como en el caso de Moisés, al cual el peligro  le pilló de improviso, Dios les había dado un mismo mensaje, que estuvieran tranquilos.

 Sonia se levantó de repente, miró al cielo, levantó su mano señalando con el dedo índice y gritó con todas sus fuerzas:

 – ¡De acuerdo Dios! no me queda ya nada más por hacer ni esperar, así que no voy a hacer nada, ¡Así me muera!

 Los días que siguieron, Sonia y Cristine se dedicaron solamente a buscar el alimento y el agua de cada día. Nunca habían  hablado sobre sus vidas de una manera abierta y desinteresada, se confesaron sus temores y  también se pidieron perdón. Sonia empezó a hablarle de Dios y de todo lo que había hecho por su familia en África. Cristine le contó  cómo de pequeña había ido de centro en centro y de familia de acogida en familia,  de su búsqueda incesante de sus padres biológicos, y de cómo descubrió que la habían abandonado siendo aún adolescentes por  encontrarse  involucrados en las drogas.

 Una de aquellas noches de  largas conversaciones las dos durmieron tranquilas, no tenían fuerzas para continuar viviendo, sus cuerpos habían llegado al límite.

Sonia abrió los ojos, todo era blanco a su alrededor, pensó que  aquel lugar sería el cielo, pero no, era la habitación de un hospital londinense.

 -¿Dónde está Cristine?

 – Cristine se encuentra bien, no te preocupes, descansa- dijo una voz  masculina de médico.

 De sus ojos empezaron a brotar lágrimas sin cesar.

 – Dios mío, has abierto el mar, hemos logrado pasar.


Belén Lechuga

Las Asambleas de Dios en el Movimiento Pentecostal

El inicio de las Asambleas de Dios de España está unido al movimiento pentecostal en nuestro país desde que llegó a principios del siglo XX hasta nuestros días. De ahí que se hace necesaria una reflexión para ubicar en el mover de Dios en nuestro país el papel de las Asambleas de Dios.

Es sin duda la guerra civil en la primera mitad de siglo pasado el punto de inflexión que marcará el devenir de la obra en España, sin embargo es a partir del fin de la guerra cuando la obra, no con pocas dificultades, inició un crecimiento imparable hasta nuestros días.

Fue la llegada de algunos misioneros a principios del s. XX los que establecieron los cimientos de lo que posteriormente formaron el núcleo de iglesias que fundaron  las Asambleas de Dios de España. Y fue en esa época donde llegaron los primeros misioneros pentecostales, Julia y Martin Wahlsten en al año 1923, procedentes de Suecia. Al año siguiente ya realizaron los primeros bautismos, coincidiendo con el primer pastor pentecostal Español: Antonio Rodríguez Ben, un joven de Lugo que se había convertido en Francia.

Diez años más tarde de la llegada de los misioneros se establecería la primera iglesia pentecostal en Madrid, en la que la obra llevada a cabo por el misionero sueco Sven llegó a tener una membresía de entre 30 y 40 personas antes de la guerra civil.

La guerra civil, que transcurrió entre 1936 hasta 1939 supuso la clausura de todas las iglesias y colegios evangélicos en España, la expulsión de misioneros y el encarcelamiento y fusilamiento de algunos pastores. Esta guerra significó un paréntesis en la obra, que se reinició casi una década después de terminar la misma, experimentando una leve apertura tras la primera ley de libertad religiosa en España.

Fue en 1946 cuando llegaron los primeros misioneros  de AD a La Coruña, la familia Perruc, al año siguiente se celebraba en Zurich (Suiza) la primera conferencia pentecostal mundial, que seguramente anunciaba lo que sería el devenir de la obra en España a lo largo de ese siglo. Aunque hubo que esperar al año 1949 cuando se inauguraba el primer templo de las Asambleas de Dios de España, en la ciudad de La Coruña, tras dos años de trabajo de los misioneros Perruc enviados desde Cuba, celebrándose los primeros bautismos en ese mismo año de 1949.

En ese tiempo el pastor Lamas, recién llegado a La Coruña,  viaja a Ronda, al sur de España, donde había constancia de que antes del inicio de la guerra, había una obra misionera  fundada por el misionero Jorge W. Tomas, y que desde 1930 había hermanos en la fe. Llegando a contactar con ellos y estrechando lazos. Un viaje de norte a sur muy fructífero, pues al pasar por Madrid contactó con hermanos en la fe de la primera iglesia pentecostal fundada por los misioneros suecos mencionados.  Desde entonces quedarían en contacto los hermanos del norte y del sur del país, pero sobre todo se estaba formando el embrión de las iglesias que años más tarde formarían las Asambleas de Dios de España.

