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Tener un lugar en la historia es propio del protagonismo de personas que logran trascender en el tiempo y en el espacio con un alto sentido de responsabilidad, asumiendo que su razón de ser última pertenece a una causa mayor que está por encima de sus intereses particulares, aun a riesgo de perder sus propias vidas. Así es cómo la historia de la Iglesia Evangélica en España ha sido escrita; de esta manera, ha nacido y se han desarrollado las Asambleas de Dios en España.

Muchos son los que han pagado un alto precio para hacer posible que la antorcha del evangelio no se extinguiese a pesar de quienes, desde su totalitarismo político y religioso, oprimieron a nuestros pioneros para que desistieran de su empeño en mantenerse firmes en su fe, calificada como «secta evangélica», «herejía protestante», «masones», «comunistas», «antipatriotas», entre otros calificativos peyorativos. Esta actitud tan exclusivista e intolerante por parte de los perseguidores de nuestros padres se debe a que la mayor parte de la Historia de España ha sido conformada a la sombra de la influencia de una visión absolutista de la religión, que acabó manipulando la vida social, política y cultural de la nación. Esto ocasionó que se generase una identidad propia en el sentido de que ser español era sinónimo de católico, apostólico y romano. Por tanto, todo lo ajeno a esta identidad no era considerado un genuino español y digno de disfrutar de los privilegios del nacionalcatolicismo propio de la dictadura franquista, que es el período que en gran parte ocupa a los protagonistas de nuestros comienzos. Ejemplo de ello, cabe recordar, es que no se podía obtener trabajo o ser escolarizado si no se poseía la partida de bautismo, lo cual marginó despiadadamente  a muchos de nuestros antepasados evangélicos. Sin embargo, la fidelidad de Dios, y por la fidelidad de muchos, hemos visto emerger del rescoldo de la abrasadora persecución, sobre todo durante la primera parte del siglo XX, a unos fieles españoles que, unidos al arrojo de los misioneros procedentes de otros países europeos y americanos, han logrado mantener viva la llama de los evangélicos en general y de los pentecostales en particular.

En relación a la historia de las Asambleas de Dios, hay que remontarse a los primeros compases del siglo XX. Fue entonces cuando algunos misioneros llegaron a España antes del estallido de la Guerra Civil y comenzaron a poner los primeros cimientos de lo que posteriormente serían algunas de las iglesias que conformarían el embrión de las Asambleas de Dios de España, o bien lo serían en los años posteriores a su fundación. Con el lamentable episodio histórico de la Guerra Civil de España se interrumpe el desarrollo de las primeras iglesias pentecostales. De hecho, muchos misioneros tuvieron que salir del país, y de los creyentes nacionales se sabe que algunos fueron encarcelados, otros fusilados y otros, por causa de la persecución, se diluyeron en medio de una sociedad descuartizada por el brutal enfrentamiento nacional. Finalizada la guerra en el año 1939, la postguerra trajo al descubierto la realidad que luego se constataría: la victoria de la intolerancia y de la cerrazón que, a la postre, mantendría a España durante cuarenta años en un desarrollo ralentizado y al margen del impulso de la mayoría de las naciones conocidas como del primer mundo. De hecho, España se convirtió en una isla, de espaldas a Portugal, separada de África y con una frontera ideológica y cultural en los Pirineos que la separaba del resto de Europa.

En los años 50 y principios de los 60 corrieron tiempos de luchas políticas. En este período se constituyó oficialmente la Comisión de Defensa, que luchó por el reconocimiento de los derechos de las iglesias minoritarias no católicas ante el Estado español. En medio de estas circunstancias se gestarían los preparativos de lo que sería la convención fundacional de las Asambleas de Dios de España llevada a cabo en noviembre del año 1963. El acta de esa convención refleja que se dieron cita las iglesias fundacionales de Rota, Ronda, Gijón, La Coruña, Barcelona y Madrid. Además, estaban presentes seis misioneros americanos de las Asambleas de Dios de EEUU, un matrimonio misionero de Francia y doce españoles entre ministros, delegados y visitas. Posteriormente, la ya consolidada entidad jurídica Asambleas de Dios de España en 1964 decide estar representada dentro de la Comisión de Defensa, lo que posteriormente se convertiría en 1986 en la actual FEREDE (Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España). Precisamente, por esta razón histórica, las Asambleas de Dios de España disfrutarían del merecido reconocimiento al ser inscritas dentro del Registro de Entidades Evangélicas con notorio arraigo y, más tarde, como el resto de entidades pertenecientes a FEREDE, abrazar los beneficios del Acuerdo de Cooperación con el Estado que se firmarían en 1992 acuerdo que, a pesar de la necesidad de tener que seguir desarrollándose hasta la fecha de hoy, ha sido un paso imprescindible para hacer efectivos los derechos reconocidos en la Constitución de 1978.

