Armadura

Me imagino al joven David, con la cara llena de granos y andares torpes de adolescente, yendo hacia el campo de batalla, situado en el valle de Ela, para poder ver algo de acción.

En aquellos tiempos no existían los vaqueros, pero seguro que a David le hubiera encantado tener unos. Seguramente también hubiera soñado con tener una guitarra eléctrica, pero su arpa le bastaba para no parar de rasgar sus cuerdas componiendo música moderna, y seguramente sus padres y hermanos estaban hartos de escucharlo.

A un lado del valle, los filisteos, al otro, los israelitas; ambos listos para la guerra. Cuarenta días antes, un gigante del bando enemigo, de casi tres metros de altura, había avanzado y lanzado un reto: que el ejército israelita escoja a un hombre para luchar contra él a vida o muerte; si este le venciere, los filisteos se convertirán en siervos de los israelitas, pero si sucede lo contrario, será Israel quien sirva a Filistea.

La armadura de Goliat el gigante era excelsa. Se componía de un yelmo de bronce, una cota de malla que pesaba unos sesenta kilos, grebas en las piernas y una jabalina colgada en sus hombros. Llevaba también una gran lanza cuya punta pesaba siete kilos y un escudo enorme. Los israelitas temblaban al verlo.

¿Habría encontrado Israel al candidato perfecto para luchar contra el gigante después de aquella larga espera?Esto es lo que se preguntaba en aquel preciso momento David, el adolescente alabancero. Allí estaba, en primera fila, dispuesto a no perderse el espectáculo. Se había levantado muy temprano habiendo dejado el rebaño que cuidaba a buen recaudo, y tomando las provisiones que su padre le había entregado para llevarle a sus hermanos mayores, los cuales habían sido llamados a filas para luchar, por fin había llegado al valle de Ela.

– Pero ¿cómo se atreve ese grandullón a hablarle así al ejército del Dios viviente? – gritó David. – A ver… ¿y cuál es la recompensa que se le va a dar a quien lo mate?

En aquel momento Eliab, uno de sus hermanos mayores, acababa de darse cuenta de que David estaba allí.

– Pero ¿tú qué dices, entrometido? ¿Qué haces aquí? -preguntó Eliab dándole un empujón.

– Me manda papá, y por si no lo sabes, he traído comida para vosotros.

– ¿Y dónde has dejado las ovejas?

– ¿Y a ti qué te importa? Sólo estoy haciendo una pregunta ¿Nadie me va a responder?

Uno de los hombres de entre la multitud, que observaba con seria incertidumbre los inminentes acontecimientos, contestó:

– La hija del rey, la recompensa es la hija del rey y mucho dinero.

………………………………..

David no sabía cómo, pero había acabado en la tienda del mismísimo rey Saúl. ¿Sería por su impertinencia? ¿Sería cierto que nadie se atrevía a luchar contra el gigante?

Imagino a David intentado ponerse aquella pesada armadura, algo imprescindible para infundir temor al enemigo y para ser respetado y valorado por los demás, claro. Seguramente cuando intentó caminar se le escapó un «jo’ macho», acababa de hacer el ridículo nada más y nada menos que delante del rey.  Aun así, David sabía que podía derrotar a Goliat de una manera diferente a la que los demás esperaban que fuese la correcta. Además, si era capaz de matar a leones y a osos en su vida cotidiana, también podría matar a aquel gigante. David confiaba en Dios, pero también en sus armas, sencillas pero efectivas, eran las que él conocía desde niño, simplemente las que tenía, las que sabía manejar tan bien. Para allá se fue y le gritó al gigante en un subidón de adrenalina adolescente, como cuando te pasas el nivel más difícil del Mortal Combat en la Play:

 «Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; más yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado. Jehová te entregará hoy en mi mano, y yo te venceré, y te cortaré la cabeza, y daré hoy los cuerpos de los filisteos a las aves del cielo y a las bestias de la tierra; y toda la tierra sabrá que hay Dios en Israel. Y sabrá toda esta congregación que Jehová no salva con espada y con lanza; porque de Jehová es la batalla, y él os entregará en nuestras manos” (1 Samuel 17: 45-47)

Me imagino también a David, después de cortarle la cabeza a Goliat, caminando a cámara lenta con las manos y la cara ensangrentada, el ejército filisteo atónito a su espalda y susurrando: «sayonara baby».

David no era diferente a ti, era como tú, joven, apasionado, algo torpe tal vez, contestón, quizás…pero tenía algo muy valioso: confianza en el Dios al que adoraba. Era el candidato perfecto para matar a Goliat.

Seguramente te hayas sentido alguna vez como él se sintió delante del rey Saúl, probándote una armadura que no te va, haciendo el ridículo.  Dios quiere que uses aquello que tienes y que te ha sido dado, aquello que sabes hacer bien, esas herramientas sencillas que te son cotidianamente conocidas. A David solo le bastó una honda y una piedra para vencer a Goliat. ¿Qué es lo que se necesita para vencer y matar a los gigantes del siglo XXI?  Cualquier cosa que sepas hacer, creyendo en el Dios todopoderoso. Te puedo asegurar que Él cree en ti.

¿Te animas a retar al gigante?


Belén Lechuga

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