La iglesia del sur de España en Ronda es pastoreada por el misionero Roy Dalton, que se hace cargo desde 1950, y a la vez funda otro punto de  misión en Ronda. En ese tiempo, en Barcelona, al noreste de España, en la región de Cataluña, se inaugura el primer templo de Asambleas de Dios en 1957, tras 8 años de trabajo en la obra. A su vez, José Rego abría obra en Gijón, quedando constituidas las 6 primeras iglesias fundadoras de las Asambleas de Dios de España.  Una década la de los años 50 caracterizada por una fuerte persecución a la iglesia en España, sin embargo quedaba constituido el inicio de ADE.

Fue la visita del Presidente de los EEUU Eisenhower la que vino a ser usada por el Señor para dar un respiro a la iglesia, ya que quedó  evidenciada la falta de libertad religiosa en España, una década que coincidió con un periodo de crecimiento económico y que en el año 1963, en el mes de noviembre se celebraba en Madrid la primera convención de  ADE por las seis primeras iglesias fundadas. Un periodo no exento de dificultades, pues fue cuatro años más tarde, en  1967, cuando se proclamaría la Ley de Libertad Religiosa, no sin inconvenientes y trabas por parte de las autoridades. Desde entonces fueron varias décadas de intolerancia hasta la llegada de la democracia en 1975, dificultades para abrir lugares de culto, para la realización de bodas, funerales, en el servicio militar de los creyentes, etc. Tiempos difíciles pero sin dejar de crecer, como lo evidenció la convención de ADE de 1970, en el que ya eran 13 las iglesias de ADE, consiguiendo duplicar el número de iglesias en apenas una década, lo que sin duda alentaba a los creyentes y ministros, entendiendo que el Señor tenia algo especial con nuestro país.

Con la llegada de la democracia en 1978 y la apertura de España a Europa, ya que era la hasta entonces la única dictadura de la Europa Occidental, y a pesar de los problemas económicos y  especialmente de terrorismo, la iglesias ADE contaban a inicios de los 80 con 24 iglesias y 10 años más tarde ya eran 57. Sin duda tiempos en los que el crecimiento no sólo era cuantitativo, sino cualitativo pues la iglesia empezó a tener una visión de reino y con ello se creó el Departamento de Misiones (DEMADE), posteriormente se firmaron acuerdos con el Estado y ADE se integró en el órgano de representación de todas las iglesias evangélicas frente al Gobierno (FEREDE). Una década en la que España volvía a estar en el centro del mundo durante el año 1992 con la Exposición Universal de Sevilla  y las Olimpiadas de Barcelona, en los que la iglesia en España y ADE participaron en campañas de evangelismo y trabajo conjunto con otras denominaciones.

La entrada al nuevo siglo constituyó un cambio notable en la organización de ADE, las 135 iglesias que formaban la denominación se constituyeron en una Federación de iglesias, adaptándose a los nuevos tiempos y la necesidad de preparar el terreno para un crecimiento en el que nuestra estructura fuese facilitadora de este nuevo paradigma. Siendo uno de los cambios mas importantes en los últimos 15 años la fusión de la convención y del retiro del cuerpo ministerial de ADE, en el que se superan los mil asistentes en los últimos congresos.

Es la historia de nuestro país la que nos impulsa a seguir adelante, desde que España aparece en el Nuevo Testamento como el deseo del destino de un viaje de Pablo creemos que Dios tiene algo especial con nuestro país. De ahí que en estos últimos cien años de historia, nos sentimos dichosos de que ADE haya sido participe de este siglo de historia pentecostal en nuestro país.  Sin duda nuevos tiempos que esperamos se vean culminados con la celebración del congreso mundial de AD en España, para seguir proclamando la luz del evangelio desde esta parte de Europa.


Antonio Manuel Simoni

Fake News vs Good News

Con el permiso de los lectores, siendo yo mismo un crítico del uso innecesario –abuso– de palabras de moda de origen extranjero que nos invaden, me atrevo a titular mi artículo –mi segundo en esta plataforma– con cuatro palabras inglesas y una que, aunque latina, abreviada, también nos es ajena. Lo hago deliberadamente –¿intencionalmente?– porque me interesa para mi artículo, porque transmiten doblemente un mensaje que deseo resaltar.