Aunque hoy seguimos enfrentando ciertos comportamientos residuales de una mentalidad arcaica y poco tolerante con las minorías religiosas, sobre todo por un determinado sector de la sociedad española influenciado por ideologías cristianizadoras y defensoras a ultranza de la pureza de la identidad española ligada al catolicismo, la amenaza real para el crecimiento de la Iglesia Evangélica y de nuestra familia denominacional ya no es el integrismo nacionalcatólico. En la actualidad, las gentes de España están bajo la influencia de tendencias ideológicas que abrazan posturas agnósticas, ateas y sobre todo laicistas. Es decir, ideas que están conformando culturas y postulados políticos que se introducen en Europa para no solo separar al Estado de la religión (laicidad), sino a desterrar a la religión del Estado.

España, como el resto de Europa, a pesar de las raíces cristianas vive bajo la influencia de tendencias que cada vez más confunden lo bueno con lo malo y llaman a lo malo bueno por razón de la indolente conciencia social y por las leyes que legalizan actos que atentan contra la vida y la integridad de la familia. Es verdad que la democracia se ha instaurado y es una realidad el Estado de Derecho, pero debemos advertir que los principales enemigos de la fe en España ya no son uniformados, ni tampoco están instalados en los insensibles y marginadores despachos de algún régimen o funcionariado intolerante. Más bien, lo que resulta más sutilmente nocivo para la iglesia en España es el acomodamiento a una cultura postmodernista, relativista, hedonista y perversa con los valores y principios del evangelio y que, tristemente, se ha infiltrado en algunos sectores de la Iglesia Evangélica.

Definitivamente, hay que asumir que España ahora ya es parte de Europa en todas sus dimensiones (salvando las diferencias de idiosincrasia del sur y del norte) y que, consecuentemente, necesita ser reevangelizada. El viejo continente sufre la apatía de una iglesia tradicional y la desmotivación hacia lo religioso de las nuevas generaciones, por lo que estamos ante un serio reto para el crecimiento de la Iglesia Evangélica europea. Al hilo de lo expresado, podemos decir que, si bien la integración de España en Europa ha significado un gran avance en el ámbito del progreso y las libertades, Europa no ha influenciado sustancialmente al crecimiento de la Iglesia evangélica española, salvo algunas excepciones. Es cierto que la presencia en España de miles de residentes temporales procedentes de países tradicionalmente protestantes han engrosado el nominalismo evangélico, pero no han supuesto una influencia evangelizadora. Por supuesto, caso aparte es la excelente labor, en el caso de las Asambleas de Dios de España, de algunos misioneros procedentes principalmente de Finlandia, Suecia, Noruega, Bélgica, Gran Bretaña y Francia, que han sido y siguen siendo un excelente ejemplo de sacrificio. Así pues, la alternativa al nominalismo religioso reside en la fortaleza de una Iglesia autóctona impulsada por un genuino fervor pentecostal que lleve a los cristianos a un fuerte compromiso fuera de los templos para impactar en las universidades y colegios, en las calles, en el ámbito de las instituciones del Estado y en los diferentes estratos sociales. Asumiendo lo dicho, la iglesia de España tiene la responsabilidad de influenciar a una Europa inmersa dentro de una crisis de valores y principios que ha sido el principal desencadenante de la crisis financiera en la que, de una manera inadmisible, el poder de la usura se ha impuesto sobre los estados y ha torcido la justicia. Así que, en medio de un panorama desafiante, a la iglesia se le abre un abanico de posibilidades extraordinarias para dar respuesta a las necesidades o heridas abiertas fruto de las secuelas del quebrado de un sistema que ha dejado frustradas a millones de personas que no ven salida a su presente y son incapaces de visualizar el futuro.

Definitivamente, nuestras Asambleas de Dios deben asumir el protagonismo histórico que les corresponde para abordar el desafío de llevar a cabo una auténtica cruzada evangelizadora basada en la oración, la evangelización, la fundación de iglesias, la acción social y la formación de discípulos comprometidos con la causa del Reino. El legado que nos han dejado nuestros pioneros nos debe servir de referente e inspiración para tomar un fuerte compromiso con la identidad evangélica y pentecostal, propia del avivamiento de principios del siglo XX, pero también con una pasión incuestionable que hará posible nuestro avance e inconformismo para no ser maniatados por el institucionalismo rancio ni tampoco ser seducidos por los artífices de una fe desarraigada de la Palabra de Dios y promotora de la iglesia espectáculo o empresarial que busca promocionar al creyente hacia el éxito bajo la influencia de una ambición o ilusión con careta de visión. Nos esperan miles de pueblos en España que aún no tienen iglesia evangélica y que, lejos del proselitismo, deben ser nuestro reto de futuro. Debemos apuntar a una fuerte visión que marque el objetivo de ver en cada población española el establecimiento de una nueva iglesia y ver a cada creyente como un cristiano transformado por el evangelio, llegando a ser una persona influyente y significativa.

Después de cincuenta años de historia, las Asambleas de Dios de España, constituidas como federación en 1992, han seguido su desarrollo bajo la influencia de un crecimiento basado en la multiplicación de sus propias Iglesias y en la integración de otras que se han identificado con su doctrina, comunión fraternal, su estructura y razón de ser. Por supuesto, como no podría ser de otra manera, hay que tener muy en cuenta la afluencia de la inmigración en la primera década de este siglo por haber contribuido muy notablemente al crecimiento de nuestras iglesias y al número de ministros. También ha sido determinante que las Asambleas de Dios se convirtiesen en federación en el año 2002 ya que contribuyó a madurar la denominación y hacer más responsable a sus iglesias con sus respectivos compromisos fiscales y legales. También es destacable el impulso de los departamentos, el avance misionero, el empeño evangelizador, la formación de ministros por medio de nuestro del Centro Superior de Teología (lo que fue en su día el Seminario Evangélico Español y convertido hoy en Facultad de Teología con reconocimiento civil), además de la contribución formativa  de otros centros regionales y del Instituto por Correspondencia Internacional. Por supuesto, ha sido un gran paso invertir en la infraestructura y en la administración al adquirir el espacio para el establecimiento de la sede nacional en Madrid, lo cual ha supuesto una fuerte inyección de agilidad institucional. Cabe destacar, también, que nuestras Asambleas de Dios son un ejemplo diversidad y tolerancia al ser integradoras de misioneros procedentes de más de casi treinta países que actualmente forman parte del espectro de nuestra familia denominacional al poseer credenciales. Por último, debo mencionar en este breve resumen de los fundamentales ingredientes del desarrollo de la entidad el impulso de lo que hoy es nuestro Congreso FADE, que desde 2005 integra la parte convencional con la devocional para constituirse en un motor resolutivo de propuestas, inspirador e impulsor de proyectos y visión para nuestras iglesias y ministerios.

El legado de nuestros pioneros sigue estando vigente y latente en todos aquellos que hoy conforman nuestras Asambleas de Dios y, por supuesto, al alcance de todos los que son parte de la familia evangélica y cristiana. Sin más, ahora toca levantar la mirada hacia el futuro y vislumbrar las oportunidades que nos brinda la historia. Toca aceptar el legado de nuestros predecesores con orgullo y fuerte sentido de la responsabilidad. Aún quedan capítulos por escribir en esta historia y quizás muchos de los que hoy leen estas lineas como meros espectadores se conviertan en protagonistas del cumplimiento de sueños y promesas que parecían lejanas o irrealizables, pero que están al alcance de aquellos que por medio de la fe hacen posible lo imposible.


Artículo extraído del prologo de Juan Carlos Escobar escrito para:
Escobar, Mario. «Los Zapatos del Predicador», 2012. New Publisher

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