 

Las fake news han formado parte siempre de nuestro acerbo cultural, político y religioso, con la palabra más vulgar y menos prestigiosa de bulos o la más actual y popular de milongas –sabemos que en nuestra cultura actual todo lo anglosajón confiere un aura especial a cuanto afecta– o, simplemente, de mentiras, siempre respaldadas por algún interés particular, como aquel rumor en tiempos de los romanos –¡uf, cuánto tiempo hace de esto!– de que los cristianos sacrificaban un niño en sus cultos secretos y se lo comían (hoy entendemos perfectamente de dónde venía esta idea fantástica y, por supuesto, falsa); o la más cercana de que los protestantes no eran buenos españoles, porque eran masones o comunistas o estaban al servicio siempre de alguna potencia extranjera, etc. (hasta el día de hoy, que yo sepa, el Vaticano es una potencia extranjera, infiltrado en el mundo entero, no digamos aquí; aunque ahora menos).

Ahora, las fake news proliferan y se extienden de manera “viral”, es decir, como si fuera un virus incontrolado e incontrolable que lo infecta todo, algo de lo que hemos aprendido un montón sin pretenderlo en este fatídico aunque numérica y gráficamente atractivo 20-20. Antes se hablaba del “boca-a-boca” como medio de difusión eficaz, como si de una salvadora ayuda a la respiración interrumpida se tratara. Ahora las FN’s se sirven de las llamadas “redes sociales” que, como todas las redes, están hechas para enredar y atrapar incautos, “peces” que automáticamente, vía red, se convierten en “pescados”. Mi padre siempre me gastaba la broma de preguntarme “¿cuántos pescados hay en el mar?”. La primera vez, siendo niño, caí: “No sé, papá… ¿cómo voy a saberlo? No los puedo contar”. Y él me contestó solemne: “Hijo, ninguno. ¡Los “pescados” están fuera del mar!”. A mí, frustrado, me sonaba a trampa. Pero es una verdad de Perogrullo: en el mar, los peces son libres, no han caído en la red y, por tanto, no han sido pescados. ¿Dónde estamos nosotros? ¿atrapados en la red, o libres, como pez en el agua? Ojalá que, aun sirviéndonos de las redes en cuanto tienen de provechosas y útiles, no nos dejemos atrapar por ellas. Todas tienen el fin de “echarnos al plato” del voraz apetito de quien las tiende.

Lo dicho, hoy las redes sociales son el principal vehículo de difusión de las noticias falsas, bulos o milongas. Yo me pregunto: ¿Hemos perdido el entendimiento los cristianos? Me refiero a los cristianos evangélicos. Los otros, que cada palo aguante su vela, pero, ¿y nosotros?

Se ve que el confinamiento y la pandemia que lo ha originado han disparado también la “carga viral” de este tipo de “patógenos”, infectando nuestras “redes sociales evangélicas” a la vez que ha producido un estado “febril” en la mente de muchos nublándonos el entendimiento. Durante este tiempo, me he visto atacado por infinidad de estas bombas virales procedentes de todos los focos: hermanos, familiares y amigos, miembros de iglesia y ajenos a ella, de mi ciudad, de otras partes de España y hasta del extranjero. Mensajes apocalípticos, supuestos decretos divinos –como que Dios YA había decretado el cese de la pandemia (abril 2020, ha pasado tiempo y el virus no ha obedecido al decreto)–, ataques furibundos contra otros creyentes, juicios inmisericordes contra ellos, descalificaciones basadas en mentiras, remedios milagrosos casi como agua bendita para curar la enfermedad, etc. Verdaderas barbaridades –cosas de bárbaros, frente a las “romanadas” de los civilizados romanos, esos que Asterix llamaba “locos” («Fous ces romains»!). Y la confusión indescriptible e inexplicable de nuestros dirigentes políticos…

¿Qué podemos oponer los cristianos a todo esto? Muy sencillo: el VERSUS (Vs.)… las antiquísimas pero efectivas y maravillosas GOOD NEWS, que como todo el mundo sabe son las BUENAS NOTICIAS del evangelio de Jesucristo: “El que cree en mí tiene vida eterna”. Parece muy sencillo expresado así, pero esas y así son las Buenas Noticias, simples y claras, sin sofisticación ni truculencias. Es que el evangelio es sencillo. Dejemos de prestar atención a tanto bulo circulando por ahí; niégate a propagarlos. Si quieres averiguar, pregunta, pero no difundas más necedades, usando yo un calificativo bíblico. Celebro el comunicado de FEREDE en contra de tanto bulo y tanta mentira, a favor de dar credibilidad a lo que de verdad la tiene. Filtra la información que te llega y acógete a las promesas de la palabra de Dios. Los bulos traen zozobra y miedo, desconfianza en todo y en todos; su fin es crear un estado de ánimo en la gente para hacerlos manipulables con facilidad en cualquier sentido que convenga a sus promotores. Como dice el profeta: «¡A la Ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido» (Is 8:20). Es decir, carecen de luz, están en tinieblas, y en las tinieblas uno tropieza y cae –y se abre la cabeza.

Esto es como los chismes. La única manera de pararlos es no darles credibilidad ni difundirlos. Difundamos, mejor, la verdad, lo que edifica, da vida y libera, que es nuestra vocación y cometido. “¡Ay de mí, si no predico el evangelio!”, dice el apóstol Pablo. La verdad nos hace libres, los bulos, prisioneros.

¡Que el Señor nos ayude!


José Mª Baena

La cucharilla que estremeció al mundo

Que el coronavirus es un «bicho» extremadamente pequeño es algo que todos hemos asumido hace tiempo, pero ahora nos es posible adquirir una conciencia más clara de lo pequeño que es; Matt Parker, un matemático, ha realizado un estudio, publicado en el Daily Mail, en el que ha calculado que hay, en el planeta, 3,3 millones de billones de células de este coronavirus; una inmensa cantidad que, sin embargo, reunida en un solo lugar, apenas si ocuparía el equivalente a 8 ml, ¡una cucharilla y media de café!

Casi 55 millones de contagiados, mas de 1,3 millones de muertos en el mundo; en nuestro país cerca de 1,5 millones de contagiados y más de 40.000 fallecidos; la economía mundial al borde de la ruina, de la española mejor ni hablemos; hemos tenido que renunciar a movernos libremente, incluso al café con amigos; los sistemas sanitarios están sobrecargados y al borde del colapso. Todo por algo que solo abulta ¡¡una cucharilla y media de café!!

Resulta paradójico que para eliminar ese volumen de virus, será necesario movilizar a miles de personas, producir toneladas de una vacuna que ayudará a protegernos de tan minúsculo agresor.

Realmente somos muy frágiles, cuando algo tan pequeño ha logrado ponernos de rodillas.

El caso es que creo que nosotros, los cristianos, ya deberíamos ser conscientes de ello, a fin de cuentas el pecado es muy similar al COVID-19. No hace falta una gran cantidad para echar a perder nuestras vidas.

Pablo nos advierte en Gálatas 5:9 «un poco de levadura leuda toda la masa». El pecado no es un coronavirus, pero la Palabra nos deja claro que su tasa letal es inmensamente mayor, termina con la muerte del 100% de los «infectados»; y desgraciadamente, el indice de infección es del 100% de los seres humanos.

En volumen físico, el pecado no ocupa espacio, pero sus efectos sobre la humanidad no han cesado ni un momento desde el Edén. Resulta imposible calcular la cantidad de víctimas que ha dejado hasta ahora, y estremece pensar en las que aún puede causar entre los casi 8.000 millones de seres humanos sobre el planeta.

La vacuna está ya disponible para aquellos que la necesitan, se trata de un remedio mono dosis que elimina la infección y salva al enfermo: creer en Jesús.

Nos preocupa mucho que llegue cuanto antes la vacuna contra el COVID, entonces todos los sistemas de salud del mundo se aplicarán a la vacunación.

Entretanto, millones seguirán muriendo sin usar la única vacuna que les garantiza una vida que de verdad no termina nunca.

Debemos recordar que nosotros, la iglesia, somos el sistema de salud que Dios dispuso para vacunar a este mundo contra la peor pandemia que ha sufrido y sufrirá jamás.

¿Comprendemos de verdad la urgencia de nuestra misión?

Quizás toda esta situación debamos considerarla también una llamada de atención a ocupar el lugar que nos corresponde como medio de sanidad para este mundo.


Xesús M. Vilas Brandón

DONACIONES